Suspira y se sienta en la cafetería. El regusto del cigarrillo que acaba de fumar apenas lo siente. Ya no. Cuando volvió al tabaco, hace un par de meses, cada calada era un acontecimiento. A su pesar, se había convertido en costumbre ya. Bueno, un hábito malo, tampoco es un hombre de excesivos vicios. Aprovecha la barra que hay en el ventanal que da a la calle para sentarse ahí, en un alto taburete con respaldo, donde reposa breve antes de abrir su bolsa de deporte, donde lleva el libro.
Quizá deje el club de lectura. Menuda estupidez. Lo hizo por forzarse a leer, por salir de casa, por conocer gente. Lo hizo por el mismo motivo por el que tiene la bolsa de gimnasio a sus pies: hacer algo, ponerse en forma, yo qué sé. Algo. Deja el libro boca abajo y antes de abrirlo mira el móvil. Tiene que terminarlo para mañana. Son las 17:30. Una hora por delante antes de la clase de spinning, a sudar lo fumado, a olvidar lo leído. Ha conseguido salir pronto del trabajo, fichó solo media hora más tarde de su hora exacta de salida. Bien. Otra media hora más, más dinero a fin de mes. Bien.
“Google Maps necesita actualizarse”.
Me parece cojonudo, pero no tengo WiFi.
Mira alrededor en el bar por si ve el símbolo de la red, el nuevo símbolo de la esperanza, la nueva Cruz Roja en forma de curvas hacia arriba, un punto debajo. Sonríe ante su ocurrencia. Como si supiera que está en su mano, el móvil vibra:
“Redes WiFi disponibles”.
– Eh, perdona – llama al camarero.- ¿Tiene contraseña el güifi?
– 1234cafedelaluna. Todo junto y en minúscula – le contesta el chico, flaco, gris, poco interesante. Qué putada ser camarero por cuatro duros, piensa, pero le da las gracias como si él también fuera gris y poco interesante. Flaco no. Por eso va al gimnasio y por eso se pide un té en lugar de un café con leche y un trozo de tarta de las que tienen en la barra, estilo americano, con mucho azúcar, mucha crema, muchos colores. No, no, pide el té.
– ¿Me traes un té también cuando puedas?
– Claro, lo quiere negro, rojo, verde …
– Pues… Un té. No sé. Negro. – Probablemente ha dicho negro porque le parece más masculino, se dice burlándose de sí mismo.
Da la vuelta al libro. “Un mundo feliz”. Qué tostón. ¿Esto no lo leyó cuando iba al instituto, en Ética? No, leyó el de Bradbury. Cómo se llamaba… Bueno, con la suerte que tiene será el siguiente en el club de lectura de supuesta ciencia ficción. La culpa es suya. No quería nada demasiado histórico, no quería nada típico ni best-sellers… ¿Dónde puede haber gente más interesante? Pues en el club de lectura de libros distópicos. Al apuntarse no se fijó, preguntó por alguno en la librería sobre ciencia ficción o similar y la chica, guapísima, le dijo que solo tenían ése como lo más parecido a lo que quería. Intentó bromear con ella un día, cuando se dio cuenta de dónde se había metido, pero la cara petrificada de la empleada le dijo que mejor no intentar cruzar ese jardín. Total, que “Un mundo feliz”. Apenas le quedaban unas 40 páginas.
Vibra el móvil.
“Rober, tomas algo luego?“
Lo ignora, da la vuelta al móvil. Abre el libro. Cierra el libro, gira el móvil, lo desbloquea, responde:
“Imposible, niño, quedé con una”
“Ajjjajajaja, Tinder? Estás on faier”
“Y tú necesitas clases de inglés, anda”
“No ligas donde los libros? Con las que leen? Son viejas? Muajajt”
Sonríe, ya ampliamente, y decide ignorar a su amigo. Ve una notificación arriba, de Google. Abre:
“Ayer estuviste en la pizzería L’Italia, queremos saber tu opinión”
No jodas, qué pesados. Recuerda quitar la ubicación y al hacerlo, ve que tiene un correo electrónico de la librería donde acude al club de lectura, en el que se le dice que tiene una semana más para terminar el libro, ya que mañana no habrá clase por indisposición del profesor. Genial. Mira el libro. Mira el reloj del móvil, piensa que tiene que comprarse un reloj y lo anota en el bloc de notas que se bajó como aplicación para hacer la compra. De paso, mete en la aplicación sobre sus finanzas 50 euros a restar por el reloj. No sabe cuánto podrá costarle, pero para comprarse cualquier porquería, sigue mirando el móvil, ¿no?

Le traen el té. Considera que han tardado demasiado y está tentado de, en lugar de decirle algo al camarero, poner una crítica en internet. Luego el camarero le da pena. Entra en Tinder. Ningún match nuevo. Bueno. Habla un par de frases intrascendentes con las dos chicas con las que hizo match en la última semana. Esta noche ha quedado con otra, con una anterior, a la que Facebook ya le ha ofrecido como sugerencia de amistad. Entra en su perfil sin solicitar amistad pero apenas puede ver cómo debe ser en realidad ella, tiene casi todo privatizado, su foto de perfil es un contraluz. Se aburre y sale de Tinder y de Facebook. Como un resorte, entra en Instagram y del mismo modo autómata mete el nombre mágico: @adalenya_mtn Se lo sabe como si fuera un mantra. Ommmm, adalenyaaaaa… mtnnnnn. Ante él aparece, exhibida en un mosaico, la vida de su exnovia. Se le paraliza el corazón y el suelo parece abrirse bajo sus pies al ver la última foto, arriba a la izquierda. Es una ecografía. Ahí se ve un bicho, algo, con mucho contraste, con una leyenda que apenas es capaz de leer por lo nervioso que se pone, deja el móvil sobre la barra, junto al té negro, negro como el fondo de la fotografía, como los puntos de las exclamaciones que la acompañan, negro como la etiqueta #feliceslostres que termina de apuñalarle sin que se lo esperase.
Respira hondo, suspira, está sudando. Vuelve al perfil para leer con más calma y asegurarse de que no le ha dado al corazoncito de Me Gusta.
Lo que me faltaba.
Después mentirá a sus colegas, dirá que se la pela, que a ver, que lo dejaron y que cada uno es cada uno. Mentirá diciendo que se encontró con el perfil, que le dio el punto así de repente y se fue a verlo, como una puta intuición, macho. Mentirá porque cada día, en algún momento del día, se mete en su perfil distraídamente. Conoce cada uno de los pasos que ella le quiere mostrar, como un mal espía. Si quisiera, podría saber más. Su hermana pequeña es experta en descubrir la vida de la gente a través de sus redes. Un día, por ejemplo, le dijo que dejara de ver tantas películas en Filmin y que saliera más. Él, extrañado, le preguntó y con una carcajada ella le dijo, misteriosa: “ay, hermanito, que todo lo que haces lo sabe internet”.
El recuerdo de su hermana pequeña le calma el corazón. Decide mandarle un whatsapp contándole lo que ha visto porque, total, ella no le juzga, no le juzgará. “Nena, flipa”: así empieza su audio.
Abre el libro. Lee cinco páginas. Despacio. Se aburre. Claro que peor fue El cuento de la criada, que era el anterior libro. Qué largo. Sí, el mundo se puede ir a la mierda. Bueno. Tampoco llegaremos a tanto. Vuelve a centrarse. Lee una página más. El caso es que lo que cuentan está bien, sí, bueno. A ver. Se sienta un hombre a su lado, con una tableta. Piensa que para llevar semejante trasto, que cargue con la televisión a cuestas. Bromea para sus adentros: “parezco mi padre gruñendo”. Cuando el hombre enciende la tableta, se pone a leer un diario digital. Trump, enfurecido, en una foto con un gesto desde el que parece que su saliva va a llegar fuera de la pantalla.
Titular: “Trump insiste: ‘el muro se construirá’ “/ Subtítulo: “El presidente de EEUU ordena a las tropas entrenar en la frontera con México y se salta a la torera la votación de los legisladores”
Él nunca hubiera votado a Trump. ¿Podría España votar a Trump? No, no jodas, no estamos tan locos como los yanquis.
Lee dos páginas más. No me digas que esto se va a poner interesante cuando se está terminando, Aldous, Aldous… Se imagina amonestando al autor de la novela. Cara de frikazo tienen el autor y el tipo con la tablet que tiene al lado. Después de leer a Trump, se pone mirar el Marca.
Lee otra página. Su hermana responde con una hilera de iconos que expresan sorpresa y le dice “por cierto, desde que miramos lo del finde para mamá y papá en París no paran de llegarme anuncios con hoteles allí, vaya coñazo” seguido de un emoticono con una cara sonriente y una gota de sudor en la frente. Es el icono favorito de su hermana. Es verlo e instantáneamente se acuerda de ella.
Anuncio de Amazon. Ha llegado al stock de nuevo la cazadora que quería. Genial. La pide. En unos días estará en su casa.
Bebe un sorbo del té, apenas se ha enfriado. Tanta tecnología y nos resuelve más la vida una taza construida en condiciones. Maravillas de la cerámica.
Sigue leyendo. Absorto, apenas repara en la vibración del móvil. Con aire distraído, termina un párrafo y lo lee:
“Cómo las noticias falsas en redes sociales pudieron aupar al poder a Bolsonaro en Brasil”
Otro que tal. Vaya tela. Esto en España, no, ¿no?
Vuelve al libro, bebé su té a sorbos mientras avanza hacia su final. Llega al final. Lo lee. Lo relee. Incrédulo. Suenan, seguidas, varias alarmas en su móvil:
El País: “Hace un año, varios países de Europa cerraban sus fronteras. ¿Ha cambiado algo?”
El Mundo: “Así es Salvini en su día a día: familia, trabajo, Italia”
El Español: “Sube la intención de voto a Vox con las nuevas oleadas de migrantes”
“Rober, han llegado nuevas series distópicas a Netflix que creemos que podrían interesarte”.
“HBO: ¿Aún no has visto El cuento de la criada?”
Mira hacia la calle, pálido, de súbito consciente. Deja tres euros junto a la taza de té, agarra su bolsa del gimnasio y sale corriendo del local. El teléfono móvil vibra de nuevo, pero solo, abandonado, encima de la barra, cerca del tipo de la tableta, que ahora intenta saber más cosas de su nuevo rollete sin agregarla a Facebook.