El 13º de los 101

“«¡Respira, respira! Bien, vamos, así, toma aire, bien, bien, eso es».

Esas palabras fueron las primeras que oyó. No sabía cuánto tiempo había pasado en el agua, cuántos segundos hubo de peligro real. Sí que sabe que tardó en sonreír varios días”.

Así es como me gustaría que empezara mi historia, con un motivo, con algo contundente que no me haga parecer idiota.

Escribo esto en casa, aprovechando el tiempo libre que me deja uno de tantos ertes pandémicos. Están por todas partes. A la pandemia sanitaria le sobreviene la económica para tanta gente. Os quejáis de tener que llevar mascarilla, ¿no? Ojalá haberlas tenido a tiempo para no perder a mis padres o para haberles visto y poder despedirme de ellos. La culpa en mis recovecos tiene forma de residencia de ancianos. Pero doy gracias porque les tuve, les quise y lo supieron. No fui yo quien les sirvió de aperitivo el coronavirus, no fue mi aire el que respiraron. Estaba demasiado ocupado en un trabajo que se llevó por delante las dos mejores relaciones que he tenido nunca. No creo que se repita de nuevo mi suerte. Mi sector no es precisamente “gay friendly”, así que mi color escondo, trabajo demasiado y pierdo: un novio y después otro. Me dolió más el primero.

Lloro y recuerdo a mis padres y a mis novios. Mis padres, que acabaron metidos en una residencia porque mi casa es muy pequeña para cuidar a dos ancianos y porque su casa se la quedó el banco después de que saltara por los aires la estafa del Fórum Filatélico.  Yo después empeoré su suerte con varias malas inversiones seguidas. 

Ahora me acoge en su casa un amigo. Él se maravilla día tras día de mi buen humor y de mi sonrisa. Cómo lo haces, Ben, me pregunta. Yo entonces siempre me imagino esa escena que os he contado al principio: rescatado de un naufragio en una patera. Manos desconocidas y blancas me rescatan y evitan que me ahogue.

Es cuestión de perspectiva, le respondo, sin contarle mi estrategia. 

Mi madre siempre me decía: “enfoca bien la vida, hijo, ¿sabes por qué yo pese a todo sonrío? Porque aquí sigo, aquí seguimos, mi niño: yo vivo y respiro”.

Natalia Sanguino Escrito por: