16 de agosto de 2021, piscina de Montijo (Badajoz)
Solo soy capaz de declararme cuando ya he perdido. Me aventuro como si el amor fuera lo más importante y no un accesorio. Me entrego ante la inminente pérdida. De qué si no, voy a estar aquí escribiendo una carta de amor. A estas alturas y con el barro mental inundándome los pasillos, el lodo recorriendo mis habitaciones y la mierda, en fin, ocupando mis fosas nasales.
Puedo copiarte los versos más flojos esta noche. Puedo insistir y perjurar, prometer dioses a tu templo hasta lograr estar yo, y solo yo, en uno de tus altares. El resto estarán destrozados por tormentas. Te enviaré entonces plagas que no aparecen aún en ninguna biblia.
Me pides amor y te envío cucarachas rojas voladoras.
Confiarás en mí hasta que descubras que ni cambio ni intención tengo de hacerlo.
Me defenderás ante tus amistades hasta que te veas con el paso del tiempo en el espejo (el dolor, mi amor, mi dolor) y el espanto te hará retroceder. Estarás ya sola para entonces.
No me ames porque me quieras entre velos y encajes, no me quieras porque estés convencida de domarme. No finjas dejarte llevar cuando tienes clara la meta. La mía, lo siento, es ser feliz sin estar a tu lado, cultivar mi ego, sentirme un tipo incomprendido, ser el llanero solitario.
Pero tú y yo seguimos siendo cachorros asustados.
Me pides cartas de amor cuando no creo sino en la pose cínica que te conquistó.
Me solicitas algo que solo te daré bajo amenaza, quizá, aburrido ya, en el fin de mis días o cuando vea que te alejas, engatusada por otro.
Si quieres una carta de amor, mejor olvídame y escríbetela tú misma.