Me piden en el enunciado que no abuse de los adjetivos. Vamos, voy:
Puerta, cuatro vueltas de llave, en la segunda se a-tas-ca un po-co, pero tira. No tiene marcas. Segundos antes, en el portal, habremos visto un cartel de la policía avisando de que los cacos pueden dejar marcas en las puertas de las casas para saber que pueden robarte. Quién dijo alarma, quién quiere alertas.
El felpudo solo lo piso, así que no lo recuerdo bien. ¿Es normal? Supongo. No tiene chistes ni dibujos de timbres ni te saluda ni te despide ni te avisa de perros que no existen.
Hay recibidor a la entrada porque dónde va a estar si no. Lo llamaríamos despacho, vestidor, despensa o trastero si estuviese en otra parte y se dedicase a otra cosa. El mueble de la entrada es de madera clara y tiene un espejo de medio cuerpo que te hace más delgada si te alejas. Este mueble se alimenta de cajas de zapatos y de zapatillas de estar por casa. Cuando voy, uso unas naranjas viejas de mi madre.
Sé que el espejo de la entrada te hace más delgada si te alejas porque enfrente de él, a la izquierda según entras, está la cocina, y te da la perspectiva necesaria para mirarte en ese reflejo.
La cocina es normal, muy usada pero algo fría, en tonos verdes y con luz blanca. Suele haber un bizcocho sobre la encimera. Una nevera grande repleta de imanes de los viajes de mis padres, mi hermano o míos. Junto a la nevera, la puerta que da a la terraza de la cocina. Fue cerrada hace años y es hogar de lavadora, basura y vinos. Qué desahogo. Mi hermano y yo jugábamos con la celosía de ladrillo cuando no estaba hecha la obra de cierre.
Esta terraza tiene dos ventanas al interior de la casa: cocina y baño están al otro lado. Aquí los olores se pueden dar la mano y jugar al corro de la patata entre sí.
Volvemos al recibidor para pasar al salón. Luminoso, acogedor, qué voy a decir yo: sofás de siesta, mueble mural de color rosa pálido con toques azules (luego que de dónde saco yo el punto extravagante), fotos, libros, un teléfono fijo, una televisión, un aparato reproductor de dvd, dos diccionarios enciclopédicos donde me perdí muchas veces.
Será por muebles, que hay uno incluso para el radiador. Sobre éste, el aire acondicionado que se puso gracias a mi gata Luna, según mi padre. De frente a la puerta del recibidor y ocupando casi toda la pared, una terraza. Y qué terraza. Cuántas horas de estudio, meriendas, cena, noches de charla con mi madre, mañanas de nervios con mi padre antes de coger el coche, plantas, saltamontes sobre la pared, ramas, toldo, cielo, luz, vida. Yo quiero esa terraza y esas felicidades pasadas en un presente continuo.
Presente también, salón, mesa grande, robusta, pesada. Entre sofá y mesa, puerta del pasillo. Al otro lado está lo privado. Seguimos viviendo como los romanos. Pasillo izquierda, baño. No le saquéis a mi madre el tema de la reforma. Mucha luz. Ropa sucia, bañera, bidé, ¡bidé! Todo ha cambiado de sitio desde mi infancia, salvo el lavabo.
Junto al baño, el que fue mi dormitorio, el que compartí con mi abuela, con mi hermano, con las figuras de ciervo que imaginaba con mis manos. Luego fue solo mío de nuevo y después de él. Es el cuarto más tranquilo de la casa, ya no queda en él mi cama de 80 ni mi armario, en el que jugaba a ser profesora y explicar la lección. Escribía sobre él con tiza. Siguen las estanterías improvisadas que puso mi exnovio y todos mis recuerdos, mis ratos, mis bailes y mis cobardías.
Frente a la que fue la puerta a mi intimidad naciente y tan apreciada, la de mi hermano, que ahora es cuarto de almacenaje, plancha y sala de lectura para mi madre. Allí espera mejor ubicación mi antiguo sofá a la espera de encajar de nuevo conmigo y me encanta asomarme a ver las fotos de las paredes. Fotos antiguas y algo desubicadas. Mi comunión, mi hermano en Montijo junto al perro Napoleón, mis abuelos, un jesusito de cerámica con la cabeza rota.
Al fondo del pasillo, la habitación de mis padres, cuyo armario se cae a cachos de manera literal y cuyo póster enmarcado, muy setentero/ochentero, quiere mi hermano como herencia. Yo me quedo con la cabecera entonces, que tiene una radio incorporada y que cuando funcionaba, cuando mi padre la escuchaba por las noches, se iluminaba. Yo jugaba a creerme (probablemente al principio me lo creía) que dentro había gente diminuta en un estudio de radio. Vivían allí.
Ojalá ahora estén orgullosos de mí.