Como ser feliz, como escribo, cuando leo.
Cómo ser feliz, ¿cómo? ¿Cómo escribo? ¿Cuándo leo?
Saltándome la gramática, olvidándome de mí, de ti, de la obligación, de la semana que viene, del aburrimiento que parece cada día más inevitable.
No sé quién sería si no leyese o no escribiese como lo hago (menos de lo que me gustaría, pero siempre que puedo o cuando me engaño). No sé dónde estaría ni a qué me dedicaría. Siempre he fantaseado con las floristerías porque me gusta su olor y la calma que transmiten. Esta carta entonces sería otra, quizá nunca escrita o tal vez reflejada mil veces de mil formas, en tantas postales como flores. El fluir, la felicidad, estarían en seres vivos y no en ideas volátiles pero inertes de tan sentidas.
Sería una floristería con un par de gatos pululando por ahí.
María, Juana, César. Son los tres nombres de profesores de mi infancia y adolescencia que recuerdo con más cariño. María era mi profesora de la guardería, así que su recuerdo es vago, pero cómo de maravilloso tuvo que ser aprender a leer. Lo he visto en un corto vídeo de Sofía y Silvia, mis sobrinas, en su unión sílaba por sílaba hasta formar una palabra que reconocen y sonríen. Su madre, mi prima, me envió un par de vídeos durante el confinamiento en el que ellas aprendieron a leer. Y mientras otros fingían buscarse a sí mismos. Vaya. Momentos históricos en vuestras vidas, chicas. Volveréis a ellos en el futuro, aunque no recordéis exactamente cómo fue y dibujéis en vuestra memoria la de vuestros padres. Como dibujo yo la figura de aquella profesora de guardería, o el recreado recuerdo de cuando leí un anuncio en un camión cuando era demasiado pequeña para leer. Mi madre me lo ha contado y yo he rellenado los huecos.
Aquellos profesores (esas figuras fundamentales) que nos llevaron al patio de la infancia de Machado y a las ánimas de Bécquer. Cuántas horas de mi infancia y adolescencia llenas de mi presencia en esas historias y ausente de una realidad que me aburría. De nuevo la huida. Siempre de fondo el tono pardo.
No me pondré más melancólica en esto: solo he mencionado tres profesores pero tuve muchos más, algunos no los recuerdo y a otros prefiero olvidarles. Y siempre habría habido alguien para enseñarme el significado de cada letra, su sonido, su unión sílaba a sílaba para formar palabras. Menuda generosidad.
Ahora que he aprendido un nuevo alfabeto, que intento aprender un idioma diferente, qué gran regalo es saber leer y escribir. Qué maravilla ser consciente.