El 40º de los 101

La vida del vecino

Por la mañana escucha La Ser. Llega amortiguado el inconfundible sonido de su melodía a través de las paredes de nuestros cuartos de baño, que están pegados como nuestras rutinas. A veces, sobre todo en invierno, escucho cómo tose y escupe después de arañarse entre sí a conciencia su saliva y su garganta.

Sus pedos son sonoros, como si viviera en una catedral. Imagino que él escuchará los míos, así que no me ofenden sus estentóreas ventosidades.

Se levanta algo más tarde que yo y durante la pandemia no teletrabajó, pero no sé a qué se dedica. Puede ser policía o reponedor de supermercado Ahora que hemos vuelto todos a la añorada vida de antes, sé que sale antes que yo de casa y vuelve casi a medianoche. No desayuna, porque cuando deja la bolsa de basura para que la recojan en el descansillo nunca veo bricks de leche o de café en la bolsa amarilla. Ya se le ha explicado varias veces que aquí la basura se la baja cada uno, pero a mí me da pena que esté tan despistado y se la bajo yo. Y quito los carteles de recordatorio que le deja el presidente de la comunidad.

Bebe mucho vino y cerveza, lo sé porque cuando baja el fin de semana a tirar el vidrio, movimiento que intuyo tras escuchar su puerta de casa y la del portal (somos pocos vecinos), enseguida escucho caer botella tras botella en el contenedor de vidrio que tenemos frente al portal. Y sé que son botellas y no frascos de verduras o de salsas porque nunca me llega el olor a cocina desde su casa. Además, no sé cuándo iba a cocinar, si no para.

Alguna vez me ha mirado raro cuando nos hemos encontrado en la otra punta de la ciudad, pero así son las casualidades.

Bueno, vale, le sigo un poco. Pero es que me mata de curiosidad saber dónde trabaja. No me digas que a ti no.

– Señora – me dice el jovencito que llama a mi puerta – ese piso lleva vacío años. Soy el de la inmobiliaria y precisamente vengo a darle una vuelta porque sus dueños por fin han decidido ponerlo a la venta.

Por la mañana escucha La Ser. Llega amortiguado el inconfundible sonido de su melodía a través de las paredes de nuestros cuartos de baño, que están pegados como nuestras rutinas. A veces, sobre todo en invierno, escucho cómo tose y escupe después de arañarse entre sí a conciencia su saliva y su garganta.

Sus pedos son sonoros, como si viviera en una catedral. Imagino que él escuchará los míos, así que no me ofenden sus estentóreas ventosidades.

Se levanta algo más tarde que yo y durante la pandemia no teletrabajó, pero no sé a qué se dedica. Puede ser policía o reponedor de supermercado Ahora que hemos vuelto todos a la añorada vida de antes, sé que sale antes que yo de casa y vuelve casi a medianoche. No desayuna, porque cuando deja la bolsa de basura para que la recojan en el descansillo nunca veo bricks de leche o de café en la bolsa amarilla. Ya se le ha explicado varias veces que aquí la basura se la baja cada uno, pero a mí me da pena que esté tan despistado y se la bajo yo. Y quito los carteles de recordatorio que le deja el presidente de la comunidad.

Bebe mucho vino y cerveza, lo sé porque cuando baja el fin de semana a tirar el vidrio, movimiento que intuyo tras escuchar su puerta de casa y la del portal (somos pocos vecinos), enseguida escucho caer botella tras botella en el contenedor de vidrio que tenemos frente al portal. Y sé que son botellas y no frascos de verduras o de salsas porque nunca me llega el olor a cocina desde su casa. Además, no sé cuándo iba a cocinar, si no para.

Alguna vez me ha mirado raro cuando nos hemos encontrado en la otra punta de la ciudad, pero así son las casualidades.

Bueno, vale, le sigo un poco. Pero es que me mata de curiosidad saber dónde trabaja. No me digas que a ti no.

– Señora – me dice el jovencito que llama a mi puerta – ese piso lleva vacío años. Soy el de la inmobiliaria y precisamente vengo a darle una vuelta porque sus dueños por fin han decidido ponerlo a la venta.

Natalia Sanguino Escrito por: