Qué me impulsa a mí a salir a la calle. Confieso que me gusta, me encanta la calle mojada después de llover. Pero el jardín de enfrente me pilla muy lejos de este parque.
Fatigosa comienza mi jornada. Si al menos no tuviera que llevar tanto a mi espalda. Coches, bicis, patines, todos pasan como si tuvieran más prisa que yo, que voy feliz pero angustiado (si me lo permitís, mezclar estos dos conceptos tan raros, conjugo existencialismo con yoga) y siento pánico alrededor, alarma, ¿¡qué pasa!?
El imbécil del cuento anterior, eso es lo que está a punto de sucederme.
Elegí un mal día para abandonar el jardín.