La niña con dislexia
– ¿Dudaste en algún momento?
– ¿Dudar? ¿De qué?
– De tu capacidad, de tu…
– ¡Ah, sí! Quieres preguntar por mi inteligencia. Si yo creía que era tonta, ¿no?
– Bueno, así expresado…
– Lo has expresado perfecto. Recuerda que soy yo la que confunde a veces las cosas.
Risas del público. Sheila sonríe también y se humedece el labio inferior antes de responder:
– Yo nunca me creí tonta, aunque la gente a mi alrededor sí estaba convencida de que me faltaba… un hervor, digamos. Una patatita p’al kilo, como dicen en el pueblo de mi madre, ¿no? Pero tanto ella, mi madre, como yo, sabíamos que mi problema no era mi cerebro, sino el del resto. Que a veces nos cuesta.
TREINTA AÑOS ATRÁS
– Me cuesta, mami.
– Vamos, hija, va, no te preocupes, ¿vale, cariño? Tú, venga, concéntrate, así, lee tranquilita. Aquí estamos solamente tú y yo, no hay nadie más.
– Pero es que mañana se van a reír de mí en el cole.
– Sheila, mírame. Por qué se van a reír de ti en el colegio, quién se va a reír de ti.
– Porque no sé recitar el poema – la niña aguanta las lágrimas – y los demás se ríen.
– Vale, ¿y por qué no…? – la madre mira a su alrededor, están en la cocina, sentadas en la mesa de madera barata, en sillas que crujen bajo el peso infantil y bajo el peso adulto. Ve entonces la pizarra en la que anota lo que hay que comprar. – ¿El profesor, Paco, os ha dicho que tenéis que recitar el poema? A ver dónde tienes los deberes apuntados.
– No, nos ha dicho que… – Sheila no logra recordar, así que va a su mochila y saca un papel donde Paco, amablemente, le escribe a diario los deberes – esto.
“Interpretación, a su manera, del poema adjunto”. Grapada a la primera hoja, la madre de Sheila encontró una poesía de Gloria Fuertes, ‘Doña Pito Piturra’. Vuelve a mirar la pizarra y le pide a su hija que vaya a la habitación y le traiga cartulinas. Mientras, ella va a su habitación y coge su par de guantes favoritos, unos marrones que imitan piel, un sombrero que apenas utiliza su marido, que compraron para la boda de su cuñada en enero hace dos años, y un par de zapatos con poco tacón, algo viejos y desgastados ya. Madre e hija se encuentran en la cocina, cada una con las manos llenas. “Sheila, tenemos que bajar a comprar un par de cosas y luego haremos unos dibujos, ¿vale? Vas a ver qué bien nos va a quedar el poema”.
Al día siguiente, el corazón de Sheila podía escucharse en todos los rincones del aula, o así lo sentía ella. Las esquinas de la clase palpitaban, sus compañeros reían contagiados por sus latidos, sus nervios se agarraban a sus piernas y parecía que iban a hacer que se tropezara, más torpe andando que leyendo, si es que eso era posible. Sheila trastabillaba leyendo, sobre todo, pero también hablando, cuando trataba de recordar algo, cuando pensaba. Le aterraba pensar.
El profesor llamó a Sheila a la pizarra y ella salió con una caja entre las risitas indisimuladas de sus compañeros. Paco chistó para que hubiera silencio y Sheila, como le había aconsejado su madre, miró hacia la pizarra inicialmente. Inspiró y expulsó el aire y, sin girarse, dijo en voz alta: “Doña Pi-to Pi-tu-rrrrrra” (mejor marcar bien la erre y quedarte tranquila, cariño) y se agachó para sacar de la caja el par de guantes de su madre, que se puso, uno en cada mano, mientras se movía al son de una música imaginaria. “Doña Pito Pitu-rrrrra, muy elegantes”. Miró de reojo al profesor y advirtió en su rostro una sonrisa cómplice, lo que la animó a seguir. “Doña…” comenzó, para sacar a continuación dos cartulinas, donde había escrito “Pito Piturra”, que giró para enseñar a sus compañeros, y dijo “tiene un” antes de sacar de la caja y ponerse el sombrero de su padre, que casi le tapaba los ojos. Confiada por la falta de vista, se dio la vuelta. Volvió a enseñar las cartulinas hacia sus compañeros. “Doña” y mostró las cartulinas. Para su sorpresa, los compañeros corearon “Pito Piturra” y a Sheila se le escapó una sonrisa. Continuó diciendo “con un” y sacó un plumero de limpiar el polvo de la caja, entre las risas del resto de la clase.
“Doña” y mostraba las cartulinas, coreando sus compañeros y esta vez también el profesor: “Pito Piturra”. “Tiene un” y sacó un zapato de su madre. “Doña” y de nuevo cartulinas “Pito Piturra”, a lo que la niña respondió “le viene an…cho” mostrando cómo bailaba el zapato adulto en su pie. Siguió el poema con las toquillas de Doña Pito Piturra, compradas en la mercería del barrio, y Sheila mostró a la clase tres dibujos talentosos e infantiles de polillas (“son como mariposas, Sheila, ¿ves esta imagen de la enciclopedia?”) y después recuperó los guantes para el final del poema.
Ufana volvió a su mesa después entre los aplausos de sus compañeros y con María, su mejor amiga, rompiéndose las manos a aplaudir y asintiendo con la cabeza mientras le susurraba “muy bien, Shei, muy bien”.
Sacó un diez y repitió la hazaña en el concurso de creatividad del colegio, animada por su profesor y por sus compañeros, que decidieron unánimes que ella sería la que representase a la clase. No hubo dudas. Después volvería a haberlas, pero no aquel día.
TREINTA AÑOS DESPUÉS
– Hoy quiero aprovechar, si me permites, que estoy aquí en tu programa para decirle a todos los padres de niños disléxicos que, aunque es normal agobiarse al principio, hace años, cuando mi pediatra me diagnosticó, era rarísimo esto. Yo aprendí a comunicarme, gracias a mi madre, mi profesor, a la gente… Sensible a mi alrededor, supe que no pasaba nada por no ser como el resto. Aprendes diferente pero aprendes.
– Y de hecho, aquí te estamos entrevistando precisamente por no ser como el resto, por ser la artista más joven en tener una retrospectiva en el MUSAC y la más joven en ganar el Premio Nacional de Artes Plásticas. Por cierto, ya que te tenemos aquí te quiero preguntar… ¿Por qué pusiste a tu retrospectiva el título de un poema de Gloria Fuertes?
(Y aquí tenéis el poema de la Fuertes)