El 62º de los 101

El tío Camuñas bostezaba y metía en su enorme boca todo el sueño del mundo antes de entregarse a la siesta. Desde mi estatura infantil, desde mi vida escasa, veía su figura inmensa y su sonrisa de lobo y corría hacia él para que me levantara en volandas y me hiciera romperme de la risa y de las cosquillas. Siempre iba detrás de mi tío, allá donde estuviera él estaba yo. Hija única, sin primos ni niños cercanos de mi edad quitando a los compañeros del colegio, vi en mi tío a un ídolo, un tótem por el que escalar y del que aprender todo lo que quisiera enseñarme. 

Recuerdo las eternas tardes de verano, en aquel calor castellano inclemente, cuando yo me escabullía de mi cama y me iba a la suya, a aprovecharme de las ventajas de que su habitación, por el ser el hermano mayor de mi madre, fuese la más fresquita de la casa. Cuando me sentía llegar, el tío Camuñas se reía entre dientes y decía “ven aquí, sinvergüenza” y yo, sin vergüenza, corría a pegarme a su panza.

Conforme crecí todo siguió más o menos igual pero yo a veces protestaba, así que el tío Camuñas comenzó a darme dinero a escondidas. No hacía falta que me dijera que era un secreto. La clandestinidad del intercambio era evidente. 

En apenas unos meses, de la Navidad al verano siguiente, mi adolescencia entró en erupción y me descubrí, espantada, ante el espejo, con pechos, más vello y caderas. Y la regla, qué asco la regla. No volvió el tío Camuñas a mirarme ni a darme dinero. Pasó a dármelo, de la misma manera confidencial que su hijo, mi abuela. Pero ella era más seria y no nos caíamos bien mutuamente. 

Con la naturalidad que asumimos cuando no sabemos, me alejé física y espiritualmente del tío Camuñas. Durante una tarde de siesta veraniega, yo leía un cómic en el porche cuando escuché los gritos de una prima de mi madre, que había venido a pasar unos días con nosotros con su hija de siete años. Al entrar corriendo a la casa, la vi con la puerta abierta de la habitación del tío Camuñas. Su hija lloraba, con el vestido subido hasta los sobacos, mientras mi tío se subía azorado los pantalones.

Natalia Sanguino Escrito por: