Binomio = dos, pareja
Fantástico = que molan
Binomio fantástico
Mira el atardecer desde su ático. Pocos cielos igualan a este, piensa. El sol en Madrid se pone con más elegancia que en ningún otro sitio. Ibiza, Lisboa, A Coruña… Ninguno le hacía sombra a la insultante belleza del atardecer madrileño.
Se gira sobre sí mismo para peinar con la mirada su realidad reciente, su vida elegida. Ha decidido empezar a dormir en su piso, recién comprado (recién hipotecado), esa misma noche.
Exultante, ha comprado vino, jamón, pan artesano en su antiguo barrio, cerca del metro de Lago madrileño, y ha invitado a sus amigos a casa. Éstos han bromeado con el motivo por el que se había ido al exilio, ¿le persiguen las deudas de juego, tiene miedo a alguna exnovia? Sonriendo al recordar esas bromas, sale a la terraza de su ático y repara en una teja del techo inclinado que corona el edificio. Está algo agrietada. Acaricia con el dedo índice la grieta y de nuevo sonríe. No le importan los pequeños detalles como ése.
Es inútil desmoralizarse por cada fallo de una vivienda nueva. Hablará con la representante de la constructora y seguro que le da una solución. Al pensar en aquella mujer, algo mayor que él pero tan segura de sí misma, se le acelera el corazón. Se mesa el pelo como hace cuando está nervioso y se muerde el labio inferior.
Entra en el salón, vacío salvo por el enorme sofá que ha llegado esta misma mañana. Tiene una mesa plegable naranja, horrible, que utilizará para la cena-inauguración del piso. No la colocará hasta el último momento porque sabe que su mejor amigo, Luis, es capaz de traerle una de las mesas que hace con los palés de su empresa. Cada uno de sus amigos tiene una especialidad. La de Luis es abastecer de las mesas-palé (dos, uno encima de otro) a todos sus amigos.
Caprichosa, su mente vuelve a Emma. Emma es la mujer de la constructora, la que le enseñó el bajo con jardín, “ideal para familias, para que tus niños jueguen aquí a la pelota”, y el ático, “tiene unas vistas espectaculares del atardecer, reina sobre el paisaje de Madrid”. Acertó ese día a balbucear que está soltero. El bamboleo de las caderas de Emma al caminar, su ligero acento inglés, le marea incluso en la memoria.
Recuerda entonces a su abuela, que le susurraba, cuando lloraba, “tienes que ser más corajudo, mi niño”. Y no descubrió hasta años después lo que significaba aquello. Corajudo, qué es eso, le tenía que haber preguntado a su abuela, que olía siempre a cebolla y cariño. Un pitido de su teléfono móvil le avisa de un mensaje: “Dónde coño dices que está tu barrio, tío”. Se ríe y responde. “El Cañaveral, joder, no tiene pérdida, no hay otro barrio llamado así en Madrid”. “El Cañaveral! Suena a selva”. “Habló Indiana Jones. Oye, traed hielo, que aquí no hay dónde comprarlo”. Entra en la conversación del grupo un tercer amigo, Diego. “Un ático sin hielo… Binomio fantástico, ¿eh?”