Llamar a las cosas por su nombre

AUTOBÚS URBANO DE MADRID. INTERIOR DÍA.fb
La Sanguino de pie, adormilada. Delante de ella, una mujer sentada. Ve su cogote, su moño hecho, su pelo sucio. Por un milagro de la ciencia, la Sanguino puede leer a esa distancia lo que va escribiendo en el móvil la mujer.
‘Mujeres desesperadas’, se llama el primer grupo en el que entra. Alguien ha enviado una foto de una rana, probablemente diciendo una estupidez graciosa que rima con «tu marido es idiota», «las chicas molamos» o «el trabajo es una porquería».
Pasa a Facebook. Poco le llama la atención, porque rápidamente vemos en primer plano (es milagroso lo de la vista) que vuelve a whatsapp. Responde a números que no tienen nombre, no están guardados en su agenda. A uno le da los buenos días. Y quién será, se pregunta la Sanguino.
Entra de nuevo en ‘Mujeres desesperadas’. Cuántos móviles tendrán grupos así. Cuántas mujeres no se creerán más desesperadas que nadie, esperando que alguien les dé una capa para terminar creyendo que son unas heroínas de la rutina, de la vida normal, de la media.
En el grupo da los buenos días. Parece que es algo mecánico, porque apenas lee los mensajes, que parecen todos similares, aunque algunas incluyen iconos. Ella, la del moño, la mujer sentada, apenas dice un ‘buenos días’. Sale del grupo y se ve que alguien ya está escribiendo, probablemente algo similar, quizá una foto mejor que la de la rana, a lo mejor una frase motivacional.
Busca, no es el primer chat lo que es busca, baja un poquito en la pantalla y aparece una conversación que abre. Lee sin escribir. La Sanguino alcanza a leer el nombre de la persona: Amor.
Amor.
Por el tipo de conversación, es obvio que no es alguien llamado Amor. Tampoco es el amor como concepto con lo que está hablando. Porque el amor no andaría poniendo iconos ni interrogaciones dobles. Cómo detesta la Sanguino las interrogaciones dobles, por cierto.
La mujer sentada habla con alguien a quien considera su amor, el amor, el depósito de sus sueños, babas o besos dados por costumbre.
Pero, ay amiga, vemos en un plano medio que escribe rápido y ligeramente nerviosa esta mujer de moño.
«Tenemos que hablar. Lo que no tiene sentido es que sigamos así de mal»
Así que amor, amor, lo que se dice amor… Quizá, mujer de moño que escribe apresurada, quizá, hay que llamar a las cosas por su nombre. Si desde el principio le hubieras llamado Pepe o Juan, ahora no verías la palabra ‘amor’ cuando a lo mejor quieres leer ‘dudas’, ‘rencor’, ‘rabia’, ‘perdóname’ o un ‘vete a tomar por culo, que me tienes harta’.
Porque el amor de verdad se da muy pocas veces y no soporta la soberbia de que le pongan esas cuatro letras a cualquiera.
FIN DE LA ESCENA
Natalia Sanguino Escrito por: