EXCUSAS PARA NO ESCRIBIR DURANTE EL CONFINAMIENTO

Déjate de excusas y dale a la literatura, me dije. Escribir, aprovechando que en la calle hay poco movimiento y solo escuchas a los pájaros, me animé. Me las prometía demasiado felices.

– “Mamáaaaaaaa, la polaaaainaaaaaa”

Género de gente que grita porque le hace gracia gritar. Le parece divertido oírse gritar. Yo esto lo entiendo y perdono en bebés que descubren que emiten sonidos. Debe ser la ostia, estoy de acuerdo, esa emoción inicial. En niños o adolescentes me parece de bobos maleducados. Ni te cuento en adultos. El caso es que “mamáaaaaaaa, la polaaaaaainaaaaaa” y risas. A primera hora de la mañana, que es cuando me pongo a escribir.

“¿Y por qué no por la tarde, Natalia?” Porque trabajo hasta las 19h00, a veces se me va un poco la hora y después de estar con el ordenador todo el día, no me apetece ponerme a escribir, estoy cansada.

“¿Madrugas para escribir?”. Sí, eso he dicho. ¿No he dicho eso?

“Vamos, no madrugo yo… Ni de coña”. Ajá, ¿he mostrado algún interés por tu rutina matinal? ¿A que no?

Total que “mamáaaaaaaa, la polaaaaaainaaaaaa”. Y yo pienso: “Polaina, ¿con este puto calor?”

– Dindin.

La tienda regentada por chinos debajo de mi casa tiene un dispositivo que suena -dindin- dos veces -dindin…dindin- cuando entra o sale alguien. La tienda es pequeña, o sea que entrar y salir es algo bastante cercano en el tiempo. Dindin…Dindin.

He creído oportuno hablar de “la tienda regentada por chinos debajo” porque temo tener algún lector tan justito que si digo “el chino de abajo” se crea que vivo en un barrio donde un chino loco se va por debajo de las casas cantando “dindin”. Que no digo que no exista, pero no en mi calle. Aquí tenemos “mamáaaaaa la polaaaainaaaaa”.

– Un niño que da vueltas en patinete por la acera bajo mi casa. La acera es de cuadritos estrechos, hay hendiduras en el suelo cada pocos centímetros, se cruzan, forman cuadrícula, joder, así que el patinete y el niño dando vueltas con el puto patinete hacen un ruido constante pero desequilibrado. Por suerte su madre se limita a sentarse en un banco con una amiga e ignora al crío, así que me ahorro las conversaciones de “mamá, mírame” y “hala, qué bien lo haces”. Solo tengo el tacatacatacatacatacá constante. Cons-tan-te.

– Dindin…

¿Esto con un inhibidor de frecuencias se apagaría?

-…Dindin

¿O bajo y le pido que lo apague?

– Dindin…

¡Pero si no le ha dado tiempo a comprar nada, no me jodas! ¿Para eso entra? ¿Qué se cree que es, un Zara por el que darse una vuelta? ¡Un chino, es un chino: refrescos, mierdas para la tripa, cosas tontas que se te olvidan y por las que pagas un tercio de tu sueldo, estamos tontos o qué!

– Dindin…

Cagoenmiestampa.

– …Dindin

Miro la pantalla del ordenador, a las ventanas, aleatoriamente, ahora entiendo a los escritores que se dan a la bebida: ¡Vivían en barrios ruidosos!

– ¡Mamá a que no me pillas!

Ah, genial, ahora el niño decide que quiere atención de la madre. La mía la tienes, chaval, ¿no te sirve con esa?

– Dindin…

Y esto confinados, no quiero pensar cuando se vuelva a circular libremente.

– Machooooooooo.

Pero POR QUÉ la gente GRITA, POR QUÉ, PARA QUÉ.

-… Dindin.

– QUÉEEEEEEEE.

Me rindo. Decido escribir esto. Dedicaré mi próxima novela al patinete, el dindin y la puta estirpe de la que proceden los que gritan por deporte.

MESES DESPUÉS

¡La novela que escribo durante el confinamiento ha sido un éxito fulgurante de ventas y crítica! Todo el mundo está como loco, me entrevistan en todas partes. Antes, en la radio:

 

– Natalia, cuéntanos, ¿cómo pudiste escribir durante el confinamiento?

– Pues mira, aprendí a ser más paciente. Y sobre todo descubrí que robarle un patinete a un niño cuya madre pasa de mirarle es súper fácil y que los timbres de presencia se rompen con cualquier palo de escoba.

Natalia Sanguino Escrito por: