Porque hay que sentirse bien, claro que sí. Y creérselo. Y caerse y contarlo. Los tropiezos nos hacen más humanos, como si alguien dudase de su carne y hueso, ascendido por obra y la justa gracia al leve endiosamiento del que se cree diferente. Eh, que yo también me caigo.
Resumo: somos como los demás, da igual lo que te haya dicho tu madre, tu abuela o aquel tipo que luego descubriste que olía a lácteo rancio cuando sudaba. Tu madre y tu abuela te querían más o menos incondicionalmente y el tipo ése pretendía mojar el churro para luego hacerse el indiferente y no responderte los mensajes.
Que mi resumen sea más o menos igual de largo que la frase a resumir da una idea de por qué tardo tanto en escribir aquí. La idea de escribir me pone, pero luego me enredo.
Y todo esto viene por varios motivos:
Uno, que yo estas líneas tenía idea de escribirlas en septiembre, pero se me pasó. Ya sabéis, septiembre, mes de inicio para muchos, pretendía aprovechar la ola de la “vuelta al cole”. Y claro, así no me lee ni un alma. No tengo sentido del espectáculo.
Dos, engarzo lo dicho antes con octubre que, total, es el mes que sigue a septiembre. Éxito no, pero excusas…
Tres, veo cada vez más y me aburre como siempre esa constante reivindicación de lo especiales que somos todos. Lo especiales que somos todos. Especiales + todos, ¿no falla algo aquí? Que no, que todos genios es imposible. Seres de luz, venga ya. ¡Reventaríamos el sistema! ¿Y de qué nos quejaríamos entonces con gesto adusto pero ñoño? ¿De nuestra propia vida? Eso en redes sociales no vende. Y aquí hemos venido a vendernos. Adultos jugando a ser. Bueno, espero que alguien haya venido con curiosidad a leerme, que yo no soy especial, pero tengo ego como todas.
Octubre es un mes que decís triste. Como si a octubre le importara. Como si no fuera una creación humana, romana. A mí no sé qué me parece. Me recuerda los primeros días de la facultad, si acaso. Los horarios encajados de manera imposible, las asignaturas de nombre críptico, lo gris de aquel edificio. Pero culpar a un mes de que no tiene ese olor a libro nuevo de septiembre, ese crujir de hojas de final del verano… Pues chica, no sé. Que lo de las hojas y el fresquito por la noche pasaba en mi infancia y adolescencia, si acaso: ahora en septiembre sigue haciendo calor, ya no refresca tanto, perdió esa esencia de final del verano y no podemos agarrarnos ya a ese tópico, como mi abuela se aferraba al dinero cuando me lo daba, casi a escondidas. ¿Tu abuela también? Claro, porque no somos especiales. Te lo estoy diciendo. Queremos encontrar semejantes pero que no sean muchos. Y no sé en vuestra vida, pero en la mía los elegidos siempre han sido otros, o así ha decidido mi personaje venderlo.
Esa manía de dividirnos entre los que empiezan el año en septiembre, los que lo empiezan en enero… Que luego están los de “a partir de la semana que viene” y los que creen que cada día es una oportunidad [bostezo].
Y ahora los que empiezan el año en septiembre, que son legión, te lo cuentan. Como el que lee poesía, el que disfruta con el arte contemporáneo o el sibarita que se pirra por un buen whisky. Ellos también te lo cuentan. Para distinguirse. Apartarse de la ple-be.
¿A qué viene esa necesidad de subrayarnos siempre? ¿Por qué ignoramos octubre o noviembre? Les adjudicamos en nuestra imaginación días grises y de sofá y mantita, de platos de cuchara. Pero seguimos haciendo foto del aguacate, porque un potaje no hay filtro que lo haga parecer cuqui.
Octubre regala esa luz mágica que precede al sol de invierno (ya, ya sé que se llama otoño), nos da la bienvenida a casa (vivediós que me cuesta no hablar del confina***** de los huevos aquí) y nos recuerda que gracias al cambio climático pronto viviremos en un infernal verano eterno.
Octubre… ¿quiero parecer más sensible por destacarte?
Quizá sentirse especial es pura cuestión de supervivencia, de optimismo, y contarlo es un modo de buscar abrazos cuando el espejo, o la vida, siguen sin convencernos. Con lo mágico que es encontrar a una persona sinónimo, a alguien que te subraye o, al contrario, a quien te pregunte o te incomode, que te lleve la contraria a veces por deporte.
En esta época en la que tantos vivimos una situación de incertidumbre, época rara, de miedo, entiendo, de verdad que entiendo que necesitemos sentir que nosotros nos salimos del rebaño. Que tenemos algo distinto, diferente. Cómo va a ir esto conmigo, yo tengo la solución, he leído, estaba claro, lo dije desde el principio, que estaríamos encerrados. Lo sabía, lo supe, lo dije. Y bueno, eso ¿qué ha cambiado?
No hemos dejado de pastar,
confusas las ovejas
de este Madrid
que maltrata tanto al rebaño.
A todo esto, necesito un hashtag. Soy diferente, etiquetadme.