«Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos», Julio Cortázar.
No he leído ‘Rayuela’ aún. Está ahora mismo a dos metros de mí, en la estantería, editada por El Mundo hace años. He tenido que buscar esta frase del inicio en internet, desconozco su contexto, pero me gusta lo que me parece contar. O lo que quiero entender. No tengo la cabeza como para sumergirla en la prosa de Cortázar, sí la poesía, siempre la poesía, pero a ‘Rayuela’ y a mí todavía no nos ha llegado el momento. Mi 2020 está siendo como el de tanta gente, me temo. Finjo saber lo que hago.
Cuando era pequeña recuerdo que alguna vez pensé que los adultos quizá no tenían mucha idea, en realidad, de lo que hacían.
En la facultad, un compañero dijo de mí que yo no era una persona segura, que lo aparentaba. Buen piropo, ¿eh? Lo comentó a mis espaldas, pero el tipo me caló, aunque no sé si a día de hoy es consciente de que también se retrató él.
Entre los aspavientos que nos componen, el amor. El centro, vértice clave, vórtice que engulle. Juego a no decir sinónimos y jugamos a no ser críos con miedo. Igual en el amor. Perdón. No quiero decir amor, quiero decir pareja. Para mí no tienen por qué ir unidos ambos vocablos.
Se sigue idolatrando la idea de tener pareja como un objetivo vital. Como si importase más que tu número sea par antes que quién compone ese dúo contigo.
Tenemos pánico a la soledad, pero nada puede llegar a ser más triste que compartir el sofá con alguien que no sabe quién eres. La soledad rodeada de gente es punzante. La he probado.
Mis ojos se multiplican en las redes sociales, ayudados por el abstracto algoritmo, que nos da más de lo mismo. Y esta entrada surgió a raíz de varias ilustraciones en Instagram cuyo denominador común era: pareja heterosexual en postura de quererse o en una entrañable vida diaria, en general flacos, en general con el pelo largo -ellas-, con más gatos que perros, con felicidad siempre, dan ganas de ser ellos, quiero ser ellos, por qué no me pueden querer como se quieren ellos, mírales. Y yo qué.
Y guardé una de esas publicaciones, así que una y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez, continuamente, continuamente, continuamente, continuamente me tropiezo desde entonces con lo mismo. Las ilustraciones me gustan y también hay algunas donde se idealiza la soledad, es injusto negarlo. Pero hay algo en los mensajes que nos bombardean los medios de comunicación social, en las conversaciones más o menos casuales que tengo con la gente, por lo que yo misma me planteo a veces: ¿y si me equivoco, y si idealizo el amor y al final solo se trata de tener compañía en el sofá?
Decidí publicar esta reflexión ahora por una entrada concreta que vi hace días, donde una mujer hablaba del mito de la pareja que dura toda la vida. Tenemos más o menos asumido que lo que hoy gritamos, mañana estará escrito en minúscula. Vale. Casi siempre me gusta lo que dice esta cuenta de la que hablo, así que seguí leyendo, para encontrarme con su conclusión «al final llega». ¿Qué llega? Su pareja ideal, la actual, claro. Al final llega. Ay. ¿Y si no llega?
¿Podemos cambiar el discurso? Al fin en redes sociales vemos otras bellezas, menos estereotipadas, otros modos de entender la vida, la sociedad, el deporte. ¿Vemos cuerpos femeninos que superan la talla 36 pero seguimos derritiéndonos por una pedida de mano? Me chirría hasta escribirlo.
La búsqueda del amor, así dicha, siempre me ha parecido absurda. Mis amigos lo saben, lo repito mucho (cansina es la palabra). Defiendo que el amor es luz, no es sombra, pero tampoco es un tesoro. Nos hace felices pero no debería ser, qué vida más triste tenemos si es, lo único que nos eleva. Como dice en esta otra entrada la actriz Jameela Jamil, puede ser la guinda del pastel, pero la idea es que lo que hay debajo de la guinda también sea jugoso, ¿no?
Cuántas frustraciones, cuántas personas angustiadas por esa idea machacona de los Beatles. El amor, sí, pero no solo el romántico, no solo un amor para la pareja: el amor por ti, por tu vida, por tus logros, tus amigos, familia, gato, los libros que lees, las canciones que te emocionan. El amor, siempre, pero el amor que fluya, no el reducido, no el obligado, el que no terminas de sentir que encaja. Si no te ajusta bien, no es de tu talla. Pasa con los vaqueros, pasa con las personas.
Así lo siento y a veces lo siento, de verdad que lo siento.
Idealizamos la pareja como alfa y omega, principio y fin. Cuántas veces he escuchado con desconcierto «ya te llegará». Me suena a amenaza. ¿Y si no llega? ¿Y si no lo busco?
Surge, se encuentra, se cultiva, te tropiezas.
Ojalá nos transmitan más y mejor que nosotros, como individuos, ya estamos completos, ya somos. Vida dentro y fuera, salvados por ser, perfeccionados con lo que nos vamos encontrando, las personas que disfrutamos también nos componen.
¿Que un día aparece alguien y te enamoras? Maravilloso. No estoy montando hogueras. Ser correspondida en el amor es genial, sí. Sigue un verso que me encanta y suscribo:
Pero dejemos de perseguir la estrella de dos siluetas entrelazadas como si fuera la única del universo, como si nada mereciese la pena si no. Cuántos monstruos creamos con la frustración.
Vivir es complicado a veces, frustrante. Para qué amargarnos más convenciéndonos de que nos merecemos un amor que nos rescate de nosotros mismos, como si solo por eso fuésemos a resolver nuestros problemas, a cambiar nuestra vida.
Celebrar, amar sin buscar un podio, sin recibir trofeos. No necesitamos tronos.
O igual es cosa mía. Seré una idealista. Repito.
«Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos», Julio Cortázar.
Qué bonito, Natalia, y cuánta razón.
Me encanta, me llega, me llena. Gracias.
Gracias a ti por leerme 🙂