Hablemos de dinero

Hablemos de dinero.

Feo, ¿verdad? Tenemos injertada la idea de que hablar de dinero es poco elegante. Y no, nena. El dinero es algo material. En sí, no tiene nada de bueno o de malo. Existe y todo el sistema capitalista en el que vivimos se articula en torno a él. Pese a marcar un alto porcentaje de nuestro modo de vida, de dinero no se habla.

Si algo ha subrayado mi cabeza en estos meses inciertos es que vivimos en un falso estado del bienestar. Por muchas razones. Y una de ellas es el dinero o su ausencia.

Prueba a hacer una pequeña encuesta. Pregunta a quien que tenga una casa comprada o esté planteándoselo cómo pagó la entrada. Cómo pudo pagarla. A ver, sé espabilada, hazlo… sutil y con gente más o menos de confianza, no vayas a quedar como la rara del grupo, que ya nos cuesta integrarnos como para encima que nos eviten por ser la de las preguntas incómodas.

La mayor parte de la gente, y no arriesgo mucho diciendo esto, te dirá que les ayudó su familia. Y ahí te encajan las piezas. Tú, que eres de las que pasa el mes regular y que podrías ahorrar más pero te gusta apuntarte a todo viaje que se te cruza. (Natalia está hablando con Natalia ahora). (Natalia habla mucho con Natalia y se da consejos geniales, pero a veces no les hace caso). A lo que venía: con los salarios medios que tiene la gente que se lanza a la compra de un piso, lo normal es que te ayude un familiar, o dos o todo el clan, adelantándote el dinero. Luego se lo devuelves o no, eso en la encuesta lo tengo menos claro. Si no, no podrían comprarse la casa hasta dentro de muchos años. Eso o llevar ahorrando con esa idea en cuanto empezaron a ganar dinero o, como en el caso de un par de amigos, haber trabajado fuera de España con sueldos lo bastante buenos como para volver con un colchón decente.

En mi encuesta particular, que no es representativa pero para eso este blog tiene mi nombre, jódete, pues la familia ayuda.

Y ahí entramos en el falso estado de bienestar: nuestra estabilidad económica no es nuestra, sino heredada. 

Si analizamos los cuentos infantiles como adultos descubriremos con pavor cómo nos van injertando, cosiendo a la mentalidad que creemos forjada individualmente, pequeños detalles de cómo comportarnos para vivir en sociedad. En el caso del dinero es el cuento de la cigarra y la hormiga. ¿No os parece la hormiga una desgraciá? ¿No os iríais de juerga antes con la cigarra? Te empujan a ser hormiga, más pequeña, pisoteada, asfixiada con insecticidas, mientras la cigarra canta en verano desde su árbol. Claro que hay cigarras entre la clase baja, pero ¿cuántas viven en las ramas más altas? 

Hotel de Cádiz, 2011

Odio cuando las revistas de moda, decoración o diseño entrevistan a empresarios muy jóvenes, menores de treinta años, que cuentan que es fundamental tener una idea, seguirla, que los sueños se convierten en realidad. Me gustaría en estos casos que se hablara de dinero: ¿a qué se dedica tu familia? ¿De dónde salió el dinero para montar esa empresa “de productos muy escogidos, muy especiales, no seleccionamos nada al azar, odiamos lo masivo”? Habrá quien ha llegado a montar su negocio gracias a créditos, pero ¿qué aval han puesto? ¿La casa familiar?

Odio, claro, también, el “persigue tu sueño y lo podrás lograr”. Mentira. Falso estado de bienestar. Para que exista, muchos “persigue tus sueños” no tienen que pasar de ser cuadros en colores pastel colgados de la pared. Para que exista, muchas ventanas hipotecadas guardan detrás frustraciones, cabezas agachadas, conscientes de que no van a poder y cálculos y bromas sobre cómo llegar a fin de mes. Para que exista un rico, tiene que haber muchos pobres. Y me encantan las pequeñas tiendas “escogidas, especiales” y odio lo masivo. Pero compañeros periodistas, dejad de vender el éxito de gente con dinero que puede arriesgar una parte de ese dinero como un “todo es posible”.

Sin entrar en historias familiares, que una tiene su pudor, hay dos frases que mi madre repite desde mi infancia, normalmente a gritos: “¿tú qué te crees, que yo soy el Banco de España?” y “sí, hombre, que el dinero crece de los árboles”. Era decir eso y yo imaginarme arbolitos con billetes colgando. Qué fantasía. Encuentro ese árbol y me cierran el Sephora para mí sola, ya te lo digo.

¿De qué iba a hablar ahora? Ah, sí. Del puto consumismo. Nos venden que vendamos nuestras cosas usadas para poder comprar cosas nuevas (o usadas por otros), nos venden que compremos, que acumulemos, nos tomamos a risa la cantidad de cosas que llegamos a tener: ropa, tecnología, decoración. Le hemos puesto glamur al síndrome de Diógenes. Que habría que ir a oler la casa de Diógenes, pero jaja, qué risa, yo tengo síndrome, mira mi armario. 

El capitalismo, sistema en el que vivo como la que más, que no quiero dármelas de estupenda, nos ha contado el chiste y se sigue riendo de nuestra cara cuando no terminamos de pillarlo.

Alguna carretera en la provincia de Cádiz, 2012

Vivimos un consumismo perpetuo, incluso en experiencias, en vida: ve, haz, corre, cuéntalo todo, infórmate, súbete al tiovivo porque no deja de girar, nos vuelven agresivos gusanos sin ojos ni pies ni manos que solo quieren no quedarse fuera.

Hemos olvidado el pasado, lo que dejaron de hacer nuestros padres para tener lo que sea que tienen ahora. Mis padres no iban al gimnasio, no se apuntaban a idiomas, no hacían escapadas de fin de semana ni se marchaban a conocer cada año un país diferente a sus vacaciones. Ese monstruo tragón que es nuestra vida actual nos ha convencido de que es una desgracia tremenda no vivir. El confinamiento durante marzo y abril en España nos ha recordado que no vivir es otra cosa y que la muerte, que tan medieval y tan ajena nos parece, puede estar en cualquier colchón, en el rellano de la escalera, en UCIs desmanteladas por el mismo capitalismo que te empuja al barranco.

¿Es de mal gusto hablar de dinero? De peor gusto me parecen las bromas sexuales que se hacen entre sí a veces las parejas sobre lo poco que follan -en serio, no interesa, si acaso da pena- o la gente que me pregunta que qué me pasa en la piel. Mi respuesta amable suele ser “tengo psoriasis” y una sonrisa beatífica. La contestación que tengo por dentro es “me da alergia la gente cotilla como usted”, bien remarcado el usted, que me aleje de la puñetera manía de meterse en las vidas ajenas. ¿Le pregunto yo a usted por qué tiene ese pelo relamío, ese mal gusto para la ropa, esa cara de amargura, eh? Por suerte, hasta ahora nunca me han pillado de suficiente mala leche como para soltar estos inocentes chascarrillos. Clase media, media-baja, pero educá.

No hay nobleza en ser pobre. Otro mito de gente pija: “el buen salvaje, oh, el pobre pobre”. Pero tampoco hay dignidad especial en la riqueza. El dinero es dinero. La vida, por suerte, sigue siendo otra cosa. ¿Has visto el atardecer últimamente?

Natalia Sanguino Escrito por:

2 Comentarios

  1. Mario
    octubre 18, 2020

    Yo soy de los que tuvo que ahorrar fuera para la entrada del piso, si no, imposible!!

    • octubre 24, 2020

      Eres uno de los que había en mi cabeza cuando lo escribí, precisamente 🙂

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