Escribo esto mientras escucho llover fuera. Madrid se ha vestido con un domingo clásico de otoño y nos arropa desde las ventanas para susurrarnos: ¿Ves como estás mejor en casa? Madrid hoy es melancolía y ganas, aunque no sé muy bien de qué.
Lo que viene a continuación lo escribí un día en el móvil mientras volvía andando de la oficina a casa. Vi, como en una sinestesia, los caminos que iban trazando las personas que me cruzaba, los coches, las bicicletas. Vi incluso los caminos de algunos edificios, horadados con reformas por licencias necesarias, arañados con carteles que gritaron a los turistas y que ahora quedan mudos, secos, vacíos.
Un Madrid trazado con las ruedas de los carros de los repartidores. Cajas de mejillones, naranjas, cajas de contenido desconocido, cajas con logotipo de Amazon. Las he visto.
Un Madrid trazado con negocios cerrados.
Un Madrid trazado con mascarillas tiradas en el suelo. Otro, con la distancia de las mascarillas a la papelera más cercana.
Un Madrid trazado con los puntos donde hay pisos que estuvieron en AirBnb y ahora están en Idealista. Solo alquilamos el primer año a este precio.
Un Madrid trazado por la avaricia y la carcoma. Un Madrid oscuro que en las fotos luce nuevo.
Un Madrid trazado por las patitas de los gorriones que avanzan a saltitos en el suelo. Un Madrid trazado con los gritos dibujados en ladrillo de las cotorras argentinas.
Te trazan, Madrid, mis pasos obligados a la oficina. Te trazan a ratos mis zapatillas porque por fin, no sé si lo sabías, he vuelto a correr. Madrid de tierra y asfalto. Madrid de cielo y subterráneo, todos ahí abajo enmascarados. Que dirían los del motín de Esquilache ahora. ¿Defenderían que no hay tal virus y solamente nos ponen bozal para tenernos controlados?
Madrid trazado por las bicicletas blancas, eléctricas y pesadas, pero también Madrid trazado por una nueva especie de tortuga “Rapidus Glovus Vagancius Maximus”. Te vayas a mover del sofá por comprar un capricho y te dé algo. Madrid consumido por la voracidad, Madrid trazado por la prisa de lo inmediato.
Un Madrid trazado por persianas de casas siempre bajadas, cómo vivís ahí, así, sin luz, cómo. Google no puede resolverte todo, algún día sacarás la mano por la ventana para calcular cuánto te abrigas. Google no sabe decirte cómo se siente el aire, salvo que busques en Google la palabra “poesía”.
Un Madrid trazado por carteles en los negocios. Se alquila. Se vende. Se traspasa. Su martilleo a mis ojos es como esta lluvia que escucho mientras transcribo.
Un Madrid sin trazos donde hay dos lunares, gorditos, no diré verrugas. Dos hoteles de lujo que semejan Madrid a Londres y a París. Madrid como un adolescente que borra su personalidad para parecerse a sus primos mayores.
Madrid si pudiera dibujar sus propios trazos quizá escribiría: no os necesito, no me hacéis falta, serpientes sois huyendo de mí en cuanto podéis, dejadme entonces.
Amamos Madrid maltratando su esencia, encumbrando su centro e ignorando sus barrios. Y luego la culpa será suya, que no supo cuidarnos.
Y escribo aquí Madrid en masculino a propósito. Madrid no es una niña, estoy harta de leer textos y escuchar canciones con comparaciones donde lo femenino es infantil (niña), o donde la ciudad Madrid en un símil es una mujer abierta de piernas, a la que follarse. A ver si las mujeres al final en las canciones siempre estamos para lo mismo. Y Madrid y yo valemos para mucho más, da igual lo que diga el resto.