Por qué ya no compro el día 31 de octubre

De camino a casa descubro manchas de café en la libreta recién comprada. Sonrío primero, antes de pensar con cierto asco en dónde habrá estado esta libreta, por qué manos ha pasado para llegar hasta mí, manchada así, en un par de hojas enfrentadas. Me subo el cuello de la chaqueta de lana, parece que refresca. Decido volver a la papelería y cambiar la libreta.

No puede ser, oiga, esto es una vergüenza. Una señora rechoncha delante de mí rezonga. No, no soy yo, no me voy a poner tan alterada. Solo quiero cambiar la libreta, no me parece para tanto, es normal que las cosas se manchen. Pero la señora sí protesta. Falda gris, recta, jersey marrón, zapatos negros cómodos, muy hechos a ella, combados hacia fuera los laterales. Tendrá juanetes, pienso. Yo también tengo juanetes, ya he dejado de usar tacón. Y la señora que sigue peleando, inmersa en su monólogo, sin dejar hablar a la dueña de la papelería. Resulta que había comprado hacía un rato unos plastidecores y su nieta pues mire, mire, mire, se ha puesto a pintar, ¿eh?  A pintar, a pintar. Me empiezo a plantear si repite todo tres veces por algún motivo, giro la cabeza para mirar las estanterías, no quiero que se me note sonreír. Pese a la mascarilla, cuando sonrío se me achinan los ojos enseguida. Mientras la señora repite su letanía de “pintar, pintar”, enseña con manos algo temblorosas a la dependienta unas fotos en su teléfono móvil. Cada “a pintar” va acompañado del dedo ancho de la señora pasando sobre la pantalla. ¿Ve lo que le digo? La dependienta suspira y le dice que no ve nada, que está todo borroso, a lo que la señora, indignada, protesta que ya tiene una edad, que nos ha jodido cómo tiene el pulso después de años cargando cubos de agua para limpiar y que ya le dirá algún día como tenga artrosis. 

Ellas hablan, discuten y mientras mi lengua juega entre los dientes para descubrir, lengua geóloga, un trocito de buñuelo, del par que acabo de merendar. Está detrás de la última muela, así que traigo hacia mi paladar el dulzor lejano del buñuelo y mi saliva. Me distraigo de la discusión, que sigue, así que me aburro. Ahora la que suspira soy yo, señora, que no tengo todo el día para sandeces, que quiero una libreta nueva, que quiero escribir, no escuchar. Y me han sobrado otros dos buñuelos para después de cenar.

Parece pintado con plastidecores

Cuando yo suspiro, la señora se gira, la dependienta levanta la cabeza, las dos me miran. La mascarilla quirúrgica de la señora le cae por debajo de la nariz, la de la dependienta, con el nombre de la tienda impreso, le hace subir vaho a las gafas. 

– Perdón – acierto a decir. Odio interrumpir, ahora me siento incómoda.

– Nada, nada, pase usted, que debe ser que como es más joven tiene más prisa.-La señora está muy enfadada. Y yo, impaciente, juego la baza de la amabilidad, “si es solo cambiar una cosa”, le digo.- Claro, claro, igual que yo los colores de mi niña.- Apuntilla la señora.- Pero venga, pase.- Me dice, haciendo sonar cada sílaba como una amenaza.

Joder con la rechoncha. Tiene forma de croqueta, pienso. Y entonces la dependienta se ríe. Y yo temo que, como llevo la mascarilla, lo haya dicho en voz alta y no lo haya pensado. Arqueo las cejas, miro a la señora pero ésta no me suelta un guantazo así que doy por sentado que la dependienta se ha acordado de vete tú a saber qué y no he dicho nada en voz alta. Inspiro, suelto el aire y enseño las manchas de mi libreta, abierta, ante la dependienta risueña.

– ¡Mira, otra igual! – la señora planta su dedo de masa de croqueta sobre mi libreta, tan absorbida estoy por la idea gastronómica que temo que manche el papel de grasa. 

– ¿Otra igual? – pregunto.

Y entonces la dependienta saca de debajo del mostrador una hoja de papel, la señala con la mano hacia arriba y le dice a la señora: “A ver”.

La señora abre entonces la caja de colores y empieza a garabatear, ordenadamente, con los lápices, sobre la hoja. Uno tras otro, verde, rojo, azul, amarillo, incluso el blanco, todos pintan el mismo marrón lejano, quizá con tono rojizo de fondo, ¿puede ser? Miro entre atónita y divertida garabato tras garabato de la mujer, que la dependienta también observa, pero con la mascarilla no acierto a ver la expresión que tiene en el rostro. Y entonces el dedo corazón de la señora tac, tac, tac, da tres veces sobre el folio y otras tres veces tac, tac, tac, sobre mi libreta recién comprada. Efectivamente, es el mismo tono.

– ¿Cómo se explica esto, a ver? ¿Que las dos somos daltónicas ahora o como se diga eso? Mírame a ver estos colores y dime que no son todos el mismo. 

Asiento levemente y miro de nuevo a la dependienta. “Os ha tocado, chicas” dice, tranquila. La señora y yo nos miramos. Que nos ha tocado qué, pregunto con voz neutra. “Ser brujas”. Entonces la señora se lleva la mano al pecho y grita “¿puta es lo que me ha llamado?” y yo, con un leve roce en su jersey, le digo “bruja, bruja”, convencida de que es una broma. Desde que nos invadió Halloween este país no ha vuelto a ser el mismo. Ríete tú de la pandemia, creernos anglosajones, eso sí que nos llevará a la ruina. Y mientras yo reflexiono esta invasión cultural, la señora lo expresa a su modo: “Bruja lo será su madre, poca vergüenza”. 

– Sí, bueno, miren, a mí todo esto del Halloween me hace gracia y tal y qué bien se maquilla la gente y se va de fiesta, pero… -comienzo a decir.

– Pero a las doce en casa con toque de queda, que se jodan por no respetar a los viejos.

– Señora, eh, no me interrumpa, mira, mire, que yo solo quiero cambiar mi libreta por una que no esté manchada.- Vuelvo a decir.

Buenos Aires, 2016

La dependienta se ríe levemente. “Lo siento, pero es que es así, os ha tocado, la señal es este color de regla que aparece en lo que habéis comprado hoy aquí. Es la clave, si me dejáis que os explique, yo…” quiere continuar pero le interrumpe la señora dando un manotazo en la mesa: “¡Que mi nieta ha pintado con sangre de regla su cuaderno de Elsa! ¡Pero qué me habéis vendido aquí, so guarras, el libro de reclamaciones, ya! ¡Voy a llamar a mi hijo!”. Yo me toco la frente, confundida. Miro hacia la calle. Es de día, todo parece normal, mi libreta, juraría, joder, las manchas, ¿están creciendo? ¿Se están haciendo más amplias? ¿Pero qué…?

“Yo pertenezco a la Secreta Sociedad de la Brujería Española, en marcha desde hace más de diez siglos, uníos a nosotras y veréis qué bien lo pasamos”.

“Que yo no quiero pasarlo bien, que yo quiero plastidecor para que mi niña pinte con los colores, bueno, yo no sé, no sé para qué discuto”.

“Sí, ya, yo ya si eso compro en otro sitio la libreta, si total yo para lo que escribo me vale una de la tienda del chino de enfrente, que ¿es comercio local, no?”

“Quietas y calladas, las dos”. Nos dice la dependienta con voz espectral y unos ojos que ahora brillan diferente. Tengo miedo y éste se refleja en mi intestino, que amenaza con aflojarse. “Habéis sido elegidas y punto. La brujería no es un capricho, no es un mito. Existe y tenéis que llevar con orgullo vuestro don”. La señora y yo nos hemos ido juntando, noto a través de mi chaqueta el punto áspero de su jersey. Sus pies, que noto fríos, tratan de esconderse detrás de los míos. Sus manos agarran mi brazo izquierdo mientras mi mano derecha se posa sobre los dedos rígidos de la señora. No sé de dónde viene este silencio, no se escucha nada, ni un coche pasa por la calle, ni un transeúnte cruza por delante de la puerta.

– Yo es que siempre he sido más de Todos los Santos, ¿sabe?- Aventura la señora y yo asiento para decir que sí, que yo también.

– Y las brujas, a ver qué os creéis. Le tengo un asco a la calabaza que no está escrito.

– Entonces, ¿ahora qué tenemos que hacer? 

– Ah, nada, sois brujas, punto.- Y yo que pensaba que iba a poder volverme a casa volando en escoba.- No, chica, no, las brujas el rollo este de la escoba ya no… Bueno, a ver, tenemos a la Marisa, pero a esa le mola el rollo de la escoba por el postureo tonto, que de nada nos libramos. 

– Me lees el pensamiento – le digo, sin asombro.

– Sí, y ha estado muy mal lo de la croqueta. Es más un buñuelito – me dice, mirando a la señora y de nuevo mirándome a mí. La señora no se mueve, casi ni respira.

– Después de todo, lo de la noche de brujas… ¿Es verdad? 

– Tenemos dos noches grandes, ¿eh? Esta y el 24 de junio.

– Ah, mira qué bien. Y entonces ahora tenemos que…

– Entrenar.

– Entrenar.- Repito.

– Sí.

– La brujería.- Aventuro.

– Sí.

– Entrenar la bruj… Señora, deje de apretarme el brazo, que me está cortando la circulación, mire, ya que estamos aquí con la broma esta, pues oye, p’alante.

– Es que a mí lo de los espíritus no… – Dice con voz temblorosa. 

– ¡Ah, no! – hace un aspaviento la dependienta con la mano – Lo de los espíritus es de otra sociedad secreta, con esos no queremos cuentas. No quiero contarle el olor que dejan por todas partes, no, no. Solo brujería. 

Buh, susto. Buh-enos Aires, 2016 (perdón)

– ¿Y cómo entrenamos? – La señora, viendo que entro en el juego, me suelta el brazo al fin, y me mira con gesto interrogante – A ver, ya que estamos, pues por hacerlo bien, qué sé yo. 

– Si los objetos de esta puerta de la sociedad os han elegido, es por algo. Ya tenéis el don, ya lo teníais, siempre lo habéis tenido. Ahora solo tenéis que observar más, ojos bien abiertos, oídos afilados, de la lengua ya sé que las dos vais serviditas y acostumbraros a que os llamen bruja, ¿eh? Los no elegidos son muy envidiosos. Venís aquí los viernes por la noche y os ayudamos con ciertos trucos, os explicamos rituales y tal. Tendréis que fingir delante de amigos y familiares, porque nunca se sabe dónde puede estar el que os quiera cortar las alas o la escoba – Ríe a carcajadas. Lo del humor de bruja debería hacérselo mirar. Se inclina sobre el mostrador- Veréis, Doña Inés, la de la obra, era bruja, ¿eh? Pero a ver quién pone una bruja de protagonista. Hubo que ponerla de monja porque la gente se pone nerviosísima con las brujas. 

– Si van dejando todo perdido de sangre menstrual no me extraña – murmura la señora. La dependienta vuelve a reír, ahora con benevolencia.

– Mujer, eso solamente era la señal de esta puerta de la sociedad. 

– Tenemos puertas, ¿tipo El Ministerio del Tiempo? – me emociono. Me encanta esa serie, qué pasa.

– Son lugares de reunión, puntos mágicos donde la brujería se manifiesta. 

– ¿Y nosotras ahora llevamos una vida normal y venimos aquí los viernes y ya está?

– Sí, hombre, a ver, un poquito de cuidado, iréis conociendo a más brujas del barrio, vosotras cuando os veáis por la calle no demostréis mucho entusiasmo, un “hola” y ya, os iremos diciendo las cosas que tenéis que hacer, si hay alguna misión puntual, algún ritual para el que os necesitemos…

– Ah – interrumpo – ¿entonces ahora nos va a ir todo bien en la vida, podemos cambiar las cosas?

– He dicho bruja, aquí no hacemos milagros. Pero algún apañito nos dejan hacer de vez en cuando. Ojo con luego salir y quedaros hablando en la calle. Mujeres juntas no, ¿eh? No queremos llamar la atención y muchas mujeres juntas ponen muy nerviosos a los hombres.

– Qué guay.- Digo yo.

– Qué espanto.- Dice la señora.

– Una cosa importante, ahora que ya está confirmado que tenéis el don.- Las dos escuchamos atentas- Siempre tendréis la razón. Siempre. En todo lo que digáis, en todo lo que discutáis, en todo lo que penséis. Por eso sois brujas. Siempre tenéis la razón, ¿de acuerdo? Pero a ver, disimulad un poquito, pedid perdón de tanto en tanto como para hacer que os equivocáis. Que ahora la cosa parece tranquila, pero no sabes cuándo la panda de meapilas que nos rodea empezará a poner de nuevo hogueras. Se cagan de miedo con mujeres que piensan. Mujeres juntas y mujeres que piensan: el horror. Antes alguna vez quedábamos para tomar algo fuera de la sociedad, anda que no hemos tenido que fingir veces que estábamos de despedida de soltera para que a ciertos hombres no les diera miedo vernos divertirnos cuando se cruzaban con nosotras. 

– ¡A ver si lo del coronavirus va a ser un invento para que las brujas no nos juntemos! – mi recién descubierta compañera de brujería se viene arriba.

– Pues mire, tenemos un par de compañeras en la sociedad que están empeñadas en eso mismo, pero la sección de brujas científicas dicen que no han estudiado durante años para que ahora les vengamos con conspiraciones tontas, así que… Yo no sé, lo mío es descubrir brujas, no estudiar virus.

– Vale – me impaciento- pues…

– Hasta el viernes que viene por la noche. No os preocupéis por el toque de queda, os hacemos justificante y tenemos varias compañeras que suelen estar en los coches patrulla cerca de las puertas de la sociedad.

La señora y yo, sin plastidecores y sin libreta, salimos de la tienda. Vuelvo a casa. Decido arriesgarme y no voy a ocultarlo. Que siempre tengo la razón. ¡Ja, lo sabía!

¿A que ahora os encajan muchas cosas?

Natalia Sanguino Escrito por: