Vivir. O a ver cómo me pongo de existencialista

(A veces pienso que es ponerme existencialista cuando en realidad es ponerme estupenda)

Tengo muchas manías en cuanto a escritura se refiere.

Cuando tengo una idea o veo algo que no quiero olvidar, tomo nota en el teléfono móvil o en una libreta pequeña que siempre llevo encima. De ahí pasan mis garabatos a un cuaderno de tamaño cuartilla, donde amplío y aclaro la idea antes de pasarla definitivamente al ordenador. A veces pienso “chica, tanto proceso para tan poca escritura”. Y cuando pasaba este título de la entrada a limpio, que en el tiempo de escribir es ahora mismo, me hizo gracia (me está haciendo gracia) comprobar cómo puse, en lugar del paréntesis sobre el estupendismo, la frase “yo siempre lo llamé ponerse densa”. Al existencialismo, me refiero. Así que densa, estupendista o existencialista. 

La vida. Vivir se reduce a lo sencillo. Debería. Cuando no puedes pagar el agua, se reduce a que no te corten el agua. (En la idea escrita en el cuaderno tamaño cuartilla puse “el puto agua”, pero he borrado “puto” porque me parece mediocre).

Cuando no puedes pagar el agua, vivir es poderte duchar. 

Dicho esto.

La vida se reduce a que te quieran. Y a que te dé igual la gente que no te quiere.

Nos creemos titanes por sobrevivir cuando habitamos una vida cálida, en mullidos colchones donde solo lo inesperado – lo trágico, la enfermedad, la muerte, que un amigo, pareja, banco o empresa te manden a la  mierda- nos despierta para vivir, irónicamente, una pesadilla.

(En el cuaderno escribí, entre paréntesis, una indicación para mí misma que decía: Jugar con el contraste de estar despierto pero viviendo una pesadilla)

Ahora no se me ocurre cómo jugar, parece tonto.

Me pasé toda mi niñez y adolescencia bregando por ser normal. Normal en el sentido de media, de no destacar en nada. Anhelaba ser una más y no sentirme siempre, de algún modo, desplazada o incomprendida. Ese sentimiento sigue hoy, pero ahora no quiero entrar en esa media. Y sin embargo soy tan normal como cualquier otra. Jódete, por densa. 

(¿Sobra este “jódete” igual que sobraba el “puto”?)

La vida, la corriente, se limitan a pasear sola y acompañada. A que no sufra la gente a la que aprecias y quieres. Que no sufra la gente que no quiero que sufra. Sencillo, qué simple.

A que esa gente no se rompa, no llore. Que duerma sin angustia por la noche. Que duermas.

La felicidad es un cristal leve. No puedes limpiarlo y limpiarlo a voluntad. Muchas veces no sabes cómo hacerlo. No sabes cuándo toparás con él. No debes quebrarlo buscando tempestades y, sin embargo, cuántas veces lo has roto.

Cómo de confundidos estamos. O estoy. 

La vida se reduce a tener pocos principios. Lo demás da igual mientras duermas bien y no te corten la luz y el agua.

La vida se reduce a ser honesta contigo misma, a mirarte en el espejo de tu cabeza y decirte que estáte bien, que estés tranquila. Imperativo o subjuntivo. Putada: habrá gente que te diga «te entiendo, pero a mí no me pasa». Ante lo que sea, ¿eh? Honestidad, vida… Bueno. 

A mí que me importa el pedestal desde el que me observas. A mí tampoco me pasa, te diré para acabar con la conversación rápido. Se puede ser honesta y mentir.

(No entiendo bien a qué me refería al escribir los dos párrafos anteriores, pero no quiero borrarlos porque me hace gracia: son fáciles, sí, simples pero muy tontos. Parecen escritos para gustar, que es como a veces actuamos ante los demás)

Olvídate, me digo. Sé. Cree. Crea (a estos juegos de palabras me refiero). Piensa. No hagas daño a nadie. O no pienses.

Estoy a esto -.- de parecer un anuncio de ropa deportiva.

(¿Ves el truco? Repetir palabras y jugar con ellas como si supieras lo que haces y de repente, pam, toquecito de humor)

A la gente le gusta la normalidad. Y creerse distintos dentro de ella. Somos granos de arena en una playa enorme. No somos solo un grano de arena. Pero somos un grano de arena. Y al final funciona todo con poco. Como la playa.

Lo sencillo. 

Lo que complicamos.

No creo (en esto llevo reflexionando días, de hecho ya he escrito otros textos sobre el tema) en las amistades ni en los amores complejos. No creo en que la vida tenga que ser así. Tendré menos amigos, me enamoraré poco. Y bueno.

Cuanto más crezco, menos sé. Menos certezas, más dudo. Salvo aquellos principios pocos. Aprender a escribir para romper la gramática.

Se trataría de poder mirar a los ojos a cualquiera sin que fuera violento. De mirarnos a los ojos en un espejo real. Yo lo hago bastante porque tengo los ojos casi verdes y creo que nadie se da cuenta. O al menos nadie me lo ha dicho nunca. Menos mi madre, pero porque se empeña en que los tengo de color miel, como ella. O sea, que me dice que no los tengo verdes.

(Cuando escribí el párrafo anterior, nadie me había dicho que tengo los ojos verdes. Desde entonces me lo han dicho dos personas)

Y no voy de hippie ni de cantautora, líbreme la deidad que sea. No considero que la dulzura esté entre mis cualidades (¿es ser dulce una virtud o solo un escudo?). Y no hay que poner detrás de un paréntesis un punto, dice la norma. Terminar fácil este texto sería ahora decir algo así como que la vida, al final, son normas que saltarse, pero qué horror.

Existir es más complejo que vivir y por eso el existencialista da más pereza que el vividor, imagino.

En el cuaderno, al final de esto, tenía escrito en mayúsculas: TERMINAR MEJOR. 

Pero se me dan fatal los finales.

Natalia Sanguino Escrito por: