El pasado 4 de junio. Lo que fue. Lo que es

LO QUE FUE

Mala noche. Anoche, sí. 

Escribo esto el 4 de junio. Un día como hoy, hace 32 años, estaba haciendo la comunión. Es de esas fechas absurdas, como los cumpleaños o los apellidos de la gente del colegio, que te sabes de memoria. 

Llevo unas cuantas noches regulares y otras tantas malas en el confinamiento. Bueno.

Estoy lesionada. Otra vez. No corro, salgo a correr pero decido volver porque estoy lesionada y además empieza a llover y hace frío. Podría ser septiembre, podríamos habernos saltado el verano. Total, no sé qué será de mí. Ni de ti. Y vosotros. Mucha gente me da igual. Asumo la mala mañana ahora, el mal día, arrastraré la noche.

Desayuno un salmón que huele demasiado a mar, como dice “el Rancio”. Veo demasiado ‘La que se avecina’. Disfruto incluso los capítulos repetidos y me gustan más los antiguos, los primeros, cuando aún se veían los estereotipos y no era todo tan descabellado. Son cosas que me concedo durante la cuarentena. También quedarme en la cama viendo subir el día o cotillear las cuentas de estúpidas influencers en Instagram, solo para pensar que son muy tontas. Me concedo más chocolate, una cerveza o un vino para cenar, para comer los findes. Una noche mala, previa a la mala noche, cayeron tres copas. Me perdono. ¿Me he perdonado más cosas en dos meses que en cuarenta años? Es posible. 

Ahora sube el café. Huelo y escucho. Es un mantra, un amigo en el calor de la encimera. También me gusta estar en la cama y que llegue el olor a café de casa de la vecina. 

Estoy tranquila, aunque me queda aún para estar tranquila, supongo. En este olor, esa luz que la mayoría de las mañanas (hoy no) entra caprichosa por las diferentes estancias, que se asoma como algunos gorriones a las ventanas, me descubro calmada, quizá incluso diría feliz. 

Leo consejos para dormir o para motivarte y hacer cosas. Hace frío, he dormido mal, me duele la pierna, lo hice todo bien ayer, da igual. Que da igual. Entiendo los consejos bienintencionados, los de los gurús de la vida perfecta. Que no es que me tomara un café cargado antes de irme a la cama, que no. Todo lo hice. Pero esto es como el típico amigo de la pandilla que tú dices que es gilipollas y el resto insiste en defenderle a veces solo por llevar la contraria… Hasta que tienen que asumirlo: idiota, sin salvación. Así es el insomnio. Un amigo inoportuno que hace chistes malos.

Apago la vitrocerámica, miro por la ventana, pienso de nuevo en septiembre, fantaseo con dónde habré pasado el verano. Asusto a un gorrión, que sale volando. Simpático, pequeño. 

LO QUE ES. HOY, AL MENOS

Noviembre, mediados. Retomo el texto. Tengo muchos textos a medias escritos, por eso volví a publicar en el blog, porque escribir me resulta tan terapéutico como meditar y me relaja, aunque a veces me remueva. Vuelvo a empezar. Esta frase tenía dos ‘porques’ más, pero decido eliminarlos y pienso «si algo tengo son razones, por una vez, y no preguntas». Al carajo.

Y retomo el texto porque me hizo gracia encontrármelo, ahora. Pasó el verano, que empezó… movidito – eso ya lo cuento en otra ocasión – pero estamos a casi un mes del invierno, así que ya está. Sin más.

¿Septiembre? Fue bajo cielo extremeño, contando estrellas, hablando mucho, bebiendo rico, comiendo mejor. Los que vivimos solos y teletrabajamos hay muchos días en los que no hablamos con nadie cara a cara, ¿alguien se para a pensar en esto cuando se toman medidas de confinamiento? No, quien decide esto tiene vidas medias, estándares familiares y marcos de fotos en exceso sobre el mueble para quitar el polvo. Bah. 

Y sin embargo ahora aprecio más el silencio, escribo esto en silencio total, sin música. Pero también digo que espero no convertirme en una loca maniática a fuerza de vivir sola, que es algo de lo que una no se da cuenta, claro: empiezas simplemente a ser irritante o estúpida para los demás, imagino. Sí, lo de hablar sola ya lo hago, pero no creo que eso me convierta en alguien especialmente más interesante o excéntrico. Hay quien destaca esa faceta de sí misma, “hablo sola, jajaja”. 

Nos empeñamos en subrayarnos, esto ya sé que lo repito porque me intriga mucho, cómo queremos lucirnos ante otros: hablo sola, huelo los libros varias veces mientras los voy leyendo, tengo ojeras siempre, me muerdo los padrastros (las cutículas ésas o como se llamen alrededor de la uña), pero todo eso, sumado incluso, lo hacen millones de personas continuamente en todo el mundo. No me hace especial, aunque sé que incluso así grito “miradme” como la gente que destaca presuntas rarezas sobre sí misma. Somos tan normales, en el fondo y en la superficie. Lo excepcional es el gorrión de mi ventana, porque solo existe, solo vive y le da igual cómo huelen los libros o si esta noche ha dormido poco. 

Noviembre o junio, da igual. Cuando se nubla, se nubla.

Natalia Sanguino Escrito por: