(Esta escena, real, tuvo lugar muchos meses antes de que todos supiéramos el precio de las mascarillas quirúrgicas).
He ido a consulta de dermatología. Salgo y tengo tiempo por delante, así que entro en un bar a tomarme un pincho de tortilla y un café.
En la barra, a mi lado, están un padre, a medio camino entre mediana edad y edad avanzada, con su hija, algo más joven que yo. Como estamos cerca del hospital, supongo que él la está acompañando a ella o al revés. No, es él a ella, por el modo en que ella parece recibir más atenciones. Quizá la madre está trabajando, muerta, divorciada. Pero ella es presencia importante sin estar ahí, porque el padre pertenece a esa generación en la que la crianza de los niños era femenina (ha cambiado, ¿verdad?) y se le nota cierta torpeza en el trato. Él no llega a conocer del todo a su hija.
Ahí están los dos. Ella vestida como cualquier hija viste para trabajar en una oficina o un comercio: discreta, ligeramente aburrida. Para no destacar. Aprendemos a no destacar. La comodidad es el marrón. El fondo de armario nunca te recomendarán las que saben que sea rojo o verde.
El bar respira brevemente cuando la partida de cartas calla. No lo he dicho, pero está de fondo todo el tiempo. Entre los que juegan hay uno con una langirectomía, que hace más ruido que nadie. La partida de cartas ha parado momentáneamente para ver cómo arde no sé qué bosque gallego, lo están informando en la televisión. Lo que arden los bosques gallegos cuando arden. Lo que arde: película íntima y bonita, por cierto, salió tiempo después de que escribiera esto. Cuando pasan a hablar en la tele de Cataluña, vuelve el bullicio. Estamos en Alcorcón. Ni un comentario, ¿indiferencia? Pero cuando miraban el fuego tampoco lo hacían para opinar, solo como animales fascinados. Resto atávico sobre el asfalto del extrarradio de Madrid.
La tortilla de patatas que pido para picar está riquísima.
Observo con ternura la relación que mantienen el padre y la hija. Adultos ambos, él procurando que ella coma bien. Me dan ganas de decirles que pidan el pincho de tortilla, pero no debería estar tan atenta a su conversación.
Padre e hija. Probablemente, a los dos les fue más fácil hace años. Él le pregunta a ella por el trabajo, por si no se va a comer el pan. Todo es leve y sencillo.
En mi generación los padres, más que nada, se dedicaban a trabajar. En mi generación y en mi entorno, claro. Las madres lo hacían más raramente y aún así ellas llevaban la crianza y la educación de los hijos.
Con la madre, quizá por eso, todo es más fluido. También más complicado, pero con el padre hay torpeza por ambas partes. Una sensación de que el tiempo se ha perdido entre horas de trabajo, de sueño y de organización. Y de repente tienes ante ti a un adulto que es tu hijo. Y cómo le tratas. Se enfada por lo mismo que cuando era pequeño, seguramente, por las mismas sensaciones de rabia e impotencia, pero ahora lo razonará mejor y llorará menos. A veces buscará series de televisión con las que llorar cuando no pueda hacerlo por sí sola. En esto hablo de mí, la chica del bar quizá suelta la emoción con más facilidad.
Termino de disimular que leo mi libro, pago, me voy del bar a por el tren que me llevará a la oficina. No recuerdo la ropa que llevaba, quizá también ese día yo vestía con tono de aburrimiento. Pienso que tengo que llamar a mi padre. Desde que se ha jubilado, siempre está disponible.