De idiotas y aviones

Criticar por criticar

Podemos viajar a la mayor parte del mundo metidos en aviones que pesan mucho pero vuelan. Bueno, podíamos y podremos. Aunque hay gente que sigue pudiendo porque sí. Por trabajo o «por trabajo». Real o inventado. La palabra “salvoconducto” nunca fue utilizada con tanta frivolidad y tan poco sentido. Llámalo justificante, so mamón.

“Tengo un salvoconducto del curro, puedo moverme por donde quiera”. Inmune e impune (ojo que con esto te armo una poesía: “inmune e impune, injusta y desarmada”. Vomito y vuelvo). Vamos, que hay gente que viaja con toda su cara porque tiene un justificante. Lo llaman salvoconducto por memez. Me gustaría ver a quienes exhiben esos papeles con autosuficiencia ante situaciones donde utilizar salvoconductos de verdad: guerritis, moviditis serias. Últimamente me ha dado por terminar las palabras con la “i”. No me pega nada, pero es mi modo de parecer inofensiva.  

Solo mato cucarachas. Y con gusto.

A mí no me gusta volar, lo cual es una putada. Me encantaría que me gustase, como me encantaría que me gustasen Dire Straits o Quique González. Disfrutar de los aeropuertos, escandalizarme por sus precios. Pero es que yo veo esos precios y pienso “el avión se va a estrellar después de pagar 5 euros por un café, puto día llevo”.

Recordar por… Porque me vino a la mente

Recuerdo que durante la promoción que me consiguió la editorial Versátil de mi novela ‘Diario de una periodista en paro’ hubo un día entero que pasé en Barcelona haciendo entrevistas en radios y televisiones locales. Fue muy divertido. Como periodista me encanta interactuar con otros desde otro lado, ver cómo somos desde fuera. El gremiti. Cuando en la editorial me dijeron que me habían conseguido las entrevistas en Barcelona lo primero que pensé fue “eh, noche de hotel para mí sola, ¡mola!” y lo segundo que me dijeron las editoras fue “irás y volverás en el día”. Ah. Lo segundo que les dije fue “vivo al lado de Atocha” (exageré) “y me vendría genial si me pilláis billete de AVE” (mentí: leed más arriba, nomegustavolar). Me mandaron un billete de avión. 

La ida fue bien: la excitación, el sueño, el jersey súper bonito que llevaba y que todavía conservo… Bueno, me pongo pijamas de hace 15 años, no sé por qué presumo de seguir teniendo un jersey. 

El día fue bien: los nervios, las risas, los traslados, Barcelona… Qué bonita es Barcelona, qué ganas de volver.

La última entrevista era para una televisión local barcelonesa y me maquillaron como una puerta para la vida real pero perfecta para la televisión. Parecía una muñeca, dad gracias a que entonces no tenía cuenta de Instagram. Me censuran por exceso de selfi. 

Y subí al avión después de dar una vuelta por el aeropuerto sintiéndome tan bien, tan guay, tan autosuficiente, tan escritora, tan la hostia… Y en el taxi habíamos oído que un volcán islandés había empezado a expulsar ceniza y estaba liándola parda en los cielos europeos.

No, no cancelaron el vuelo. Ojalá lo hubieran hecho.

Una hora, apenas, dura el trayecto Barcelona-Madrid.

Una hora, ¿no?

La hora eterna, se titularía este relato.

Subimos al avión, ni una brizna de ceniza islandesa en el aire, todo correcto, despegamos, todo bien. Y el piloto: “que hay tormenta”. Y mi cabeza: “QUÉ COÑO PÍAS”. Y a mi lado viajaban una chica más joven que yo y una señora (me parecía entonces) de mi edad actual (a mí me gusta llamarme “lady” o “puta ama”, según tenga el día, pero no suelo tratarme de «señora»). Las dos muy resueltas, muy joviales, la señora le decía “nada, tú tranquila, verás que el vuelo va bien”.

Que va bien, dijo. No sé a qué se dedicaba pero ya os digo yo que no era vidente.

Aquel avión pegó más saltos que la Sanguino cuando ve una cucaracha en casa. Se movió más que los muebles de mi vecino de arriba. Que un garbanzo en la boca de un viejo, como dice mi madre (mamá, por cierto, qué asco de imagen). 

La señora mantuvo la compostura. La chica agarraba su mano y se encorvaba sobre sí misma como queriendo meterse en el útero de la que, supongo, era su jefa. Mientras, el aparato era zarandeado continuamente y veíamos los relámpagos por la ventanilla. Yo fingía leer pero no pasé de la misma página de un libro que no diré cuál es, pero le agarré una manía tremenda a la novela y a su autor. Bueno, al autor es porque le conocí (un mindundi, aunque ya me gustaría publicar y vender la mitad de lo que vende él) y cuando me presenté al saludarle dijo “ah” y se dio media vuelta. Y ahí, en una de mis habituales sentencias individuales unilaterales pensé “este tío es gilipollas”. Y ahí se ha quedado, en ese cajón. Seguro que él dice “salvoconducto” y no “justificante”.

Total, que yo estaba en aquella página de aquel libro olvidable y alternaba rezos a cualquier deidad posible con lamentos de “voy a morir con esta maravilla de arte de maquillaje, nadie va a apreciarlo entre tanto escombro”. La señora en un momento dado me dijo alguna frase de consuelo que no recuerdo, porque estaba en mi propio departamento del pánico. 

UNA HORA. UNA HORA. UNA HORA.

TORMENTA. RELÁMPAGOS. SACUDIDAS.

AGUA MICELAR. JABÓN. MÁS JABÓN.

Para desmaquillarme, digo. Cuando llegué a casa. Porque claro, ese maquillaje era increíble, pero de quitar con espátula. Un poco más y tengo que ponerme andamio alrededor de la cabeza y contratar una cuadrilla.

¿El aterrizaje? Pues bien, supongo. No lo recuerdo. Yo creo que del propio estrés estaba anestesiada. Sí me acuerdo de que el aeropuerto estaba prácticamente desierto y pillé un taxi para volver a casa. 

Y lo mejor de todo esto es que mi idea para esta entrada era hablar de las emociones sencillas, de lo fácil que es todo. Pero me he perdido un poco por el camino. La culpa la han tenido los gilipollas que hablan de “salvoconductos” y no de “justificantes”.

MALA. ME PONÉIS. MALA.

PD: Mientras escribía esto, con el vecino de arriba moviendo muebles incansable y un perro ladrando debajo de casa, me he despistado un segundo y he pensado en mirar el móvil. Es una estupidez, porque lo hago cuando me despisto y así solo logro despistarme más. Pero bueno. Sin girar la cabeza, he agarrado un posavasos creyendo que era el móvil (está silenciado al otro lado del salón). #nomakeup #nofilter imaginad mi cara cuando mi mano esperaba agarrar un móvil y se ha visto con un posavasos de Ikea en la mano.

Natalia Sanguino Escrito por: