32 de diciembre de 2020

El año infinito, el bucle. No me digas que no tendría su guasa. Todos parpadeando, atónitos. La gran broma. El desembarco del 5G definitivo, el microchip estaba en nuestro aliento de mascarilla. Solo Araceli, la primera persona en España que recibió la famosa vacuna, avanza a 2021. El resto, castigados de cara a un calendario escrito por Borges

Nada más empezar el día suelo mirar Instagram. Uno de mis objetivos es dejar de estar tan pendiente del móvil. Otro es no dormirme en el sofá tantas noches. Para esto ya hay quien ha apostado cuánto me durará la intención. 

No sé por qué me meto en Instagram, después de ver WhatsApp. No sé para qué. Pero el caso es que en apenas cuatro, cinco historias de diferentes perfiles ya he visto frases motivadoras similares: 2020 nos ha hecho más fuertes. Huy, sí. He recibido una felicitación del año donde se habla de batallas. Que nos gusta la referencia a la trinchera. 

¿Nos ha hecho más fuertes 2020? Mejores ya sabemos que no, pero tía, cómo eres ¿y la resiliencia, qué? (En un giro de autocorrector algo irónico, éste me cambia “resiliencia” cada vez que la escribo por “residencia”. Ahí es donde se podía hablar de trincheras: residencias y hospitales)

Como estas parejas que se hacen fotografías y se ponen etiquetas que solo usan ellos, con guiños a sí mismos. Como las autofotos de gente durmiendo. Como tu amiga cuando te dice que ya pasa de él o como tu amigo cuando te dice que en el fondo la tía esa le da igual.

No me lo creo.

¿Fuertes? ¿Más fuertes, en serio? Hemos descubierto el miedo compartido, la vulnerabilidad y la incertidumbre global. Miedo a que te respiren encima, a que contagies a alguien a quien quieres, a no saber qué pasa o qué pasará. Súmale ERTE, persianas metálicas sin subir, ancianos viviendo solos o gente con veintipocos que arranca en la vida adulta al borde de una crisis. Todo esto te rodea pero tú sales más fuerte, crees que lo has superado y estás, de alguna manera, por encima de eso. Tampoco.

Me resulta curioso como algunas personas dudan de la pandemia, ven intenciones ocultas en todo o gritan desde su margen que más gente muere de cualquier otro modo y no se llama la atención sobre ello. Si algo me gustaría que nos hubiera enseñado esta crisis mundial es a ser humildes con el lugar que ocupamos, con lo que somos. Nos ha enseñado que somos diminutos y que lo importante, al final, son los abrazos. Esos sí que se volverán fuertes cuando lleguen libres. 

A liberdade dos abraços.

Nuestra fortaleza sacada de 2020 quizá exista, vale, pero es presunta todavía, no la vemos, no ahora. Si existe, aparecerá cuando la necesitemos. Como los superpoderes. Pero decir que salimos más fuertes de 2020, aparte de un mal eslogan publicitario, es como describirte a ti misma como “alocada” o “perfeccionista”: una trampa. Así es como quiero que me vean, así me convenzo de que soy, así importo, así me subrayo.

No tenemos por qué salir más fuertes, 2021 no tiene por qué ser mejor que 2020, ¿y qué? Los adultos este 2020 nos hemos comportado como niños o como adolescentes estúpidos. Hemos puesto todo en duda, nos hemos saltado las normas porque sí, hemos criticado las medidas leyendo titulares y hemos lloriqueado continuamente. Adultos como niños y el otro día, como leí, los niños nos han demostrado mucha más capacidad que nosotros para adaptarse. Ellos abrazan su miedo de manera natural, ni dudan de su fortaleza y si están contentos ríen y si están tristes lloran. Y se ponen su mascarilla porque les dicen que hay que ponérsela. He visto ilustraciones que semejan grupos de personas, adultas, con mascarilla como si fuesen un rebaño. Pero qué hay más libre que un niño para sí mismo. 

Muchos de los que hablan de fortaleza quizá no se miran los privilegios. Vivo en una zona donde es común que haya viviendas en plantas sótano, con ventanas a ras del suelo. Me fijaba mucho en ellas cuando iba a comprar en los días del confinamiento más estricto. Imaginaba si aplaudirían a las ocho con las manos pegadas a la acera. 

Hay casas donde viven muchas personas juntas porque no pueden pagar nada mejor. Se nos olvida, cuando nos quejamos, que hay seres humanos con vidas cotidianas un poco menos humanas que la nuestra. 

Y los privilegiados nos dedicamos a frases fáciles como que saldremos más fuertes o como las que ocupan estas líneas. 

2020 nos ha enfrentado a nosotros mismos, a nuestras casas y caras. Nos ha enseñado a aburrirnos, a preguntarnos, a no dormir, a dormir mucho. Admitir nuestras debilidades. Como dice mi amiga María (de falso apellido Portman), mirar para dentro es difícil, porque a veces está oscuro de más y huele fatal. Reconocer que te has fallado a ti misma o a otra persona. ¿Te he fallado?

Esto no es un resumen del año, sino una autocrítica, pública. La privada la escribiré luego. Por primera vez que yo recuerde (nunca releo mis diarios ocasionales, así que quizá hay algún otro escrito un 31 de diciembre) voy a resumir todo lo conseguido, sentido, aprendido. Será un rezo, no un ritual supersticioso.

Estas líneas son un reconocimiento a las salvaciones: 

la escritura, mía y ajena, 

literatura, cultura, películas, 

series de todo tipo y pelaje, 

música a todo trapo en casa 

o en paseos, podcasts.  

Deporte, yoga, meditación. 

Las ventanas y los pájaros 

que se asoman a saludarme.

Orden y trinos. 

Mis amigos, 

sean del consejo de Estado

o del comité de sabios.

Mi familia, 

paciencia 

y alegrías.

(¿Me reconocerán

mis sobrinas?)

Me salvó

un inesperado inicio,

aquel algo, un ojalá,

aunque este año

no haya visto el mar.

Y me aferro

al incienso consumido

cuando no se me ocurre

cómo convocar el futuro.

Perdón por la mala poesía. Y eso que aún no escuché ‘Un año más’.

No necesitamos en redes sociales y medios de comunicación un resumen del año. Ni creernos más fuertes. Me gustaría que dejáramos de vivir de cara a todo, como cuando bailabas en un bar y te descubrías reflejada en un espejo, qué vergüenza. En nosotros, en como somos, en cómo queremos ser, ahí me interesas. No quiero ser fuerte, quiero ser de verdad. Y aprender o escribir algo por el camino.

Natalia Sanguino Escrito por: