Sombras de madera, empatía de ficción

Escucho un golpe seco tras otro. Algún grito, inequívocas conversaciones de hombres organizándose, alguna voz aguda de mujer proponiendo. Apenas es mediodía pero ya tengo la calefacción puesta porque, no sé si lo sabéis, pero en Madrid cae una nevada histórica. Este presente que narro es sábado. Sigue cayendo la nieve.

Por las ventanas del dormitorio y cocina puedo ver cinco o seis árboles, me dicen que seguramente son cedros, algunos muy pequeñitos, los dos mayores son los que dan a mi ventana. Con el peso de la nieve uno de ellos ha caído entre dos coches. Los demás están combándose cada vez más, peligrosamente.

Los cedros bajo la nieve

Menos mal que están los hombres para ayudar. Aunque sea a su ego, a su convencimiento de ser útiles. Armados con un hacha y una cuerda larga, pertrechados con zapatillas deportivas, pantalones de chandal y sin mascarilla en la mayor parte de los casos (estamos en mitad de una pandemia, por lo visto), se ayudan unos a otros a matar unos árboles que no saben si están sentenciados por el clima. 

Pero qué cojones, tienen un hacha.

Uno casi descalabra a otro con la cuerda al lanzarla de cualquier modo hacia la parte alta de uno de los árboles más jóvenes para poder engancharlo y troncharlo.

Tienen miedo de sus coches. 

¿Sabéis esa frase de “una sociedad se mide por el trato que da a los animales”? Pues en España dice mucho el trato que damos a los coches. Símbolos de nuestra vida, ambiciones y carencias. 

Ahí abajo no tienen ni idea de lo que hacen pero rompen, talan, tiran y dejan de cualquier modo las ramas una vez se han hecho con ellas. No las apartan para facilitar el paso, están en lo que la nieve tapa, acera y carretera. Los coches están salvados, su mañana está echada.

Cada golpe a los cedros me ofende y no sé bien por qué. Supongo que porque se meten con los que pueden, como en el patio del colegio. El ejemplar más grande, el más peligroso si finalmente se derrumba, ni lo tocan. Son brutos, pero no gilipollas después de todo. Como en el colegio.

Lugares para ver árboles: Badajoz

Como sociedad nos definen muchas cosas, empezando por el trato que damos a los animales. Pero hasta para responder a esto en España somos different: tanto una persona vegana como una amante del toreo te dirán que aman a los animales. Y están convencidas de ello.

Yo creo que todo nos define. Los detalles más pequeños se chivan de nuestras miserias. Conforme crezco, más me da la impresión de seguir viviendo en ese enorme patio de colegio, en un eterno recreo donde hacemos “cosas de mayores” pero donde seguimos siendo el mismo imbécil “del B” o “del C”, que es como se conocían las clases en mi colegio. Solo te relacionabas con los de tu curso, no había que especificar más.

Puedo deciros con nombre y apellido quiénes hubieran sido los de mi clase que estarían talando árboles sin tener ni puta idea. Porque por si lo dudáis: los que talaban los cedros bajo mi casa no sabían lo que hacían. 

No soporto ver el destrozo que están causando a estos elegantes, esbeltos árboles.   

Luces en la sombra del cedro

Me mudé a esta casa hace un año, obligada por una subida del alquiler indecente y ansiosa, con un Madrid vendiéndose al mejor postor y exhibiéndose impúdico ante el turismo glotón. Que se creía muy listo Madrid, pidiendo dinero y regurgitando franquicias. Buah chaval, soy la caña (Madrid, caña… ¿lo pilláis?) y obligo a esta autora a agobiarse buscando piso.

Y del extrarradio más lejano tuvo que venir una pandemia a enseñarle a la ciudad quién manda. “Si el corona te vacila, tú te callah y lo asimilah”. Quién quiere regularizar el mercado libremente teniendo una pandemia. Chúpate esa, Adam Smith.

Una vez aquí me fui acostumbrando, ayudada por los dos meses de encierro, a las nuevas vistas. Me gustaba ver cómo iba cambiando la luz respecto a los cedros, recortados sobre el lateral del edificio de enfrente. A veces una sombra difusa, otras un calco de sí mismo, fuerte y enérgico, recortado con nitidez. Tonos rosáceos, calidez agobiante del verano, noches anaranjadas, días nublados cuyo gris roba sombras. Me reconforta la visión de ese cedro que alberga urracas y gorriones, que baila al son del viento y soporta con orgullo la lluvia.

Esos cedros, esas sombras

Y ahora una panda de imbéciles mata a sus hermanos sin criterio y él se inclina demasiado. Cuando los idiotas se van, trato de aliviar el peso de la nieve de este alto árbol, sacudiéndole con cuidado desde la ventana con una escoba. Pero apenas lo alcanzo. Veo gorriones perdidos buscando comida y refugio.

Agobiada, decido salir a dar un paseo, igual que haré al día siguiente. 

La Casa de Campo

El sábado apenas me alejo de casa, pero el domingo camino con calma y cuidado hasta la Casa de Campo, lujo verde. Allí había casi tanta gente como árboles destrozados. Porque si mis vecinos del hacha llegan a ir a la Casa de Campo, se ponen cachondos de ver la que había liada. Imaginadles ahí, empalmaos bajo el chándal gris, que ya en reposo se les nota el anacardo de lo fina que es la tela, y con el hacha y la cuerda, pimpam, pimpam, soy el salvador de esta ciudad.

El destrozo de árboles, sin adentrarme demasiado en la Casa de Campo, es evidente. Ahora sabemos que de las 1.700 hectáreas del recinto, más de la mitad (¡más de la mitad!) de árboles están dañados. 

Como un periodista es un océano de conocimientos de un centímetro de profundidad (me dijeron una vez), y mi océano tiende a ser un lago y al centímetro a veces no llega, decido preguntar a alguien que sabe más que yo: un arbolósofo, que habla el idioma de raíces y el dialecto de las ramas. Un ingeniero de montes, Pablo Fernández Santos, cuyas excursiones y recomendaciones sobre la montaña podéis leer en este blog:

https://viviendolamontana.blogspot.com/

Pablo nos cuenta que Madrid es la segunda ciudad del mundo con más arbolado, por detrás de Tokio. El arbolado en ciudad “genera muchísimos beneficios a la ciudad”, dice Pablo. “El problema es que no son fáciles de cuantificar económicamente, y por eso no se le da la importancia que merece”. Filtran la contaminación, retienen agua en el suelo, reducen el efecto de “isla de calor”… “Ver vegetación genera bienestar”, comenta él. Y coincido. Mi cedro era un refugio visual continuo.

Un verano, otro lugar, otros verdes

Sigo dándole la palabra a Pablo: “Todo esto,que la gente aparentemente no lo sabe, en el fondo sí que lo sabe. Porque a todos nos gusta vivir en un barrio con grandes parques. Una casa con vistas al Retiro o al Parque del Oeste vale más dinero que la misma casa, en el mismo bloque, pero mirando a la calle de detrás”.

No sé yo si los vecinos míos tienen tanta sensibilidad, ¿eh?

“Todos estos beneficios del arbolado son mayores cuanto mayor sea el árbol”, aclara. “Un pino de la Casa de Campo de 70 años genera mucho más beneficio que un aligustre de una calle de Lavapiés de 10 años. Así que en este caso no solo es cuestión de número de árboles. ¡El tamaño aquí sí que importa!”.

Eso cuéntaselo a las que disfrutan del anacardo.

¿Podíamos haber evitado el desastre?

El daño sobre el arbolado tras la nevada que dejó Filomena (no quiero pensar en la que habrá terminado de liar la Hortensia después) es “tremendo”, sobre todo en especies de hoja perenne. ”Los árboles con hojas han retenido mucha más nieve en sus copas que los árboles con las copas desnudas”. De momento, “es difícil de saber aún cuánto arbolado dañado hay”.

Pablo responde que lo que ha pasado “pasaría igual en cualquier ciudad del mundo que no esté acostumbrada a la nieve”. “Las especies de Madrid son las que son para el clima de Madrid, y el pino piñonero o las encinas de la Casa de Campo nunca tendrán adaptación a la nieve”, comenta y añade: “En un clima con nevadas más frecuentes, los árboles poco a poco se van «acostumbrando» a la nieve, y desde jóvenes irán perdiendo ramas POCO A POCO por las nevadas de cada año, y el día que haya una nevada gorda, habrá daños, pero mucho menores”.

Al dolor por esos cedros derribados por el sinsentido humano, sumo esto:

“El daño creado, sobre todo en ciertos lugares como la Casa de Campo, es irreparable en décadas. Tardaremos mínimo 30 años en ver la Casa de Campo como estaba”.

Pablo Fernández Santos, ingeniero de Montes

Recordadme para la próxima que escriba de árboles que me limite a inventarme un cuento o en plan poético, porque el dato anterior me ha dejado tocada. ¡Treinta años!

Ahora que Madrid recuperaba su río, pierde parte de sus pulmones. Qué pena. 

No sé si visteis esto: salió Soraya en unas historias de Instagram llorando por los árboles caídos de su jardín. Se burlaron de ella. Dejando al margen la idea de pensar en grabarte mientras sorbes moco, que ya sabéis que analizar el comportamiento en redes sociales me pierde… ¿Por qué la mofa? ¿Dónde está la gracia de que una persona sufra por algo? Medimos todo con nuestras varas. Si Soraya está agobiada por ver el destrozo vegetal, pues bueno. No es una mala razón para agobiarse, ¿no? ¿Qué nos molesta exactamente?

Es ese patio del colegio, el de antes, el que sigue: siempre se burlarán en él de la sensibilidad ajena. Los del hacha y la cuerda, los que no saben ni ponerse bien la mascarilla, los que argumentan que hay problemas mayores. Y claro que los hay, ¿quién dice lo contrario? También hay un grave problema de comprensión lectora. Y de empatía ni hablamos. Siempre bromeo diciendo que “empatía” no es una prima mía vasca. Aunque la mayoría nos definiríamos como empáticos, ¿a que sí? 

“¿Defectos?”

“Huy, pues que a veces soy demasiado empática y demasiado perfeccionista”

Tonta, ese es tu defecto principal. 

Qué pena los árboles de la Casa de Campo, qué lástima el destrozo de troncos y ramas que sigue inerte entre acera y carretera junto a mi casa (escribo esto el 25 de enero) y qué lamentable una sociedad que usa hachas sin saber y se cree más lista sin motivo que lo fundamente. No baila con el viento ni soporta orgullosa la lluvia, no sabe qué hacer con gorriones ni urracas, apenas observa su sombra recortada, apenas se fija, no siente.

Los dos cedros más grandes siguen en pie.

Natalia Sanguino Escrito por: