Todavía sigue siendo

Qué rabia me da no recordar dónde escribí el borrador del inicio de este texto. No era este. No era así. Era sobre lo que ciegan los focos cuando estás delante de ellos. No había más allá, no tenía segunda intención: esta vida te ciega, yo te enseño el camino con mis palabras, no, nada tan pretencioso. Era (es) un relato. Pero el inicio perdido en alguna libreta era mucho mejor que el inminente anterior y el inicio definitivo que sigue. 

“Inicio definitivo”: cómo nos facilitaría la vida saber que algo es definitivo nada más empezar. Cuántas relaciones ahorradas, cuántos puestos de trabajo rechazados, cuántas ciudades sin una sola mirada, cuántas calles sin un paseo. Cuánta gente sin una oportunidad. Cuánta vida sin vida. ¿De qué hablaríamos entonces si solo jugásemos para ganar?

Este segundo inicio también es mediocre. Lo siento.

Allá va.

“Piso la tarima del escenario y siento sus leves crujidos bajo mis pies. Como sabía que tendría que caminar poco, he aprovechado para estrenar unos zapatos de tacón alto que llevaban esperando su oportunidad desde hace meses en la caja. Me gusta guardar los zapatos en sus cajas. Tesoros y promesas se guardan en cajas. Ojalá pudiera esconderme yo, sin ser tesoro ni promesa de nada, en una caja ahora mismo. Qué vergüenza. Pero por lo visto, insiste mi editorial, esta gente quiere escucharme. Este público quiere que me entrevisten, que yo hable de lo que escribo y de por qué lo escribo, quizá incluso me pidan que lea algo. Por favor, no, que no me pidan que recite nada, no soy quién, no sé qué, por favor que no. 

Me he pintado las uñas de rojo, no sé si significa algo, es en lo primero que me fijo al sentarme en el sillón de los invitados. El sillón, de piel, protesta con pequeños chillidos textiles cuando me acomodo.

El presentador del programa de televisión, emitido cada semana desde un teatro diferente, me da la bienvenida y me siento tonta porque no sé si darle la mano o hacer un gesto, que es al final lo que me sale, un gesto algo bobo, porque estoy nerviosa. Nerviosa he caminado, nerviosa me siento, me miro las manos, uñas rojas, vaya. Quizá quieren decir algo que yo no quiero decir estas manos, este artificio, uno más, femenino, como mis tacones, mi ropa, mi pelo domado y redomado. Que al menos algo a mi alrededor se crea que estoy yo al mando.

En el programa esta semana ha tocado un teatro del extrarradio y esta soy yo, la escritora del extrarradio, por qué no, por qué no demostrarles que los tacones y el pelo colocado y el aburrimiento son universales, por si esperaban grandes aros dorados o mucho ingenio o algo así. Aunque ahora eso, otra vez, está de moda. La apariencia, digo. El ingenio, pues bueno. Y cómo le fascinan a los snobs las apariencias,  que creen, hay en los suburbios. Les imagino alucinados al ver que quien vive en ciertos barrios padece y ríe, no solo sirve para estadísticas e imágenes de recurso en el telediario.

Suspiro mientras el presentador habla y sonrío cuando se refiere a mí y me mira. Los focos me ciegan cuando miro al público. Delante de mí solo veo el final del escenario y luego un acantilado de luz blanca, puntitos en mis ojos, quizá si me fijo sin mirar antes a los focos pueda ver las caras de mis amigos entre el público, sé que están ahí, me lo dijeron y cumplen. Me los imagino sonriendo y cuchicheando algo sobre lo atacada de los nervios que estoy porque ellos lo saben y es evidente. Tengo que dejar de mirarme las manos. Cruzo los tobillos de forma que se vean bien los zapatos. 

He escrito una novela romántica y aquí estoy, disfrutando de los vinos del éxito (no me gusta la miel) y tragándome las alabanzas sin apenas paladearlas, porque no me las creo, no las saboreo, y solo espero saber digerirlas. Muchas personas me han escrito agradeciéndome haber plasmado tan bien sus sentimientos en la novela. Respondo en cuanto puedo, me agobia que piensen que soy una desagradecida.

Vaya, he vuelto a mirar los focos. Qué tonta.

Varias frases de cortesía, varias preguntas después, estoy algo más relajada.

¿Crees tú, la autora, la firrrrrrmannnte de este libro, ennnn las historias de amorrrr como la que cuentas? – me pregunta el presentador, que está encantando de oírse y marca las letras de algunas palabras para demostrarse a sí mismo lo grave que puede sonar su voz. 

En el amor no se cree – respondo rápida, sin apenas pensarlo. – No es algo que necesite fe, el amor existe. La clave es descubrir dónde está, si lo queremos, si nos creemos dignos de él, o dignas – apuro la vocal, siempre hablo en masculino y temo que me regañen después mis amigas – y ya está. La mayor parte de la gente no busca amor, busca compañía y cariño. Pero en general tenemos pánico a la soledad, que es otra cosa en la que tampoco hay que creer. Amor y soledad… No sé, quizá solo se sienten, ¿no? Y hay que saber sentirlas, hay que ser honesto… Honesta – sonrío- con ambas circunstancias

El presentador, azorado, se recuesta en su asiento. Y yo me envalentono:

Tampoco hay que creer en las historias, porque éstas siempre son versiones de la realidad y, por tanto, no son la realidad. Son mentiras. De algún modo.

¿Has vivido alguna grannnn historia de amorrrrr comooooo la de los protagonistas deeee tu novela? – pobre presentador que se masturba (esto lo acabo de decidir) con su propia voz de fondo, en alguna grabación de su programa. Opta por lo básico, él, que va de culto en su programa y de no hacer preguntas como los demás. Tenía que haber entrevistado a una de esas poetas pijas que riman “vida” con “vida” y meten versos con referencias a Tinder y a lo duro que es ser poeta. Esto es para que aprenda a no entrevistar a miedosas irredentas. Como yo.

¿Que si he vivido…? – suspiro y recuerdo – Viví, sí, he vivido una gran historia de amor. Pero podría no haber sido correspondida. Entonces no sería una historia de amor, sino un monólogo. No sería digna de llamarse historia si fuese yo la única que estaba ahí, hablando, masturbándome con mi propia voz – digo entre risas y me parece oír, entre las risas del público, a uno de mis amigos más cercanos. Eso me reconforta.

¿Una historia de amor no correspondida no es una historia de amor?

Es un monólogo. Y hay muy pocos monólogos dignos de pasar a la historia. Y mira, ahora que lo pienso… Yo creo que no, nunca he vivido una historia de amor. O mejor dicho: todavía no he vivido una historia de amor. Por eso he tenido que inventármela. Lo mío han sido monólogos. Y hay muy pocos monólogos dignos de pasar a la historia.

Minutos más tarde los focos ya están apagados y enfriándose. Y aunque mis amigos me miran inquietos cuando nos encontramos a la salida del teatro, no lloro.»

Natalia Sanguino Escrito por: