Lo sencillo

Piernas de mentira, prótesis de brazo. Clavos y hierros por dentro. Tubos que hacen que sigamos respirando.

Videollamadas. Mi teléfono le dice a mi televisión que tiene que emitir tal o cual película. 

Me parece fascinante hasta el motivo por el cual se enciende una cerilla y no, por ejemplo, un bastoncillo de algodón.

Tantos avances, tantos modos de comunicarnos, tanta capacidad de ocio inabarcable y, siendo como somos seres complejos, qué duda cabe, en realidad las personas seguimos siendo muy simples.

El ser humano sigue siendo sencillo. Te jode el día un arañazo en el dedo hecho con un folio, por ejemplo. O hacerte daño en un tobillo al bajar una escalera. Continuamente, durante las horas que sigan, recordarás lo poca cosa que eres.

También he pensado esto a menudo gracias a la cultura: cine, televisión, libros. Sus argumentos. Lo que da de sí la figura de la madre o del padre. Las rupturas, las ciudades donde nos criamos. Todo lo que se puede decir de alguien a través de las figuras que le educaron y los edificios que le rodearon mientras crecía. ¿Eran casas de pueblo, encaladas, o altos edificios de ladrillo rojo? ¿Eran felices quienes nos educaron?

En mi etapa escolar no leíamos a Shakespeare, claro, leíamos fragmentos del Cid, del Quijote y, esta sí entera, la Celestina. Y aunque más o menos bien contado, todo se reduce a lo mismo: me quiere, no me quiere, me abandonaron, me siento solo, me han hecho daño.

Descubrí a Shakespeare cuando crecí y leí por mi cuenta. Pero al bueno de William (porque mira que era bueno escribiendo), en sus historias, le movía lo esencial y fundamental del ser humano. Que digo yo que es esencial y fundamental, si lo seguimos leyendo, analizando y estudiando siglos después.

Me sigue sorprendiendo leer una obra muy conocida y descubrir que habla de sentimientos tan de siempre. Míos o de otros. A veces por conocer, otras ya digeridos.

Como si las obras que tenemos por leer albergasen algún secreto sobre la vida y una vez leídas resultan ser historias, que te influyen más o menos, pero que solo cuentan. Y ese algo que narran es simple aunque hable de mil dinastías. 

Antes, cuando era más joven, creía que había algo más profundo. En general, digo. Tenía que haber algo más de lo que había ido descubriendo de forma torpe y equivocada la mayor parte de las veces. Y no. Crecí y acumulé grises en la escala de bueno/malo en cuanto a sentimientos o situaciones, pero mientras no tenga que dirigir un país o un ayuntamiento, todo me parece bastante sencillo. Amor, envidia, dolor. Simples y lo más pulidas posibles para que no nos arañen las aristas en el día a día. 

Hasta la tristeza, que puede invadirnos de múltiples formas, es sencilla. Es un folio en el que nos ahogamos. Mucho o poco, viscosa la sustancia que invade nuestra garganta o líquida, el agua de las lágrimas.

Nos damos más importancia de la que tenemos, nos creemos, en general, más de lo que somos. ¿Todos, eh? Empezando por mí escribiendo esto. Si los sonetos de amor de Shakespeare descifraron ya todos los misterios, ¿por qué nos empeñamos hoy día en seguir juntando versos?

Tenemos miedo, las manos frías, sudadas, nos excitamos, nos queremos, nos miramos por primera vez o por última, a veces (en ambos casos) sin saberlo.

Cuando alguien dice, de su relación con otra persona “es complicada”, en realidad puede estar diciendo “no es asunto tuyo”, “no tenemos tiempo para que te resuma esto” o “es demasiado doloroso como para analizarlo sin un vino”. Porque no hay sentimientos complicados: te quiero pero me da miedo lo que pueda pasar, ya no te quiero pero te sigo teniendo aprecio, te tengo un poco de manía pero en el fondo me caes bien. Como mucho hay una doblez en el folio, sea el de la tristeza o cualquier otro. Las relaciones no son complicadas, salvo que sean con el banco. Y cuántos divorcios no evita una hipoteca, cuantos bebés no nacen para superar una crisis o cuantos jefes idiotas no habrá porque no les gusta, tal cual, lo que hacen en su trabajo.

Todo resumido: dinero, amor, cariño, estabilidad. Costumbres y saber que todo seguirá en su sitio al final del día.

Natalia Sanguino Escrito por: