Empoderada pero acomplejada

  • O cómo buscar hueco en la historia real cuando las redes sociales te gritan que no cabes
  • O sí cabes, pero sol cuando les haces mucho, mucho caso y compras sus cosas

(Necesito mejorar mis títulos, yalosédejadmeenpaz)

Hace unas semanas publiqué unas historias en Instagram sobre el artículo de una revista de moda femenina cuyo titular era “Guerra a la celulitis: qué funciona y qué es una pérdida de tiempo (y dinero)”. No lo enlazo a propósito. La foto con el titular era la del culo de una modelo con cintura de avispa metido en unos shorts que le iban algo grandes. A raíz de esas historias, que decidí llamar “desahogos”, me respondió más gente de lo habitual, la mayoría mujeres pero también algunos hombres. Yo criticaba esa publicación bélica contra los nódulos de grasa que nos acompañan a un altísimo porcentaje de las mujeres y quienes me respondían aplaudían mi mensaje. 

¿Quiénes somos nosotras? ¿Cuántas somos? ¿Somos una mayoría? ¿Somos culpables de algo?

Las revistas se escudarán en que publican estos artículos porque “funcionan”, porque la gente los demanda, porque a la gente les interesa. Las revistas deben reconocer que, además, se deben a los anunciantes, de ahí su “compra, compra, compra”. Mal camino lleva el periodismo desde que los textos tienen que “funcionar” antes que informar, sea cual sea su contenido. Y claro que a la gente le interesa el contenido sobre la celulitis, claro que a las mujeres, ese ser continuamente obligado a justificar todas sus acciones (‘ser justificante’ podríamos denominarnos), les pica la curiosidad por saber si llevar pegado al culo semejante pecado puede evitarse. Porque el mensaje continuo que recibimos, desde que somos conscientes, es que la celulitis es algo malo y feo. Y lo feo es malo.

Atenas, 2017 (Autora: Natalia Sanguino)

Mujer, ser justificante, ser implorante de perfección. Todo ha de tenerlo: cerebro, pelazo (cuánto daño hace la cursilería al feminismo), ojazos, carita linda, carita de muñeca, cintura de avispa, piel impecable al tacto, gusto, olfato y educación. Me imagino una avispa con ojos de bambi y andares felinos, que defiende cada una de sus decisiones, férrea pero amable, que grita pero seduce. 

A cualquier parte la llevas que en cualquier lugar queda bien. 

No tiene celulitis ni flacidez.

Así, la mujer que cada día se asoma a mi espejo a menudo me reprocha: “Tía, todo mal”. Y yo suspiro, me lavo la cara y embadurno mi piel imperfecta con cremas. Porque no creo en declarar una guerra a la celulitis, pero sí creo en el amarse a una misma. Y en el componente sensual, como leía el otro día, de ese ritual de cuidados

Mujer, ser justificante “que se cuida”, ser implorante de cariño “que se quiere” y todo lo entiende. Ser incapaz del mal, expulsada del Paraíso precisamente por lo contrario.

Porque si vosotros creéis que la celulitis se elimina del todo con cremas o tratamientos asequibles, yo me creo el Paraíso. Los tratamientos caros no lo sé si funcionan, al menos temporalmente. Pero sí sé que con dinero se evita casi cualquier infierno.

Y es curioso porque esa mujer que se cuida mientras el hombre la observa o la denosta desde la habitación de al lado, esa mujer que lee, que realiza rituales de introspección como si guardase algún fuego secreto y sagrado todavía, al final envejece mejor y vive más. Hablan las estadísticas

Huelva, 2019 (Autora: Natalia Sanguino)

Vengan a comprar a Souvenirs Natalita 

Hubo un verano particularmente malo en mi vida hace años. Estaba emocionalmente muy tocada por una ruptura sentimental y eso arrastró también mi autoestima. Durante unas vacaciones, observaba mi culo y mis piernas desde todos los ángulos y bajo todas las luces en todos los espejos que me encontraba. Ay, los probadores, qué miedo me siguen dando. Qué enemigos son de las mujeres quienes diseñan las luces de los probadores, ¿verdad? Luz criminal la cenital. Aquel verano del que hablo, entraba en un baño y si podía estar a solas, con el cerrojo echado, ante el espejo, observaba y volvía a observar mi cuerpo. Descontenta con él, triste e infeliz porque no se acercaba a… ¿A qué? Ni lo sé. Salía y seguía. 

Ser justificante, ser impecable, ser disimulante.

Ser a toda costa aceptable. Ser infeliz.

Fin del recuerdo. Natalita servicio postal.

Así que por la presente:

Me declaro culpable de haber usado cremas anticelulíticas

y de comprar y seguir comprando revistas que me empoderan pero me acomplejan.

(¡Tienen portadas bonitas!)

Me declaro culpable de sentirme culpable con aquella napolitana de chocolate

(y la que caerá hoy, solo porque apenas dormí)

y con la segunda y la tercera copa de vino,

pero tengo vino tinto enfriando por si me apetece esta noche.

Quizá me compre una caracola.

No, ¡dos! Una para comérmela, con pasas,

tipo cinnamon-roll.

La otra para oír el mar, con ojos de agua.

Y sigue la herrera (yo, yo, yo) en la fragua…

He bailado al son de los tacones y del zapato bajo. 

Me declaro culpable de dar explicaciones a un público compuesto por asnos.

Entre ellos me reconozco, me saludo. Me canso.

Aquí no hay culpabilidad: pienso seguir bailando.

Me declaro culpable por haber criticado a otras mujeres por su físico

y por haber preguntado hasta lo indecible: “¿tú me ves bien, me ves, me ves bien?”

Me declaro culpable por sentir que la sociedad (¿quién?) me tiene que dar su aprobado.

Y siempre fui de sobresaliente, así que imagina qué chasco.

Me declaro culpable por querer ser invisible y sentirme mal al serlo.

Firmado: el ser. Por encima de todo.

Ser que siente.

Constructiva la crítica

A mi vuelta de aquel viaje en aquel verano tan pasado tuve algunos meses malos todavía. La celulitis me perseguía como una maldición, me angustiaba, me hacía sentir mal su idea cada minuto. Y decidí quitarme de encima kilos a la antigua usanza: comiendo menos y moviéndome más. Una de mis mejores amigas (y aquí sigue, a mi vera) me dijo que me apuntara al gimnasio e hiciera deporte. “De aquí a un año, si haces deporte, una de dos, o se te habrá quitado la celulitis o estarás tan contenta por estar en forma, con las endorfinas, que te dará igual lo demás”. Y vaya si acertó.

Empecé a hacer deporte y, sobre todo, a tener disciplina con la actividad física. Eso me gustaría que enseñaran esas revistas de moda, cómo empezar a hacer deporte, cómo quitarse de encima complejos sobre la ropa para hacer deporte. Cómo ser un ser amante y cómo respetarse. Amen, amén. También hay anunciantes aquí, son como la celulitis, están en todas partes. Nada de dietas imposibles, nada de copiar lo que hacen las famosas, nada de prometer a la mujer objetivo de sus publicaciones un objeto. Ya lo hemos sido y lo seguimos siendo durante toda la Historia conocida. Ya vale ese cuento. Que dejen de tratarnos como a idiotas porque las habrá, pero eso no lo marca el género.

Con el deporte conseguirás una versión más atlética, elástica o tonificada de tu cuerpo. No cambiarás ese cuerpo por otro. Seguirá siendo el tuyo, que no te convenzan de cualquier otra cosa. Hazlo por ti. Lo hago por mí. 

¿He vuelto a sentirme acomplejada? Mentiría si dijera que no. Claro que he mirado otra vez mi culo con cierta aflicción. Mis piernas, más flácidas a fuerza de lesiones y confinamientos, no son lo que fueron. Y no me cabe gran parte de mi armario.

Pero si algo he aprendido en 2020 es a pensar: y qué más da, si no me gano la vida con esto. 

La felicidad no está ahí fuera: la llevas dentro.

(La autora pide perdón por las poesías que os habéis comido dobladas si habéis llegado hasta aquí)

(Salvo a los que leéis en diagonal, esos no tenéis perdón del santoral) 

Natalia Sanguino Escrito por: