Por ellas nos conoceremos.
¿Qué veríamos en realidad si pudiéramos espiarnos a nosotras mismas? ¿Qué enseñaríamos si vieran solo a través de nuestras rendijas?
La sociedad como una persona, presumiendo de ciertas cosas cuando no puede evitar que se le transparente una cicatriz que pica. La sociedad somos personas que hemos aprendido y seguimos tropezando en lo mismo. Enseguida me explico.
Desde que comenzó la pandemia, una amiga y yo (de ella hablo aquí, de mí hablo todo el tiempo) hemos comentado varias veces que no se tiene muy en cuenta a quien está viviendo toda la situación en soledad. O sea, sí, hay periodistas que lo han propuesto a sus jefes o jefes que lo han ordenado hacer a sus periodistas y la salud mental y qué mal todo. Sin embargo, esa sociedad-persona se olvida continuamente de que la gente vive sola. Y no pasa nada, pero hay que tenerlo en cuenta.
¿Cuánto tiempo lleváis sin abrazar a alguien de fuera de vuestra casa o núcleo familiar de convivencia? Quienes vivimos solas podemos pasar días sin contacto físico alguno. A esto me refiero. Una cosa es la soledad elegida puntualmente, de la que vuelves a una casa donde te esperan tu pareja, tu familia o unos compañeros de piso, y otra es la soledad en la que miles de personas llevan (llevamos) viviendo desde marzo de 2020.
Y si a mí me pesa a veces algo de lo que normalmente disfruto, que es vivir sola en un piso que me gusta, no quiero ni pensar a tanta gente mayor, a tantos pisos sin luz, a tantas paredes sin ventanas.

Pasadas estas líneas, la mente del lector, que eres tú, se irá de nuevo. Quédate. Porque la sociedad-persona tiene rendijas por las que se le escapa lo que considera “normal”. Y aunque nadie se extraña al saber que alguien vive solo, me temo que algunos lo ven como una fase temporal, una vida de mentirijilla entre una pareja y otra, entre una etapa y otra. Entre las cosas que de verdad importan.
La última rendija la encontré en una revista de moda, ayer por la mañana, leyendo en la cama con un café mientras el sol prometía en mi ventana que seguía aquí la primavera. (No termino de creérmelo).
El artículo hablaba sobre el aumento del consumo de alcohol con la pandemia y decía el experto citado que para saber si nos hemos pasado o no bebiendo en casa es fundamental la intención y el contexto. “Si te tomas una cerveza con las amigas por Zoom, porque no podéis quedar, o una copa con tu marido el viernes por la noche porque no vais a salir, no parece preocupante”, copio. ¿Qué pasa con las que tomamos una copa de vino por puro placer mientras leemos, cocinamos o cuando vemos una película? ¿Acaso me está este experto normalizando al bebedor social pero no piensa -probablemente porque no le entra en la cabeza, no por mala intención- en una persona sola disfrutando de esa situación?
¿Veis lo de las rendijas? La sociedad-persona nos recuerda, como ese conocido algo pesado que se mete en nuestra vida sin que se lo pidamos, que hay algo anómalo en nosotras. La sociedad-persona promueve y empuja al aislamiento y a la vez te aclara que no es normal tu soledad.
Voy con la otra rendija.
Entrevista a una psicóloga. La sociedad-persona nos insiste en que nos queramos siempre tal como somos. Pero en una de sus respuestas, la experta dijo, hablando de esa aceptación, que no nos podemos comparar con niñas de 20 años “porque las niñas de 20 años siempre están estupendas”. Anda, mira, en la era de la diversidad en redes sociales, del “y qué hay de lo mío”, de la ausencia de filtros y gritar “no pasa nada si no te pareces a la modelo de la foto”, una experta en salud mental, precisamente, te dice que la juventud es la perfección. Y el argumento es ese mismo: la juventud es la perfección.
Asumimos que la falta de arrugas, la lozanía y la ausencia de tacha son más aceptables y apetecibles. Los 20 o nada. Qué vértigo. O sea que esa sociedad-persona que te dice que te aceptes a cualquiera edad lo que piensa en realidad es que estabas mejor antes (porque siempre, siempre estarás mejor antes) pero, eh, quiérete. Mira cuántas cosas te ofrezco para que te entretengas cuidándote. Porque siempre será ya tarde. Eres más rentable con nostalgia.
La edad no me parece más que una circunstancia contra la que, además, no puedes luchar. Nunca me he considerado demasiado nada en cuanto a la edad, como ya he contado en verso.
¿Cuántos de vosotros os cambiaríais sin pensarlo por quien érais hace 5, 10, 20 años? ¿Perderíais todo lo aprendido, a toda la gente que habéis conocido? ¿Por qué? ¿Qué ganaríais a cambio? ¿Resistencia bebiendo o sin dormir, ausencia de responsabilidades, de preocupaciones? ¿Os obligó alguien a vivir vuestra vida tal como es ahora? ¿O daríais todo lo actual a cambio de tener la cara más joven, la piel más tersa? ¿Nos reducimos a esto?
(Otra cosa es querer volver atrás por estar con quienes ya no están, pero no estoy hablando de eso ahora)

Porque además la juventud es un período relativamente corto. Así que quizá el truco es no estar nunca del todo bien, que siempre te falte algo. La sociedad-persona es como esa pareja que te recuerda tus pequeños defectos continuamente y así tú das gracias por tener a alguien al lado con lo desastre que eres.
De frente, al presente, miramos muy poco rato. Miramos continuamente de reojo pensando en el pasado, añorando algo que ni siquiera sabemos bien qué es.
Ahí está esa rendija: las de 20 están estupendas. Ay, no. La edad es una circunstancia cuya ausencia significa estar muerta. La tersura debería dejar de ser un ideal (y lo dice una que estaba mejor físicamente a los 35 que a los 20, según esos cánones) y deberíamos respetar y amar el templo que es nuestro cuerpo sin mirar de reojo a lo que fuimos. Qué más da, si ya no estamos ahí.
Vamos a contar mentiras, tralará,
vamos a tapar rendijas, tralará,
o viene la sociedad-persona
y nos comerá.