Siempre hay dos historias detrás de cada cosa que escribo, aquí, en mis libretas, en novelas sin publicar, en poemas sin susurrar. Una de esas historias es lo que originariamente imaginé y otra lo que creé de verdad después, lo que cayó en tinta, lo que dibujó la informática.
Aquello que escribo existe para recordarme lo que no escribí, es mi fracaso continuo en la promesa del talento, late detrás lo que no fui capaz de contar por torpeza, desgana o cobardía. Vivir valiente como si cada una de esas dos palabras fuera algo fácil o natural.
Aquella historia que ideé en primer lugar, que iluminó mi cabeza, es la golosina tras la que va la burra y bruta bestia: soy yo la que camina detrás de esa zanahoria. Para otros es el fin de la hipoteca, el amor verdadero, el orgullo de sus padres, la admiración de sus hijos, el Euromillón, el día de su boda en el que no se emborrachan.
Nunca llega, nunca pasa.
El presente, el éxito, el triunfo: todo el brillo pertenece a otros.
Los que perdemos somos nosotros y yo escribo continuamente para recordármelo.
Una espera saber dónde está el truco cuando se convierte en adulta, yo esperaba averiguar qué es tan complejo, qué es lo que atormentaba a los adultos y dónde está lo que compensa. Porque no puede ser esta realidad, los muros del castillo no pueden ser solo tabiques mal pintados.
Y ahora que no tengo excusas para asumir la edad adulta, descubro que nos movemos por los mismos estímulos de la infancia. Aunque lloremos menos en público. Envidia, inseguridad, miedo. El adulto busca más la anestesia de la calma. El niño solo quiere no aburrirse. ¿Acaso no somos más felices cuando nos despojamos de todas esas emociones presuntamente complejas y disfrutamos sin pensar? Aunque el grado de diversión cambie, eso sí, de la infancia a la edad adulta: ahora no pensamos bebidos o follando. Supongo.
Escribí estas ideas desordenadas el mismo día que tuve una revelación: lo más probable es que nunca consiga lo que persigo. No me publicarán las novelas, ni seré una escritora que se gane la vida con su literatura. No seré nadie, no sabré amar, no volveré a correr como antes, no escribiré nada que merezca la pena. No volverá, no reconoceré lo bueno, no sabré realmente nada más, tampoco yo volveré a estar.
Los ojalá que albergo desde hace mucho tiempo están cerca de no cumplirse.