Hormigas que hablan y un asfixiadero de almas

Una chica come pan, solo pan, en el andén del metro mientras ve en su teléfono móvil un capítulo de ‘Las chicas Gilmore’.

Minutos después descubriré que es de las que aprieta ansiosa el botón de apertura (automática) de las puertas del vagón. Comía pan, solamente pan.

Claclaclaclacclacclac. Con su dedo, en el que quedan migas de pan, contra el botón.

En esos minutos después que ya es este presente tengo ganas de darle un manotazo y decirle que todos tenemos problemas. Yo llego tarde al trabajo y eso me angustia.

Todo me agobia. Culpo a todo lo que me rodea: el metro, la gente absorta en sus móviles, en sus bostezos, tosiendo dentro de su mascarilla y yo puedo tocar su aliento.

Saco el libro porque quiero leer estos minutos pero entra un señor con un violín. “Señorassss y cabaaallerossss, disculpen que les moleste estos segunditos con un poquito de música para alegrar la mañana”. Aclárate, desgraciado, pienso: o me molestas o me alegras la mañana. Miro hacia arriba, suspiro por dentro, fantaseo con darle un billete de cinco euros y pedirle que se calle, decirle que quiero leer. Luego me sentiría miserable, así que descarto la fantasía. Descartemos la fantasía como nos piden siempre: seamos, aparentemos. Soñar es una osadía, el bostezo sonoro es nuestra realidad.

Quiero disfrutar del libro pese al violín, que el señor toca con más o menos fortuna sobre una base grabada de una orquesta. No me concentro y le culpo al señor del violín, al violín, al traqueteo del metro y a mi mochila, que pesa. 

Entro en Instagram y decido añadir las fotos de los desayunos de los demás a las cosas que me producen tristeza. 

Hormigas que hablan

Salgo del metro y comienzo a cruzarme con otras hormigas como yo. Algunas van hablando en videollamada sin auriculares, juegan en su teléfono sin silenciarlo, viven en islas que solo son ellas. Cuando salgo a correr me cruzo a menudo con un par de ciclistas que van escuchando música en su teléfono móvil a todo volumen, intoxicando la calle con su sonido estridente. Hay quien va en patinete eléctrico igual. Existen así sin ser adolescentes. 

Entro al fin al gris edificio (en realidad es blanco, pero está sucio) donde lentamente asfixio mi alma y mi vista y saludo al conserje. Finjo mal mi felicidad. No me ve contenta hoy, me dice. Y estoy tentada de contarle lo que me pasa, que no sé lo que es, y pasarme las horas de mi jornada laboral desgranando causas posibles. Me querría mostrar desagradable y picuda, agrietada como mi caligrafía, incomprensible como mi esperanza.

Brillamos más de lejos que de cerca.

O será solamente el puto calor que hace en esta oficina, asfixiadero de almas.

Natalia Sanguino Escrito por: