¿Estamos listos para la avalancha de publicaciones en redes diciendo que, para mí, para ti, el año empieza realmente en septiembre?
¿Estamos preparados para gritar, una vez más, que somos especiales?
Aprovechando la fecha y con un fatal cálculo horario, según los gurús (¿gurúes?) que saben de estas cosas, publico este texto que escribí hace meses. Y lo hago porque no quiero que se me olvide, porque quiero que lo lea alguien más aparte de mí y porque con esto reactivo el blog y lo preparo para algo que fui escribiendo en las noches de los días a los que remito en esta entrada.
Y dice así:
“Algunos días de este año escolar, de este 2022, solo fui feliz los 45 minutos que duraba el camino desde la oficina a la Escuela Oficial de Idiomas. No es que en ésta no fuera feliz, en ella sobre todo me limitaba a estar atenta.
Esa felicidad limitada a un tiempo y a un espacio también la viví durante el confinamiento, en aquellos días en que nos permitieron salir a pasear en horario delimitado. Solo era feliz de verdad aquella hora y cuarto, que era el tiempo que empleaba en hacer un camino concreto, el que más me gustaba entonces. El resto del día era trabajo, espera, nostalgia, teléfono, ansiedad o ligera angustia.
Recuerdo amable, casi contenta, aquel algo más de un kilómetro alrededor de mi casa que arañaba mañanas y tardes. Se iba el día, nacía, pero yo caminaba siempre el mismo recorrido, como un bálsamo, un ritual de autocuidado como utilizar contorno de ojos. A menudo iba sin música ni podcast, sin oír nada más que a los demás. Observaba esos áticos de calle ancha, achicharrantes y de precio imposible. Imaginaba esas vidas que no serán nunca la mía.
En el camino de la oficina a la EOI, sin embargo, veía muchos edificios que me encantaban visualmente pero en los que no viviría. Calles estrechas, viviendas con luz artificial cuando aún era de día. Pero sí me gustaban los pequeños balcones. Veía en ellos las mesitas con sillas plegables, metálicas, de colores suaves. Bonitas pero incómodas. Un escritor mediocre diría que es lo contrario a lo que debe ser la vida. Una escritora mediocre diría que así es como no gustan las mujeres. Ninguna de las comparaciones tiene sentido pero se resbala de mis dedos y decido que da igual, ahora, buscar el talento. Quiero que me lean.
Observando esas sillas y esas mesas en aquellos balcones, me imaginaba fácilmente en ellas, sé cómo sería mi vida allí, con la gente que tengo aún por conocer. En cambio no puedo imaginarme en un ático de calle ancha. Ambas opciones me resultan económicamente imposibles, así que da igual.
Los paseos balsámicos de felicidad calmada los vivo observando e imaginando a los demás desde la habitación más pequeña que ocupo dentro de mí.”
¿Es triste esto? ¿O, pese a serlo, al menos es honesto?