El sexto

“El orgullo innecesario nos mantiene a flote”.

Observó la pantalla del ordenador con la frase aplicada al diseño de la taza, la camiseta, la agenda y la parte superior de un pijama. Los caracteres cabían por los pelos. No creía que una sentencia sobre la mediocridad humana fuera la mejor idea para desayunar, vestirse o ver en la semana número 14 del año, pero era tarea de sus jefes, Pako y Mena, decidir sobre qué producto quedaría mejor plasmada la motivación de turno. Su compañera Marieta asomó la cabeza sobre su hombro y murmuró, leyéndola, la frase: “El orgullo…” y aquí su entonación se volvió interrogativa “¿innecesario?” y siguió “nos mantiene… a flote”. Ahora repitió la frase con entonación interrogativa al completo. “Pero Mari”, interpeló cariñosamente a su compañera, “¿qué mierda es ésta, tía?”. María se rió con amargura. “¿Qué pasa, no te convence?”.

“Pako y Mena van a flipar. Bueno, a Mena le encantará y cuando Pako mande la idea a la basura, le dará la razón, como siempre”. María, inspirada, tomó otra plantilla de productos, incluyó el llavero y la cinta portamóviles y tecleó: “Como siempre, sin criterio”. Mariela se llevó las manos a la cara, simulando espanto. 

MissHopeful era la marca principal de la empresa de Pako y Mena, dos exnovios bien avenidos que habían montado el negocio con el dinero de la herencia paterna de él (Francisco Alejandro del Maestre Orzabalerreta), una estrategia agresivamente “cuqui” en redes sociales y las ideas de dos amigas periodistas de Mena (Jimena Valente Schwerin), que a Mena le daban lástima porque, cuando las contrataron, llevaban en paro demasiado tiempo para haber cumplido ya los 40.

María y Marieta habían empezado con ímpetu, pero las frases de ánimo de Mena y los ejercicios repentinos e ilógicos de autoridad de Pako no lograron cubrir la subida del alquiler de los pisos de las dos periodistas, que ahora convivían en el piso de la primera.

– Te van a decir que si estás loca – susurró Marieta.

– Que lo digan, ¿crees que no lo piensan ya? – dijo María en voz lo bastante alta como para que la oyeran los dos jefes, que estaban en sus respectivos despachos acristalados y decorados con colores pastel.

– Te van a despedir. Y a mí contigo por el cachondeo, verás.

– ¿Y qué harán sin nosotras? – replicó María estirándose en su silla. – ¿Quieres un café? – cambió de tema, levantándose para ir hacia la máquina enorme que ocupaba parte de un lateral de la oficina.

Pako salió entonces de su despacho y entró en el de Mena, sin llamar. Ella no se inmutó. Ventajas del cristal: ya le había visto. María se aproximó con los cafés, le puso uno a Marieta y continuó hablando con ella parcialmente de espaldas a su ordenador mientras miraba, desafiante, a Mena, que llevaba a su vez observándola un rato, aunque con más disimulo. Desde su despacho podía leer lo que estaba escrito en la pantalla de María. Tenían éxito, pero no una oficina grande. Marieta trataba de calmar a María. “Afloja un poco estas provocaciones, que no me gustaría que me despidieran por tu culpa”. María, sin apartar la vista de Mena, dijo: “Ya, me van a despedir. Para qué, si no, entra el medio polvo de Pako a hablar con la frígida ésa”. Marieta le chistó argumentando que habían sido amigas mucho tiempo y María, vocalizando ante una boquiabierta Mena, replico: “Me jode el éxito de gente sin talento”. A continuación, se giró y se puso a escribir esa frase en una nueva plantilla de productos, añadiendo sudaderas con capucha a la plantilla anterior.

Pako y Mena permanecieron en silencio hasta entonces, cuando María se giró hacia su pantalla de nuevo.

– Mena, yo creo que ya podemos asumir que no puede seguir así, no podemos. Es una tras otra.

– Por favor, Pancho… – Se dirigió con ese nombre a la línea más sentimental de su relación, así le llamaba cuando eran pareja.- Déjame averiguar qué le pasa.

– Joder, Mena, que qué le pasa… Que la contratamos porque no conseguía trabajo y nos daba pena, pero solo utiliza esas frases que no nos sirven de nada. ¿Por qué pagamos a alguien cuando tú rehaces luego su trabajo? ¿Y todo lo que habla sola últimamente, te parece normal? 

Mena conocía a María desde hacía años y también sabía de la existencia de Marieta, álter ego de María que solo ésta podía ver. No le dijo a Pako que tenían a dos por el precio de una porque jamás hubiera aceptado a alguien, como él mismo diría, “necesitado de ayuda”. María creía estar detrás de los eslóganes más famosos de la marca, aunque en realidad servía sobre todo para tareas administrativas. Mena no quería despedirla porque no sabía qué sería de su vida.

Comenzó una fuerte discusión entonces en el despacho de Mena que terminó con Pako yéndose a su cubículo a redactar una carta de despido y a hablar con sus abogados. Mena, triste, llamó a los padres de María para explicarles lo que iba a ocurrir.

Un mes después, María salía de la oficina, donde dejó a Marieta, que sí seguiría contratada, por lo que le contó ella misma. Sus caminos se separaban ahí, ella volvería con sus padres, dejaban de vivir juntas. Lo sabía, es que sabía que la iban a despedir. Y ahí se dio cuenta: esa fue la siguiente certeza que tuvo María en su mente, tras asumir que no podría seguir siendo amiga de Marieta después de que ésta la traicionara y no dimitiera como protesta por su marcha. María podía ver el futuro.

Natalia Sanguino Escrito por: