– ¿Quieres dejar de asomarte a la ventana de una vez? Me estás poniendo nerviosa.
– Que te digo que no es suyo – insiste.
– Que me da igual – el tono de voz exasperado indica que la conversación viene de hace un rato.
– Cómo te va a dar igual, tía.
– Pues dándome, chica, que te va a ver ahí como la vieja del visillo y…
– ¿Quién? – interrumpe la que espía, sin dejar de mirar hacia fuera.
– ¿No sabes quién es la vieja del visillo?
– Sabes que no veo la tele – responde, ufana, desde el rincón del salón.
– ¿Y qué tiene que ver eso? Yo tampoco la veo pero sé quién es… – la compañera de piso de la espía sonríe burlona.- ¿Y si no ves la tele, cómo sabes que es una referencia de la tele? – Los ojos en blanco de su interlocutora hacen que la espía sonría, volviendo a mirar al vecino, que ha bajado de nuevo al coche a por el resto de las bolsas de la compra. Éste parece ignorar la cabeza que asoma entre las cortinas del primer piso.
– Que te digo yo que ha robado ese coche, ¿no ves que no tiene oficio ni beneficio y que ese Audi ese demasiado para él?
– Vale, pues lo habrá robado. Pero no es asunto nuestro.
– ¿No?
– No.
– Yo creo que sí.
– ¿Tienes pruebas de lo que afirmas?
– ¿Te parece poco todo lo que te he dicho?
– Pruebas, te pido pruebas, María, PRUEBAS.- Alza la voz.
– Pruebas como tal… Las conseguiré.
– Muy bien, pero te aconsejo que antes consigas un trabajo, que desde que estás en el paro no hay quien te aguante.
– Oye, me dijiste que podía quedarme un tiempo cuando nos reconciliamos, ¿eh? Y te recuerdo que mis padres nos pagan el alquiler a las dos. – María olvida la vigilancia.
– Y puedes quedarte el tiempo que necesites, pero deja al vecino. Vamos a hacer la comida.
María y Marieta van a la cocina. De nuevo son amigas pero a cambio María ha perdido su poder de ver el futuro. Ahora espía a los vecinos.
Abajo, en la calle peatonal, ningún coche, ningún robo, ningún vecino.