Jaulas.
Desubicada y surrealista, perdí tu espalda entre el gentío y pensé que ya no te reconocía, que ya me había marchado del lugar que fuiste sin que nos diéramos cuenta. Aquella piscina de asfalto y ladrillo que era ese polígono de Madrid un día achicharrado de agosto. Eso fuimos.
Perdí de vista tu espalda un momento y enseguida me costaba recordar tu nombre. Lastimero cuadro debí formar, mientras todos huían y yo me quedaba sola ahí en medio. “Correr, joder, tía, corre”, me gritó uno de los que pasó por mi lado. Yo pensaba haberme quedado desnuda como habíamos planeado, pero todavía llevaba el sujetador puesto. Pensé que era demasiado bonito como para acabar pisoteado o manoseado por un policía.
No sentí angustia en ningún momento, ni al perderte de vista ni al escuchar los gritos pasando a mi lado o entre las estridentes y cercanas sirenas de los coches de policía.
“Están aquí por nosotros, mira”, me susurraste mientras apretabas mi mano como si yo estuviera ciega o acabara de aterrizar desde otro planeta y otro tiempo. Mi máscara de lobo apenas me dejaba respirar bien. Te miré con tu careta de cerdo y te vi repentinamente ridículo. Entonces, Nacho (de su nombre sí me acuerdo, vaya), cabecilla hasta para las idioteces, arrojó un bote de humo a los pies de los policías, que aguantaban la primera de nuestras embestidas, activistas enmascarados gritando, maullando, golpeando. Pensé que estaríamos asustando a los animales que queríamos liberar, encerrados en los sótanos de la empresa a la espalda de los policías. Les imaginé temblando en sus jaulas, martirizados y por martirizar si no lográbamos parar la producción de la fábrica. Y no supe entonces en qué mis tetas o nuestros gritos podrían ayudarlos. Perdí la fe. Varias compañeras llevaban unos segundos enseñando sus pechos para conseguir más notoriedad en la prensa. Los policías seguían quietos, en formación y anónimos frente a nosotros.
Decidimos hacer más imagen, más bulto, más ruido. Me diste una bengala y cuando los policías comenzaron a detener a los primeros de entre nosotros, quedé paralizada con ella en la mano. Vi tu silueta mezclándose con otras y entre el humo me vi sin verme, no me reconocí. Nunca seré una loba como pretendo, me siento más bien cordera, pero quiero ser una pantera. O mejor, una mujer contradictoria y libre. Tan complicado es esto. Un error en un folio por lo demás en blanco, aún no escrito. Entre el ruido, me alejé de ti, mi corazón soltó amarras y me subí la careta para respirar, para gritar y aullar, sí, a mi recién decidida libertad.
Solo me quedaría pendiente preguntarte, pasado el disgusto inicial, cual de los dos se cambiaría de oenegé.