“Somos como los horóscopos: a todo el mundo le venimos bien en un momento dado. Hemos sido puzzles, paraguas, camisetas, pósteres, incluso calcetines”.
Mitad indolentes, mitad aburridos, hablan entre sí los angelitos.

Nosotros somos testigos de su presencia en varios pisos del mismo edificio. En el número 1 de una plaza pequeña, con una pequeña fuente en el centro, tres de los seis apartamentos tienen una representación de estos ángeles.
Marta les observa pensativa desde la tercera planta, piso de la izquierda. Apenas ha escrito nada en su cuaderno para esbozar su trabajo para el fin de semana. Tiene claro que estos angelitos son su obra de arte favorita, la que lleva viendo sobre el cabecero de su cama desde que recuerda pero, ¿cómo aproximarse a ellos de forma original? Ésa es la premisa del trabajo para clase: “narra tu obra de arte favorita pero sé original”.
“Tal vez podamos ser una oda a cómo dejar pasar el tiempo, a la observación, ¿no crees? Somos ejemplo de meditación”. Siguen hablando los angelitos.

Agustina, Tina, como le gusta que la llamen, apoya sus riñones cada tarde sobre los querubines. A sus 78 años cada vez se angustia más pensando en tener que subir las escaleras a su casa. El edificio no tiene ascensor, aunque por suerte ella vive en el primer piso. No quiere ni pensar si viviese en el tercero, como la madre que se mudó hace años, al poco de quedarse Tina viuda. La niñita que vino con ella ahora es una adolescente que apenas levanta la cabeza y nunca saluda. Hay que ver con la mala educación de ahora, piensa Tina mientras toquetea el cojín detrás de ella, con los angelitos deformados por su peso. Con un gesto mecánico que denota costumbre sube la parte superior de la mesa que hay frente al sofá. A su alcance deja un puzzle, porque Tina mantiene su mente despierta gracias a los puzzles. Los que más le gustan decoran las paredes de su apartamento. El cojín de los angelitos también lo hizo ella, con paciencia e hilos de diferentes colores que le costó bastante encontrar.
“Creo que somos unos desconocidos en el fondo. A fuerza de vernos, se nos ignora. No se nos piensa y se nos valora”.
“Te recuerdo que la protagonista del cuadro en teoría es la santa que tenemos por encima”.
“Ya, ya”.
“Y que le hemos quitado nosotros el protagonismo. No sé tú, pero a mí quitarle fama a dos santos y a la madre de Dios, ni más ni menos… Me pone un poco tenso”.
“¿No decías no sé qué de meditar?”
“Calla, entra el turista”.
Roberto fue turista y como buen turista que fue, compró en una tienda cercana a la iglesia de Dresde donde están los angelitos una camiseta con ellos impresa. Blanca y con los dos regordetes seres en el medio, en un recuadro. Le costó bastante dinero pero mereció la pena porque años después la camiseta sigue impecable. Es su camiseta favorita. Bueno, no, está entre sus diez camisetas favoritas. Ahora está asomado al balcón de su casa, hacia la plaza, donde observa a un niño de pelo ensortijado asomándose hacia el agua y jugando con una piedra. Roberto sonríe y le dice en voz baja a los angelitos “mirad, ése no es como vosotros, ése no se aburre”.
“¿En qué momento nos hemos convertido en clichés? ¿Cuándo la gente dejó de vernos?”
Marta suspira de nuevo ante el ordenador. Ha dejado el cuaderno para ver si las teclas le inspiran algo más a escribir. Ha buscado en varias páginas web, ha mirado a los angelitos varias veces, pero no sabe qué decir sobre ellos. ¿Se habrá cansado del póster? No quiere cansarse de él, de verlo. Lo colgó su abuelo unos días antes del infarto. Ese póster es su abuelo, de algún modo. Ahí seguirá, pero le frustra no saber verlo de otro modo. “¡Marta!”, grita su madre desde la cocina, “¡baja la basura, anda!”. Obediente y resignada, Marta sale de la habitación y recorre el corto pasillo hasta la cocina donde su madre, sin mirarla, le tiende la bolsa de plástico cerrada. Como los angelitos, madre e hija no se ven a fuerza de verse. La adulta está demasiado preocupada por las cuentas y la soledad que siente como para darse cuenta, y la niña aún no sabe fijarse en esas cosas. O no sabe ponerle nombre. Basura en mano baja las escaleras.
“¿Dejamos de existir a fuerza de que la gente nos vea?”
“No, siempre habrá miradas nuevas”
“¿Seguro?”
“Convencido estoy”.
“Casi agradezco no estar en la Capilla Sixtina del Vaticano como muchos creen sino en Alemania, ¿verdad?”
“En el Vaticano seríamos aún más conocidos”
“O al contrario, entre tanta maravilla que dicen que hay, no seríamos conocidos en absoluto”
“¿Te imaginas?”
Tina escucha a la muchacha del tercero bajar a toda prisa la basura y, como está cerca de la puerta, decide echarle cara y abre. “Perdona, bonita”, dice elevando un poco la voz, convencida de que la chica la ignorará. No lo hace. “¿Qué?”, pregunta ligeramente hosca. “Mira, es que yo estoy muy fatigada y te acabo de oír… Veo que vas con la basura, ¿te importa bajar mi bolsa de orgánica? Que huele si no y así me ahorras un paseo para abajo y otro para arriba… Yo te lo agradezco con un bizcocho si quieres mañana, te pasas a por él”. La niña no dice nada, baja la mirada y murmura “vale, deme la bolsa”. “Pasa un poquito que la agarro y la ato”. Marta entra y ve el abarrotado salón. En el sofá se encuentra con sus angelitos favoritos, que también ocupan un espacio en la pared. “Ese puzzle, ¿lo has hecho tú?”, le pregunta a Tina, que sonríe. “Claro, todos, y el cojín ése lo cosí yo también”. Marta ya mira a Tina a los ojos. “Me encanta, es mi cuadro favorito, el de los ángeles, ¿sabe que no está en la Capilla Sixtina como se cree mucha gente”. Tina expresa sorpresa, no, no lo sabía. Quedan al día siguiente para intercambiar un bizcocho por más información de los angelitos.
“Tocamos genial el arpa, pero eligieron ponernos en esta pose contemplativa. No es que nos importe, pero a veces sentimos que no se nos valora lo suficiente. Solo para estampar cosas o para hacer bromas. Y cuántos no nos miran, solo nos fotografían. Y hay que saber mirar primero. Siempre mirar, después contar, fotografiar, pintar. Todo se pierde si no sabemos mirar”.
Marta arroja las dos bolsas al cubo y se gira para volver al portal. Ve asomado al vecino raro del segundo, no recuerda cómo se llama, porque nunca mira los buzones que es de donde podría sacar el dato. Para ella nunca hay nada en el buzón salvo propaganda. De nuevo se encuentra a los dos angelitos, esta vez en la camiseta del vecino. “No me lo puedo creer”, piensa, “¿cuántas posibilidades hay de esto?”. Sube las escaleras de dos en dos, de tres en tres, llega a casa. “¿Mamá, puedes esperar un poquito para la cena?”, “bueno, pero por qué”, pregunta su madre severa. “Porque ya tengo una idea para hacer el trabajo de arte, solo un ratito, por favor”. Entra en su cuarto y no cierra la puerta. Mira a los angelitos y les pregunta que cómo se sienten al ser tan famosos.