Superarse es despojarse.
El siguiente paso lo das desnuda.
El espejo permanecía sobre unas patas doradas al fondo de aquella enorme habitación. Dos metros y medio de alto por casi dos de ancho enmarcados en dorado. Listo, visto, mudo, testigo continuo e involuntario, siempre preparado para dar respuesta a cualquier pregunta del ego de quien busca una mejor versión en él, en su propio reflejo.
Pomposo, el duque entró en la estancia, abiertas las puertas de par en par por las serviles manos invisibles que le atendían para todo. La cúspide de la pirámide solo es capaz de atisbar más paisaje porque su peso reposa sobre el resto.
Llegado frente al espejo, el duque atusó su peluca y sonrió, pasándose la lengua por el filo de sus dientes amarillos.
Horas más tarde, ante el mismo lugar, una sirvienta del palacio, obligada a sacar brillo al espejo que hubiera en la habitación del duque noche tras noche, permaneció mirando su rostro un tiempo, más tiempo del debido, y lloró. Ante sus rasgos avejentados vio una belleza, la suya, perdida e insultada por la superficie bruñida. Ojos tristes ante sí mismos.
Era la primera noche de ese espejo en ese lugar. Traído especialmente desde el mejor taller de la corte. ¿Qué había pasado con su antecesor? El espejo no podría saberlo. Día tras día, el duque sería un estúpido pomposo sin cambios ni redenciones posibles. Noche tras noche, la sirvienta, que osó ver tanto tiempo su reflejo, lloraría al mirarse a sí misma a los ojos.
Pasaron las noches y los días, la presunción y las lágrimas.
Una noche de verano especialmente calurosa, la criada limpiaba el espejo entre sudores cuando cayó la hombrera de su camisa, dejando ver la limpia piel del cuello al hombro. Audaz la tela, asomó la curva de uno de sus pechos. La criada observó el movimiento en el espejo y se mordió el labio inferior inadvertidamente. Miró hacia la puerta entreabierta, asomó la cabeza al pasillo para asegurarse de que no había otros criados cerca y cerró la puerta de la estancia.
Se aproximó al espejo de nuevo y se desnudó ante él. Este, maravillado, le devolvió la poderosa imagen y vio su sonrisa feliz, su fresco cuerpo vivo, su abdomen sudado subiendo y bajando por la excitación repentina.
Al día siguiente, el espejo se rajó de arriba a abajo aprovechando un portazo provocado por el viento de una tormenta de verano. En realidad fue deseo del espejo romperse, tras haberlo entendido en la mirada de la criada: despojarse es superarse.
El duque ordenó retirar el marco dorado de su vista y acabó en las estancias del servicio, donde la criada lo encontró. Pidió ayuda para llevarlo a su cuarto, donde quedó apoyado junto a la pared. Allí vio con la cicatriz sobre él, cada noche, la feliz desnudez de su nueva dueña y entendió que el duque siempre sería un inútil pagado de sí mismo con demasiado adorno encima.
La sirvienta superó su mirada triste. El espejo superó su destino.