«El beso más largo de la historia de los besos».
Ese beso nunca ocurrió.
Todos los besos (nuestros) fueron eternos en su ejecución perfecta, en la mágica química por inexplicable, en sí mismos eran para siempre. Cotidianos en su facilidad. Aquellos fueron besos eternos, el más eterno fue el primero porque todavía recuerdo la cercanía de tu aliento.
El beso más largo es el que nunca llegó a darse, suspendido en unos centímetros de anhelo, enganchado en mi imaginación.
Araña de patas largas, muchacha esperando en la pared encalada una respuesta, pero no hubo caída de ojos que valiera.
El beso eterno lo habría escrito bien cualquiera que no fuera yo. Me salieron todos un desperdicio oportunista.
El beso eterno fue una mirada lejana, tan lejana como tú al otro lado del sofá, del cuarto, de mi pasado reciente o del futuro, cada vez menos inmediato.
Aquellas manos furtivas, hombros rozados: sumaron un infinito de besos inacabados.
Todos zumban como abejas en el panel de mi memoria. Yo soy la reina y la reina duerme sola.
Eterno fue el abrazo que no damos para no destaparnos.