Una discusión de pareja: ¡Se acabó!
– Cuánto – ojos enrojecidos por el llanto y ligera falta de aliento.
– Un año – mirada baja, voz baja, manos entrelazadas.
– No digas más – enfado, frustración, rechazo.
– No, no… No pensaba – implorante la actitud.
– Pues ya está, ¿no? Ya estaría. Ya todo… Toda la baraja sobre la mesa, o las cartas o como se diga – nerviosismo, ligero tartamudeo.
– Eh – tímida intervención.
– Ni se te ocurra corregirme – frialdad, dedo índice en alto de la mano derecha.
– No, no, no… Esto… Joder, ¿entonces? – la duda, pese a todo, la esperanza borrosa.
– ¿Entonces? Que hagas la puta maleta y te vayas a dormir a su cama – pese a las palabras, el tono es de duda, aunque difuminada.
– Es que no es cuestión… – intento de ganar tiempo para pensar.
– Me da igual todo, ¡un año! ¿Y por qué confiesas ahora, eh? – sube el tono al grito.
– Porque no podía más, joder… no… Tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida, ¡en la vida! – no llega al grito pero la angustia eleva la voz a la súplica.
– Por eso una relación paralela, claro – no pregunta, ironiza.
– Porque soy una mierda, no una persona – arrastre y lágrimas.
– Ahí estamos de acuerdo – lágrima contenida que brota, cae por la mejilla.
– Y todo lo destrozo, todo me lo cargo – angustia al respirar.
– Pues sí, ya está, confiesas y te vas – supiro. – Vete.
– Podemos hablar más adelante si quieres – camino del pasillo.
– Claro, cuando vengas a recoger el resto de tus cosas me cuentas qué tal os va – brazos cruzados.
– Que solo quiero estar contigo, de verdad.
– Que te vayas.
– Perdóname.
– No.
– Perdona, perdón.
– Se acabó – mintió.