La gran invasión
Cuando salieron de sus portales esa mañana, muchos miraron al cielo: parecía tener un azul diferente. Los protagonistas de anuncios de alarmas de seguridad salieron de sus chalets exclusivos, pero como estaban ocupados programando su alarma desde el teléfono móvil no miraron al cielo y no notaron nada. No hay que ser injustas con ellos: la protagonista del anuncio de alarmas de seguridad que sale también en el de un fuet, que come feliz en su masía, sí alzó la mirada al cielo tras verlo reflejado en la pantalla de su tablet. Ese resplandor…
La invasión comenzó por la noche, en las horas que algunos llaman “noche cerrada” y en las horas posteriores, la madrugada. Primero cayeron las flechas diminutas del cielo, posándose en apariencia anárquicas sobre cualquier lugar: gorriones dormidos, señales de tráfico, adoquines del suelo, arbustos descuidados.
“¿Qué sois?”, preguntaron los humanos, muy asustados. “Somos las tildes de los monosílabos que habéis puesto incorrectamente a lo largo de los años, hijos de puta”, tronó la que un día corono la letra -e- en fue en los titulares de un informativo de televisión. A su alrededor, reían agudas un montón de tildes de “ti”.
Los humanos se relajaron entonces, ¿qué daño podían hacer unas tildes, aparte de picar un poco si te aterrizaban encima?
Soberbios, no esperaban que la invasión siguiera y confiaban en aprender a vivir entre tildes caídas. A la avanzadilla de éstas siguió una granizada letal. Signos de apertura de exclamación e interrogación, tantas veces olvidados en la lengua española en chats, correos electrónicos, mensajes de todo tipo. ¿Cómo osáis a interpretar un mensaje sin entonarlo desde el inicio, estúpidos?, clamaban con voces sinfónicas. Morales, cayeron durante tres días y tres noches sobre viandantes que, aturdidos, comenzaron a encerrarse en sus casas.
“Pero qué queréis de nosotros?”, preguntó un alcalde, que salió a defender a su pueblo lanzando octavillas con esta frase escrita por las calles. Ofendidísimo, el signo de interrogación que le faltaba a su pregunta le mató asaeteándole el corazón mientras se disponía a dar un discurso en el balcón del ayuntamiento. Los ánimos se calmaron conforme aumentaban las ventas de libros de gramática y aparecían aplicaciones para aprender a escribir sin tener que levantar la vista del móvil.
Al amanecer del cuarto día, los humanos volvieron a relajarse y salieron a las calles. Pero habitantes de ciudades y pueblos temblaron de nuevo al escuchar sirenas de ambulancia por todas partes. ¿Y ahora? Los curas volvieron al latín, por si acaso. Los ateos comenzaron a rezar, porque quién sabe. Solo los profesores de Lengua y Literatura (bueno, la mayoría) estaban tranquilos y reían en sus casas. Muchos compusieron poemas, églogas, odas y epopeyas narrando lo que ocurría para las generaciones venideras. Eran los únicos interlocutores válidos con los invasores. Los periodistas intentaron, abriéndose paso a codazos, ser ellos los portavoces, pero los invasores ejecutaron al 90% de ellos murmurando: “Hay que tener valor”.
Cuando aquellos que aún no se habían atrevido a salir a la calle lo hicieron, descubrieron espantados a muchos de sus convecinos boca arriba o sentados de culo en el suelo, con la cabeza abierta o el coxis roto. A los supervivientes les preguntaron quién había llegado esta vez . Respondieron: pelotitas de acero, cubiertas de aceite, surgen de repente del suelo. “Somos el cuarto punto suspensivo. ¿No queréis poner de más? ¡Pues tomad, los que sobramos, jodeos!”.
Nunca se vivió un pánico así entre los humanos.
SEIS MESES DESPUÉS
Los informativos en televisión habían entrevistado a muchos expertos y todos coincidían en que las plagas ortográficas que habían invadido el mundo, puesto que a cada país le cayeron con sus particularidades, habían cesado. La gente había aprendido a escribir correctamente (los que quedaban vivos y sin secuelas) y no había posibilidad ya de otra invasión salvo una nueva reforma educativa de algún ministro iluminado.
Por eso la siguiente invasión fue peor, porque fue inesperada. Cuando todos volvían de las vacaciones de agosto, felices y confiados, cayeron en picado: el 1 de septiembre, el invierno se adueñó repentino de los últimos coletazos del verano, la ansiedad de la población alcanzó a todos los ámbitos de la misma. Todos los medios de comunicación, de nuevo, las redes sociales, las vidas contadas de todos se vieron interrumpidas para leer el mensaje siguiente en todas las pantallas:
“Que me da igual lo que digáis. Soy enero y el año empieza conmigo, desde los romanos ya, copón. Van a venir a cambiar la idea vuestras historias de que si el colegio empezaba en septiembre y la nostalgia os puede porque os creéis la hostia de especiales. A pastar entre la nieve, mamones”.
Ni Orson Welles recreó una guerra de los mundos igual.
Yo pertenecería a la resistencia diacrítica.
Jajaja, el día que se vengue de nosotros la ortografía… No quedaremos ninguno sin culpa.