6 de septiembre de 2021
Habló el aullido.
Los océanos se revolvieron en sus tumbas de plásticos, botellas con mensajes, sueños y náufragos.
Gritaron las garras de felinos grandes y chicos, tratando de aferrarse a su propia respiración.
Como si la Tierra realmente fuese plana y alguien hubiese volcado el plato hacia un lado.
Quedaron las cornamentas inmóviles y atrapados en telas de araña sus portadores.
Los animales murieron. De las aceras y las grietas del asfalto dejaron de salir improvisadas flores y murió incluso la mala hierba.
Habló el lobo a los lejos y leyó la sentencia en la nieve.
Enmudecieron los pájaros que nos despertaban en verano.
Los científicos, los ecologistas y los concienciados agacharon las miradas, inútil mantener la cabeza erguida. Solo quedaba asumir la derrota y prenderle fuego al futuro.
El rescate llegó décadas tarde. Tan tarde que no se produjo. Normas incumplidas, voraz el consumo y ciega la conciencia.
Murió la vida y reinó el silencio. Venció la codicia y ninguna cuerda rescató a la Tierra. Destruida, barco sin remos, remeros ni siquiera deriva. Abandonada por el egoísmo de sus habitantes.
No hubo rescate. La Humanidad lo vistió de plástico y ahogó las llamadas de socorro pensando que ya se ocuparían otros.
Tampoco hay buen final (ni feliz, ni contundente, ni rítmico, ni filosófico) para este texto. Tampoco lo habrá para nosotros porque somos los autores del secuestro.