«¿Qué fue eso del confinamiento?»
Arremolinados sobre la grabadora, objeto reverenciado entre pequeñas cabezas de pelo suave, cuyas bocas se ríen, atropellándose las palabras unos a otros. ¿También piensan así o solo se les acumula la energía para hablar? La mesa verde con patas metálicas también de color verde amenaza con volcar hacia alguno de los lados cuando dos o más niños coinciden en apoyarse sobre ese extremo.
– Mi padre… Estaba todo el día sentado y no le podíamos hablar – empieza, solemne, el que parece ser el líder del grupo.
– Pues mi padre no, mi padre estaba todo el día viendo la tele y con el ordenador. Mi madre le gritaba – tercia un niño con un ligero problema para pronuncia la letra erre.
– Pero lo que esta señora – la profesora me llama señora, así que automáticamente me cae mal. Soy un cliché de redes sociales, ofendiéndome por la educación. Abro mucho los ojos y suspiro. Ella sigue hablando, ajena – quiere saber es qué fue eso del confinamiento.
– A ver, había un virus – resuelta, una niña rubia lo explica mirando al techo del aula y quitándose el pelo de la cara – y el virus era malo.
– Yo creo que era un bicho – menciona un niño de pelo ensortijado.
– No, no, mi madre trabaja en un hospital y seguro que era un virus – interrumpe la niña.
– Pues mi padre decía que era una putada.
– ¿Putada?
– No sé – se encoge de hombros el niño, que había sido el segundo en intervenir – algo muy malo. Muy malo.
– Y se morían los abuelos sobre todo.
– Y los chinos.
– Sí, pero los abuelos más, ¿verdad, profe?
– Venga, venga, seguid así, vais muy bien – tercia la maestra.
– Pues que para que el bicho -interviene una niña morena, de pelo corto y ojos enormes, que mira a su amigo de pelo rizado y sonríe – no nos picara a todos… Solo podíamos jugar en casa.
Se arma revuelo, todos quieren hablar a la vez. “En casa, buah, qué rollo”, “a mí me gusta porque estaba mi abu y mis hermanos”, “mi mamá lloró, lloraba mucho, y yo la abrazaba”, “¿y no jugabas con ella?”, “no, bueno, jugaba solo, no me importa”, “yo me aburrí a veces”, “¡y yo!”, corean voces imposibles de distinguir. “Me inventé un juego”, confiesa uno entre las risas de los demás. “Yo ahora quiero más a mi perro”. “Señora, pero el bicho del virus se ha ido, ¿no? ¿Usted lo sabe?”
No voy a sacar nada más de ellos, así que les doy a todos las gracias, damos un aplauso y me encamino a mi siguiente cita, en un instituto de secundaria cercano. La profesora (señora ella también) me acompaña a la puerta.
– No sé si podrás poner algo en claro de todo este batiburrillo – se gira para mirarles con cariño. Ellos ya juegan entre sí como si yo no hubiera estado allí.
– Ojalá los adultos tuviésemos explicaciones tan sencillas a las cosas. A lo mejor las tenemos. No sé en qué momento decidimos que es mejor complicarlo.
Saludo con una inclinación de cabeza y me voy.
Los adultos perdemos la plasticidad y simplicidad de los niños. Así nos va.
Tendemos a complicar todo, ¿para qué? ¿Qué ganamos con ello? Gracias por comentar 🙂