El 30º de los 101

La novia no se presentó a la boda

– ¡Hola, Paula!

– ¡Hola!

– No te veía desde… el día de tu boda, ¿no?

“En mi cabeza sonaba el ‘Enter Sandman’ de Metallica. Recordé de golpe mi adolescencia en garitos de suelo pegajoso donde bebíamos todos del mismo vaso de plástico. Me río yo de pandemias desde aquellas incertidumbres llenas de música”.

Alejándose de su amiga y de la otra (misma estatura, misma complexión, misma melena, solo cambiaba el color de pelo y el del bolso), Paula alcanza a oír la conversación porque se para a ver un escaparate. “Amiga del insti, la tía nos dejó tirados en la iglesia, con ella íbamos a aquel bar cutre que te comenté, el que cerró hace poco”, “joder, mira que soy del barrio y no caigo”, “el que ponía los boles enormes de palomitas”, “¿el heviorro?”, “¡ese!”, “pues no aparenta para nada que le vaya ése rollo, tiene pinta de pija”. “Amiga, nos pasa a todas, maduramos”. Paula escuchó hasta las risas. Era curioso el eco de aquella calle.

“‘¡Paula, vente, pringada, aprovecha!’ Y suena Platero de fondo. Tengo vívida esa frase de mi amiga Lía y ese recuerdo puntual al salir del baño”.

La madre de Paula le envía un pantallazo del grupo de WhatsApp de la familia, del que ella se ha salido. Hay emoticonos, bromas y palmas. Su amiga Lía le manda otra captura de pantalla, pero de Facebook. Le pide que adivine quién le ha preguntado por ella al enterarse de su espantada. Floro, el amigo de Ricardo. De Ricardo no sabe nada, pero ya aparecerá, le escribe.

“Vuelve a sonar ‘Enter Sandman’ desde las profundidades de mi angustia actual. Al menos ahora tiene explicación. Ricardo, poseedor del rabo más grande con el que me haya cruzado jamás y el mayor inútil con la lengua frente al que me haya tumbado, me insistía a gritos al oído, salpicándome de saliva, que era ‘Sadman’, ‘Sadman, tía, un hombre triste’”.

Vibra su teléfono móvil (no ha parado de hacerlo) y Paula, lacónica, mira. “¿Feliz? No va a ser feliz nunca”, dice el mensaje directo de Instagram de una compañera de trabajo, invitada a la boda. Cuando va a responderle, la otra ha borrado el mensaje. Paula acelera el paso. No sabe para qué ni hacia dónde.

“El caso es que yo me sentía la mujer más triste del mundo, ahora sí, ‘sadwoman’, entrando en aquella iglesia. Yo, en una iglesia, ¡yo!”.

Suena el teléfono, una llamada. Su exnovio, su casi marido. “¡Pero quién cojones te crees que eres!” le grita. Despistada, Paula no se da cuenta de que está detrás de su amiga, a la que se ha encontrado hace unos minutos, con la otra. Siguen hablando de ella. Que tiene que ser por otro tío, que si no de qué. Que si no sabe estar sola, que si el novio último era un capullo y un poco gilipollas. Paula da media vuelta y reza porque no le sobrevenga un estornudo o un sonido del móvil delator.

“Mientras salía del coche, con mi padre entregándome su brazo y con unas lágrimas en los ojos que solo le vi cuando España ganó el Mundial, agradecí llevar la mascarilla para que nadie leyera mis labios, porque pensé en voz alta”.

Otra llamada. Su madre. Al descolgar, escucha un batiburrillo de ruidos y a su madre gritándole a Paula que espere. Se pone su padre, que viene hablando ya y cuyo soliloquio, pues no espera respuesta de su hija, continúa preguntándole si quiere quedarse sola, ser una amargada como su hermana la mayor, ¿eh? Que estamos hechos así, que luego los momentos buenos y malos son así, buenos y malos, coño, Paula, no se puede ser tan exigente, no se puede. El pobre muchacho. Y ahí Paula cuelga.

“Pero qué coño estoy haciendo”.

Su amiga Lía le sigue mandando capturas de pantalla de su conversación con Floro. Que le diga de su parte que olé sus ovarios. Lía coquetea con Floro durante la conversación abiertamente. Paula tiene el repentino impulso de llamar a Ricardo.

“Quería sonreír pero lloraba, así fue. Me angustié tanto que no pude llegar a la puerta de la iglesia. Me dio un ataque no sé si de pánico, de ansiedad, de terror al futuro o de sensatez absoluta. No conocía al hombre que me esperaba allí vestido de alguien que no era él, yo no iba vestida de mí. Yo no era yo desde hacía… ¿cuánto? ¿Cuándo me perdí? Recuerdo vagamente a mi padre y a mis primos metiéndome de nuevo en el coche, hipando. Quiero ir a buscar a Ricardo. Quiero ser la que fui con Ricardo”.

Paula no llamó a Ricardo, sino a Lía, que la convenció con la frase “un gran rabo no compensa la mala lengua”. Aunque el polvo no le iría mal. “Pero que no hable mucho, era tan tonto cuando intentaba seducir…”, dijo Paula, a lo que Lía respondió que eso sí se compensaba con la manguera. Porque sabes que ahora es bombero, ¿no?

Y en aquella carcajada antes de despedirse, Paula volvió a ser quien era.

Natalia Sanguino Escrito por: