El 32º de los 101

Una historia en Barcelona

Calculé bien el aterrizaje, pero no la hostilidad. No compensaron los paseos ni los suelos de adoquines para turistas. No tuve problema con el barcelonés medio, me acosté con varios catalanes, hice amigos, hice amigas, aprendí bastante más catalán de lo que hubiera esperado, sobre todo porque apenas estudié: música, series, tele, borracheras. Infalible todo eso para soltarse. 

Pero, igual que yo, llegó más gente. Yo a trabajar y ellos a divertirse.

Un tipo meó en mi puerta, otro tenía como costumbre vomitar en mi felpudo. Quité el felpudo y entonces aparecieron las cucarachas.

No logré visitar ningún monumento sin que estuviera todo lleno de turistas ruidosos. ¿Soy yo también así de insoportable cuando viajo? ¿La Torre Eiffel exige acaso más o menos silencio que la Sagrada Familia?

Había carteles de gente sin camiseta. Me explico mejor: había carteles pidiendo a la gente que se pusiera camiseta para ir por la calle. Tan zotes. Engullen la ropa, los modales, los bares, obvian la ciudad para fotografiarse junto a alas de ángel pintadas en escaparates, olvidan la esencia del lugar para buscar luces de neón en bares que podrían estar en cualquier parte. Porque todo es igual en todas partes.

Aguanté un año y medio. Marc hubiera sido una buena excusa para quedarme. Lo tenía todo pero el problema para mí era precisamente lo que sobraba. Barcelona apestaba a turismo masivo.

Toda su belleza en realidad me olía a sudor rancio de visitante ocasional. Mi desasosiego continuo no lo compensaban ni mi barrio, ni mi sueldo, ni mis amigos, ni Marc, claro.

Volví a la castellana, recia y medieval ciudad que me vio nacer. Saludo ahora de nuevo a la gente por su nombre. Me quejo de que todo el mundo me conoce y a veces me aburro. 

No hay final feliz en esta historia. Solo un cambio de ciudad, el bendito teletrabajo que propició la venenosa pandemia y una decisión puntual.

Ojalá, como decían aquellos anuncios bienintencionados del confinamiento, sea feliz algún día sin darme cuenta.

Natalia Sanguino Escrito por: