El 33º de los 101

El guateque

– ¡Mirinda!

– ¿Seguro?

– Que síiiiiii – la voz cascada de Tomás resonó en su cavidad bucal y se expandió por la sala. Callaron algunas conversaciones, pero cuando fue evidente que no había discusión entre los dos amigos volvió el barullo.

– Yo creo que era Melinda – las manos de la mujer se movían como pájaros.

– Tú que vas a creer, Marga.

– Pues creo en las cosas que recuerdo.

– El nombre no sé, pero ¿y el humo?

– Tabaco – las tres cabezas asintieron y casi podían notar el picor del humo de los cigarros en la garganta.

– Y la música que sonaba.

– Ay – carcajadas.

– A mí todos los muchachos – intervino Marga alargando las oes, todas las oes del inicio de la frase – me ponían las manos en la cintura, muy pesados, todos, y codos, codos, y ponía codos – se reía.

– ¡Eso sí me lo creo! – dijo Tomás. Rieron los tres.

– Belinda o Mirinda, ¡pero las muchachas eran las muchachas! – comenta el tercero, que apenas recordaba por días su nombre.

– Trajes los trajes, ¿tú tenías de esos, modernos?

– ¡Qué va! Los pantalones de mi hermano el mayor, que encima me quedaban chicos y yo iba apretao, apretao, apretao.

Más risas.

– Yo llevaba la colonia de mi hermana la mayor también… Que no me la dejaba y me la echaba a escondidas.

– ¿Y no se daba cuenta?

– Siempre salía antes que yo de casa, yo me hacía la remolona, aunque llegara tarde con las otras muchachas.

Volvía a haber risas y manos en los brazos de los otros donde a veces ya solo quedaba el desconcierto y escaseaban los besos.

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Un hombre de unos 50 años se asomó a la puerta, donde sonreía una joven mirando hacia la mesa de los ancianos.

– ¿Almudena? – le preguntó él en voz queda.

– Ay, sí, eres el hijo de Paco, ¡hola! Ahí le tienes, mírale, con Tomás y Marga charlando. Mira cómo se ríen.

La enfermera señaló con la barbilla hacia el trío que compartía el rato del café ante una de las mesas de color claro y material barato del salón social. Luminoso, aséptico.

– Voy a ver si me reconoce hoy. – Antes de que el hombre dé el primer paso, Almudena le informa:

– Está hablando de los guateques de su juventud.

– ¿Guateques? 

– Ya ves.

– Pero si vivió siempre en el pueblo, no sabía que él y mi madre… – El hombre observó a su padre que, con los ojos achinados, sonreía a sus amigos – ¿Y de eso sí se acuerda?

– Quizá miente, pero ahora mismo es feliz. No se le ha olvidado cómo es estar contento.

Natalia Sanguino Escrito por: