El 34º de los 101

Llovía café. El olor era tan intenso que se masticaba. Las paredes de azulejo estaban salpicadas de negro y él no pudo evitar pensar en un gigantesco helado de stracciatella cubriendo todo lo que le rodeaba.

Cuando pasó el ruido, que le recordó a aquel monzón que vivió en Tailandia, seguía el olor inundando sus fosas nasales. No se decidía a reír, llorar o vociferar y desahogarse gritando contra todo lo que hace unos minutos era blanco impoluto.

– Joder.

Fue lo único que acertó a pronunciar. Suspiró y giró la cabeza para ver sobre la barra los folletos que había repartido el día anterior por las calles aledañas. Empanados de café molido, le recordaron que tenía que hacer algo.

Salió a una papelería cercana, compró una cartulina y la cara de la dependienta le hizo pensar que probablemente estaba cubierto de café, así que sonrió, le dio las gracias y antes de salir por la puerta le pidió un trapo limpio. La mujer negó con la cabeza y, tímida, le propuso un pincel. Lo compró y salió a la calle. En el primer banco que encontró, se apoyó, sacó el rotulador que siempre llevaba en el bolsillo de la camisa, escribió en la cartulina y volvió a su local. Limpió con el pincel los restos de café que había dejado en la cartulina y lo que había en la puerta, se limpió él con un trapo que compró en una tienda de todo a un euro que no recordaba haber visto antes y colocó el cartel en la puerta.

Salió, cerró el local y escribió a sus amigos pidiendo que le acompañasen en cuanto pudiesen al bar de siempre. Necesitaba tomarse algo y contarles una cosa grave. Mientras el chat del grupo de WhatsApp se llenaba de mensajes, la primera cliente potencial de su cafetería, a unos pasos de él, leía ante la puerta cerrada:

INAUGURACIÓN DEL “LLUEVE CAFÉ” 

CANCELADA.

CAMBIO DE NOMBRE INMINENTE.

Y UN CONSEJO: 

NO COMPRÉIS CAFETERAS INDUSTRIALES 

DE SEGUNDA MANO

Natalia Sanguino Escrito por: