El 35º de los 101

Mi amigo, la hormiga

(Estoy muy tentada de ventilar este ejercicio en una o dos líneas. Hormiga, no la veo, pie, pum, fin).

Deposité a mi amigo Lucas en la mano de su madre. Tenía que haberle avisado a la mujer en condiciones antes. La pobre. Qué triste se puso al saber que su fobia a todos los insectos había acabado con la vida de su único hijo. Claro que Lucas nunca fue el más listo de la clase. Vimos un árbol rarísimo en mitad del bosque. Varios carteles alrededor del árbol dejaban claro en diferentes idiomas que aquello no se debía tocar, que había un peligro indeterminado, que mejor no acercarse mucho. ¿Qué necesitaba él, que el árbol se lo dijera con sus propias ramas formando las letras de: no me toques, Lucas?

Estuve a punto de pisarle yo cuando, tras darle un bocado a aquel extraño coco que acababa de arrancar de la rama del árbol, desapareció ante mis ojos. Un gritito agudo pero lejano me dejó paralizado, pie en alto, cuando iba a dar mi primer paso para ir a buscar ayuda.

– ¿Lucas? 

Lucas era una hormiga.

Nos empezamos a comunicar con el movimiento de sus antenas. La complicidad que teníamos hizo que el entendimiento fuera rápido.

Nada más bajar del autobús, fui directo a casa de sus padres, avisando a los míos de que llegaría algo tarde de la excursión.

Y allí le dejé, cuidadoso, en la mano de su madre, que con una sonrisa beatífica primero y algo extrañada después hizo “paf” y se cargó a su hijo, ante mis horrorizados ojos.

– ¡Pero señora! – acerté a balbucear. Y ella “¡qué!”, encima indignada, y yo: ¡Que era… que Lucas… – casi llorando yo, y a punto de comprender y llorar ella – ¿Sabe la leyenda del árbol maldito del bosque de la hormiga? Pues era verdad.

Descubrimos entonces que las antenas de Lucas seguían moviéndose. Su madre corrió con él a la cocina, yo detrás, y le posó sobre un pedazo de bizcocho que, recién hecho, esperaba a Lucas para cenar. El azúcar le revivió.

Yo, más tranquilo, volví a casa y mis padres, pese a haberles avisado, me castigaron por llegar tan tarde. 

Los hay que tienen suerte incluso siendo hormigas.

Natalia Sanguino Escrito por: