Su piel está apergaminada. Temo tocar su mejilla, su frente, sus brazos, que descansan, el izquierdo sobre su pecho y el derecho a lo largo de su cuerpo, ambos sobre la sábana, fuera del embozo. Quién es este hombre que parece un antepasado de mi marido, quién fue usted, porque no podría dirigirme a él de otro modo, cómo tratar si no a semejante anciano. Parece venerable. Mis dedos quedan a unos pocos centímetros de su tranquila presencia. Respira, no está muerto, pero creo que si le rozo se romperá en mil pedazos de polvo que fue y no volverá, se desmenuzará con olor putrefacto delante de mí. Y yo caeré en un sollozo denso y eterno porque lo tuve y no sabré qué ocurrió. Sin entender qué es eso que fue mío, porque nunca comprendemos de verdad lo que realmente poseemos. Así debe ser hasta que se pierda.
Anoche, ¿qué cenamos, qué amor extraño hicimos? ¿A qué deidad incorrecta invocamos con el vino de la cena? ¿Ofendimos con nuestra felicidad a algún poderoso planeta?
Miro mi mano solo en ese momento y la veo como la recordaba al dormirme, sin arrugas, con las venas algo marcadas, las uñas pintadas de rojo, como a veces me gusta, como a él le gusta. Mi marido, mi amor, meu amor, entono un fado improvisado sobre el embrujo pero él sigue dormido y respirando.
Con sigilo escapo de las sábanas y con cuidado descorro las pesadas cortinas que hacen las veces de persiana. Afuera todo ha cambiado, los árboles que enmarcaban el paisaje son jaulas enormes de puertas abiertas donde solo hay cotorras argentinas, verdes, sucias y gordas. Dónde están los gorriones, dónde las urracas, tan bellas, tan elegantes, tan mala su fama.
El edificio de al lado luce diferente también, con dos cruces, una verde y otra azul. El letrero me ciega la vista y eso que es de día ya, pero cuánto he dormido que ni oí las obras. Cambio mi posición para ver de refilón el letrero, que reza: Farmahospital Bonté-Bosque verde.
Extrañada, vuelvo al interior del cuarto. Cruzo la estancia y salgo al pasillo. Espero por si despierto y vuelvo a la noche de hace un siglo. Nada ocurre. Nuestra casa sigue igual que ayer y mi mirada relaja a mi mente, así, es un bálsamo la costumbre. Enciendo la televisión y una cara tan bonita y anodina como las que últimamente dan las noticias me lanza una erupción en la octava isla canaria, me cuenta que el hijo de Leonor ha huido del país y que hay una nueva variante de la llamada “pandemia del siglo”. Sentada en el sofá no oigo el pesado paso de mi marido, que apenas parpadea y con ojos vidriosos me pregunta, como si mi juventud no le extrañara, “qué tal, cariño”. Bien, le respondo, reconfortada.
Todo sigue igual. Solo echaré de menos a los pájaros pero volveré a amar al pergamino.