El 47º de los 101

No sabe cómo llegó aquí porque siempre lo estuvo, desde que recuerda. Está lloviendo ahora y mira hacia fuera con su expresión habitual de tristeza. Suspira y saca un poco la cabeza para que la lluvia refresque las pocas ideas que tenga.

Porque, incapaz de pensar con claridad, solamente quiere descansar de gritos, de gente y este habitáculo demasiado pequeño para él.

Alguna vez se ha planteado desobedecer. Pero no desobedecer como hace algunos días, cuando el maestro le dice (le grita) que está imposible. No. Sueña con correr, correr de forma repentina. Sentir sus músculos despertar, gritar con su cuerpo, con su mandíbula, su vida entera saldrá en un rugido. ¿Qué ocurriría? ¿Sería capaz? Fantasea con escapar a tiempo de todos los que irían detrás de él, a detenerle, pero tiene miedo de lo que pueda encontrar una vez libre de ataduras. La libertad sin órdenes ni gritos ni estrictas rutinas.

Ojalá ser demasiado viejo de pronto y poder hacer lo que realmente le diera la gana, incluso irse, como su padre y su madre lo hicieron, tan pronto. Están mejor que con él. Saca la lengua lo que le permite su pequeña cárcel y busca las gotas de la lluvia mientras piensa. 

– ¡Vamos, sal! – le gritan. Se abre la puerta del coche y su abuela, a la que nunca ha visto sonreír, camina ya delante de él y finge: “Venga, anda, que lo vamos a pasar bien”. 

Ella saluda a la asistente social que organiza la excursión para varias familias.

Cuando llega a la altura de su abuela, ésta le agarra fuerte del cuello y le empuja hacia delante, “vamos coño”, le susurra, “que estás todo el día atontao”. 

El niño casi tropieza mientras la lluvia repiquetea a su alrededor por todas partes. Ése sería un buen momento para huir entre el público que entra a la carpa del circo. Sus fauces abiertas se tragan a las personas. Él se para un momento e ignora un nuevo insulto de su abuela. A unos metros ve la jaula de los leones. Una hembra le observa aletargada y con los ojos medio caídos. La tristeza infantil se reconoce rápido en la pena del animal, que es el único que parece comprenderle.

El niño le pide perdón, aunque no sabe por qué. 

Una voz atronadora se escucha desde el interior de la carpa.

– ¡Bienvenidos al circo! 

Natalia Sanguino Escrito por: