Apagadas las risas en los parques, extinguidos los abrazos y el olor a casa, llegó el verdadero silencio.
Una mañana, todas las madres del mundo se extinguieron. Se fueron con ellas las miradas cómplices al pillarte en una mentira y los monstruos bajo la cama. Evaporadas las madres, se esfumaron el orgullo y el miedo a la decepción. Incluso bajó la cabeza la rebeldía, qué sentido tenía todo aquello sin su sombra. Un niño de cuatro años, perdido en aquel desierto de brazos y cuentos, gritó “¿y mamá?”. Sin posesivos porque todas ellas eran una. No llegó el niño a hacer el puchero, no alcanzó el ademán de llanto a sus ojos cuando entre sus manos pequeñas desdobló un dibujo, torpe, colorido y apretado. “Somos mamá y yo, es mi regalo”. Se rompió el embrujo y despertó el niño de su pesadilla. Pero tenía ya 40 años y no cuatro. Inquieto, miró el reloj y sabía que, aunque pronto, ella ya estaría despierta. Cogió el teléfono, pulsó Aa y marcó. “¿Hijo?”, preguntó una ligera angustia. Y él sentía que podía oler el café que ella tenía delante. “Mamá”, invocó. “¿Pasa algo?” “No, nada, solo para decirte que te quiero, mamita”.
Pues eso, que te quiero, mamita.