El 49º de los 101

Apagadas las risas en los parques, extinguidos los abrazos y el olor a casa, llegó el verdadero silencio.

Una mañana, todas las madres del mundo se extinguieron. Se fueron con ellas las miradas cómplices al pillarte en una mentira y los monstruos bajo la cama. Evaporadas las madres, se esfumaron el orgullo y el miedo a la decepción. Incluso bajó la cabeza la rebeldía, qué sentido tenía todo aquello sin su sombra. Un niño de cuatro años, perdido en aquel desierto de brazos y cuentos, gritó “¿y mamá?”. Sin posesivos porque todas ellas eran una. No llegó el niño a hacer el puchero, no alcanzó el ademán de llanto a sus ojos cuando entre sus manos pequeñas desdobló un dibujo, torpe, colorido y apretado. “Somos mamá y yo, es mi regalo”. Se rompió el embrujo y despertó el niño de su pesadilla. Pero tenía ya 40 años y no cuatro. Inquieto, miró el reloj y sabía que, aunque pronto, ella ya estaría despierta. Cogió el teléfono, pulsó Aa y marcó. “¿Hijo?”, preguntó una ligera angustia. Y él sentía que podía oler el café que ella tenía delante. “Mamá”, invocó. “¿Pasa algo?” “No, nada, solo para decirte que te quiero, mamita”.

Pues eso, que te quiero, mamita.

Natalia Sanguino Escrito por: