El 52º de los 101

Nuestros pies se movían muy poco y nuestros hombros encajaban en un paréntesis donde cabía nuestra historia, nuestro mundo: lo que fuimos, aunque entonces todavía nos creíamos conjugados en presente de indicativo.

Tus manos reconocían las partes de mi espalda que tantas veces habías tocado y las mías te acariciaban, leves, sobre tu camisa. 

Tú y yo estábamos solos bajo la luz blanca, implacable y descortés del fluorescente de la cocina. Mientras tú cocinabas y yo preparaba la mesa, saltó una de tus canciones favoritas y te sonreí, te mostré mi mano y todo se quedó suspendido en ese tiempo del romance.

Escuchábamos el ruido de la campana extractora por encima de la canción, nos mirábamos y reíamos ahogados por la emoción de lo que arrancaba: nosotros. 

Tú y yo solos en la cocina bajo la luz del fluorescente. He escrito un poema, desde entonces, sobre la gente que baila en la cocina.

Me hubiera gustado imaginarte en esos versos, pero no pudo ser. Lo que sí hice una vez, ¿te acuerdas?, es pedirte que no te fueras. Solo eso, creo, te pedí. Y me pediste que entonces no te echara. Y yo sonreí sin saber que no me haría falta alguna echarte, que te desvanecerías en el tiempo como las lenguas muertas: poco a poco pero de forma irremediable. No hubo para ti ninguna academia, ninguna asociación de mentes brillantes que te salvara.

Este relato es mentira: tú y yo jamás bailamos juntos, mucho menos en una cocina. Pero de vez en cuando (no sé por qué me acuerdo tanto de ti estos días, la verdad) me gusta imaginarnos en una escena costumbrista como esa. Se me da mejor describirlas que vivirlas. 

Ahora que lo pienso, este relato no es nostálgico porque no habla de nuestro último baile: nunca tuvimos ninguno.

Natalia Sanguino Escrito por: