Suspéndeme los lunes,
grité asomada al abismo
de la noche del domingo.
Y tú, cruel calendario,
personaje de cuento
(al que imagino barbudo,
ceñudo, con bastón y túnica
y siempre enfadado)
tronaste:
– ¡odiarías entonces los martes!
– ¡No!, te dijo mi insomnio:
Los martes darían paso
a un miércoles amable,
y éste a un jueves
con sabor a…
– Como digas “a finde”
me voy del poema.
– No me hagas esto.
– No me das ninguna pena.
Entonces se me ocurrió:
Anula los lunes,
yo odiaré los martes
pero el miércoles… seré
¡una mujer nueva, plena
¡como la Luna!
– Como poeta, eres mediocre.
– Y tú negociando, un poco borde.
– Concedo, sigue
y a ver si consigues que me amolde.
– Lunes anulado,
martes odiado,
miércoles nueva yo,
jueves y viernes
bailaré a tu son,
los celebraré cada día,
saldré diciendo a la calle:
¡Al fin es jueves, mañana es viernes,
albricias!
– ¿Ahora te vas al medievo?
Te recuerdo que soy gregoriano,
hasta en eso ventaja te llevo.
– Calendario querido,
agenda de mis desvelos:
no pretendo ganar tiempo al tiempo,
solo quiero que llegar al sábado y al domingo
me cueste menos.
¿Acaso tanto es pedirte eso?
– ¿A ti te parece normal
estar hablando conmigo?
¡Que soy calendario!
– Cualquier cosa es posible,
querido,
cuando me pongo a hablar en verso.